Netflix, los abrazos, las miradas, #MeToo, el amarillismo y las fake news

La mañana del viernes 15 de junio apareció en mi newsfeed de Facebook –un espacio cada vez menos hospitalario para el contenido noticioso gracias a los cambios de algoritmo de la red social– un titular que me distrajo por un momento de la fiebre mundialista.

El titular pertenecía al diario español/catalán La Vanguardia y decía así:

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Lo llamativo del titular, sumado a la penetrante –cof cof– mirada de Kevin Spacey, me obligaron a dar click en la “noticia”.

Esto decía el primer párrafo del artículo de La Vanguardia que iba firmado con un “Redacción Barcelona”(las negritas son mías):

En Netflix se toman muy en serio el acoso y los abusos de índole sexual en los rodajes de sus producciones después de la controversia de House of cards por culpa del comportamiento de Kevin Spacey. Tanto es así que incluso está prohibido mirar otra persona durante más de cinco segundos, según informa The Independent.

Prohibido.

según informa The Independent.

El segundo párrafo continuaba (las negritas son mías):

Parece ser que los principales responsables de los sets de rodaje han tenido que asistir a cursos para combatir y detectar el acoso en el trabajo y que se han establecido nuevas normas de conducta para mejorar la convivencia en el rodaje.

Parece ser.

Cursos para combatir y detectar el acoso.

Normas de conducta para mejorar la convivencia.

El tercer párrafo abunda en esas supuestas “normas de conducta” que, “parece ser”, se han establecido en los rodajes de Netflix:

No solamente está prohibido quedarse mirando un compañero del equipo durante más de cinco segundos (lo que se percibe como “repugnante”) sino que tampoco se puede exceder en los abrazos, no se puede flirtear y no se puede ir pidiendo números de teléfono por razones que no sean estrictamente profesionales.

¿Cómo se pasa de “parece ser” y unos “cursos para combatir el acoso” a afirmar que “incluso está prohibido mirar otra persona durante más de cinco segundos”?

Dado que la nota de La Vanguardia no menciona ninguna fuente –léase un testimonio, comunicado o documento interno– me fui a buscarla a The Independent. De donde el redactor anónimo del diario catalán, según propia confesión, había levantado la noticia. Ahí, me dije a mí mismo, seguramente encontraré a ese valiente whistleblower que ha dado un paso al frente para terminar con la dictadura de lo políticamente correcto en una de las compañías de entretenimiento más grandes del mundo.

Este es el titular en el site del diario británico:

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“Miembros de los equipos de rodaje de Netflix ‘tienen prohibido mirarse unos a otros por más de cinco segundos’ debido a enérgicas medidas por el #metoo”.

Digamos, para ser generosos, que el redactor anónimo de La Vanguardia no le dio muchas vueltas al asunto. Pero eso no era lo importante. Lo importante era descubrir cómo sabía Christopher Hooton, editor de Cultura de The Independent, que Netflix había implementado estas ridículas y abusivas normas.

Estos son los tres primeros párrafos de la nota de The Independent (la traducción y las negritas son mías):

Netflix ha inplementado un nuevo curso contra el acoso, como resultado del movimiento #MeToo que ha sacudido Hollywood y ha afectado la producción de su show House of Cards.

Se habrían impuesto nuevas normas que, supuestamente, incluirían no mirar a nadie más de cinco segundos, así como la prohibición de abrazos prolongados, coqueteo y pedir el número de teléfono a un colega de trabajo.

“A todos se nos ha hablado de #MeToo”, dijo un asistente de producción que trabaja en la nueva temporada de Black Mirror a The Sun.

“El personal de alto rango asistió a una reunión sobre acoso para enterarse de qué es apropiado y qué no. Mirar a alguien por más de cinco segundos se considera creepy“.

“No debes preguntar por el teléfono de nadie a menos que esa persona haya dado permiso de que su número sea distribuido. Y si ves algún comportamiento inadecuado, debes reportarlo de inmediato”

“La situación ha generado bromas en las que personas se miran unos a otros contando hasta cinco y luego desvían la mirada”

Habrían.

Supuestamente.

¿Cómo se pasa de “habrían” y “supuestamente” a titular “Miembros de los equipos de rodaje de Netflix ‘tienen prohibido mirarse unos a otros por más de cinco segundos'”, cita textual entrecomillada incluida?

The Independent, de forma similar a La Vanguardia, dirige al lector a otro medio cuando toca atribuir la fuente. Esta vez, el link nos conduce al site del tabloide británico The Sun.

Esta es la nota de The Sun a la que hace referencia Hooton:

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Convengamos en que, fiel al estilo de The Sun, el titular al menos tiene algo de gracia: un juego de palabras con una sílaba del nombre de la compañía, “flix”, y la interjección inglesa “fuck” para empezar. Por lo demás, una cita textual (enmarcada en comillas simples) que indica que “se ha prohibido mirar fijamente, coquetear y dar abrazos”. Normas que a juicio del redactor del titular son “delirantes” (barmy).

¿Qué más dice la nota de Stephen Moyes (quédense por un momento con ese nombre, ya volveré a él)? ¿Nos revela Moyes algo más de su fuente, algún detalle extra que nos invite a confiar en lo que afirma? ¿De dónde viene, en última instancia, la “información” difundida por varios sites noticiosos en inglés y medios en español como 20 Minutos, El Periódico, Clarín o el portal cinematográfico Sensacine, la “información” que hizo que incluso el influyente periodista mexicano Joaquín López Doriga mostrara su extrañeza por las “nuevas normas” de Netflix ante sus casi 8 millones de seguidores en Twitter?

Así comienza el artículo en The Sun (la traducción es mía):

Netflix ha prohibido a los miembros de sus equipos de rodaje mirar a alguien por más de cinco segundos con unas reglas delirantes.

Otras de estas normas incluyen no pedir los teléfonos de compañeros de trabajo y exhortar al personal que sienta que está siendo incordiado: ¡Detente! ¡No lo vuelvas a hacer!

El resto del artículo no dice nada que no se hayan encargado ya de repetir The Independent, La Vanguardia y demás. En resumen:

  • Prohibido mirar a la gente más de cinco segundos.
  • No dar abrazos prolongados.
  • Si te sientes acosado, debes gritar: ¡Detente! ¡No lo vuelvas a hacer!
  • No se debe pedir el teléfono de un compañero de trabajo a menos que esa persona haya autorizado que se haga público su número.
  • Reportar los comportamientos inadecuados o no consentidos.
  • El personal de alto nivel ha debido asistir a reuniones sobre acoso.

¿Explica el periodista Stephen Moyes de dónde procede la información? No. Moyes zanja la cuestión con un escueto “an on-set runner said”. Léase, “dijo un asistente de producción”. Y ya.

La nota va ilustrada con dos imágenes. La primera es una imagen de stock atribuida a la agencia Associated Press:

Screen Shot 2018-06-15 at 4.57.44 PM.png

Ojo a ese pie de foto: “Aparentemente a algunos trabajadores de Netflix se les ha pedido que asistan a reuniones sobre acoso”.

Aparentemente.

La segunda imagen es esta, una especie de cartel o panfleto con las supuestas “nuevas normas”:

jh-composite-graphic-p11-netflix

¿Es ese supuesto cartel o panfleto un documento interno de Netflix? ¿Es esa la prueba de las “normas delirantes” impuestas por la compañía?

No. Es una imagen armada por un diseñador del diario en base a la información proveniente de ese supuesto “asistente de producción. ¿Cómo lo sé? Primero, porque Moyes no hace alusión alguna al cartel en su nota. Es más, a diferencia de la otra imagen, esta no lleva ni siquiera pie de foto. Pero, además, si uno descarga la imagen de la web de The Sun, podrá ver que el archivo lleva el siguiente nombre: jh-composite-graphic-p11-netflix.jpg. Composite. O sea, una imagen compuesta a partir de distintos materiales.

Lo que sí dice el artículo de Stephen Moyes es qué respondieron en Netflix cuando se les preguntó por las supuestas normas y talleres sobre acoso. En un comunicado oficial la compañía dijo:

Estamos orgullosos de los cursos contra el acoso que ofrecemos en nuestras producciones. Queremos que todos nuestros rodajes sean espacios de trabajo seguros y de respeto. Creemos que los recursos que ofrecemos empoderan a las personas en nuestros sets para que alcen la voz, y no deben ser trivializados.

El comunicado no dice nada específico sobre las supuestas normas que prohiben miradas o abrazos prolongados. Pero en otro artículo, este publicado por el site Quartz, la periodista Leah Fessler contacta a una representante de Netflix para preguntar si “en realidad habían instituido una regla de no mirar fijamente por más de cinco segundos”. La representante, por supuesto, respondió que esa regla no existe, pero “la recomendación fue discutida en una de las sesiones de un taller contra el acoso”.

Los invito a hacer un experimento. Levanten la vista de la pantalla donde están leyendo esto y miren fijamente, contando hasta cinco en la cabeza, a la primera persona que tengan delante. No sé si serán acusados de acoso, pero es probable que hagan pasar a esa persona un momento incómodo.

¿Es una locura que una empresa que ha debido lidiar hace poco con un serio escándalo de acoso protagonizado por uno de sus más conocidos colaboradores sugiera a sus trabajadores, en el marco de otras recomendaciones, evitar a otros colegas esa incomodidad?

A fin de cuentas, todo este artículo podría resumirse así:

–¿Tienen constancia Stephen Moyes, Christopher Hooton o el redactor anónimo de La Vanguardia de que Netflix haya prohibido mirarse por más de cinco segundos o abrazarse a su colaboradores? No.

–¿Afirma la única fuente anónima mencionada, “un asistente de producción”, que Netflix haya impuesto esas supuestas normas? No.

En realidad, si uno lee con atención lo que Moyes dice que su fuente dijo, en citas textuales, es:

“Se nos habló a todos sobre #MeToo”

“El personal de alto rango asistió a una reunión sobre acoso para enterarse de qué es apropiado y qué no. Mirar a alguien por más de cinco segundos se considera creepy“.

–¿Significa eso que Netflix ha instaurado normas que prohiben a sus trabajadores mirarse los unos a los otros por más de cinco segundos? No

Entonces, ¿por qué The Sun, The Independent, La Vanguardía y cía escriben artículos donde afirman lo contrario?

Bueno, se llama clickbait, amarillismo, fake news, y lo he discutido in extenso en distintos artículos de este blog.

De hecho, el periodista de The Sun y artífice principal de este falso drama, Stephen Moyes, es todo un experto en la materia.

Aquí Moyes y su colega Alex Diaz aseguraban que había una campaña de activistas anti-armas de fuego para que el extremo del Manchester City Raheem Sterling fuera separado de la selección de fútbol inglesa debido a un tatuaje de un rifle M16 que el futbolista luce en la pierna derecha:

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El único testimonio contra el jugador, además de un par de tuits, era el de Lucy Cope, responsable de una pequeña organización (no cuenta ni siquiera con página web) llamada Mothers Against Guns (Madres Contras las Armas de Fuego), quien decía que “el tatuaje es repugnante” y que Sterling debía ser apartado de la Copa del Mundo a menos que se lo retirara.

¿Puede afirmarse a partir de ese único pedido que hay una campaña para que Sterling fuera apartado de la selección menos de un mes antes del Mundial de Rusia? No. Pero qué más da.

Aquí pueden disfrutar de otro de los grandes éxitos del periodista Stephen Moyes:

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“La mansión de Adele está ‘embrujada'”. Imagino que no hace falta que prosiga.

Bueno, ese es el autor y ese es el medio que afirmaban hace un par de días que Netflix había prohibido los abrazos y las miradas prolongadas a sus trabajadores por culpa del #MeToo.

Sí, claro.

ACTUALIZACIÓN

Mientras escribía este artículo intenté contactar con los periodistas cuyas notas dieron origen a ese sinfín de artículos clonados que convencieron a parte de la audiencia de redes sociales de que Netflix estaba imponiendo unas ridículas normas de conducta en sus rodajes.

Por suerte, uno de ellos me respondió. Le escribí a Christopher Hooton, editor de Cultura de The Independent, el día 15 a través de un mensaje directo de Twitter, en el que le decía que tenía algunas dudas sobre su artículo y me gustaría hacerle algunas preguntas.

Hooton me contestó horas después, amablemente, pero diciéndome que el reporte original venía de The Sun, “así que no sé cuánto podré ayudarte”.

Mis preguntas eran muy simples:

  • –Entonces, ¿no chequeaste la información, tan solo te limitaste a citar el artículo de The Sun?
  • –La nota de The Sun era bastante sospechosa, ¿no te parece? ¿Por qué reproducirla sin el procedimiento de verificación necesario?

Hooton, en un mensaje posterior, me dijo que pidió a Netflix que refutaran el reporte de The Sun, pero “se negaron a hacerlo, y en su lugar emitieron un comunicado donde defendían sus cursos contra el acoso”.

A lo que yo repliqué:

Pero “cursos contra el acoso” no es lo mismo que “Miembros de los equipos de rodaje de Netflix ‘tienen prohibido mirarse unos a otros por más de cinco segundos’ debido a enérgicas medidas por el #metoo”, que es como iba titulada tu nota. Aun así, ¿sigues respaldando lo que escribiste?

En su último mensaje, la mañana del lunes 18 de junio, Hooton respondió:

Sí. En la nota se enfatizaba que estaba basado en la información de otro artículo y se le dio a Netflix la oportunidad de responder, se les pidió que refutaran lo dicho sobre esas técnicas específicas y se negaron a hacerlo. Gracias.

La razón por la que insistí con Hooton es porque no se trata de un mero redactor atado a una silla, con la mirada clavada en su newsfeed o una pantalla de televisión, que poco puede hacer ante las exigencias de tráfico y artículos virales de sus superiores. No es que un redactor no tenga responsabilidad por aquello que escribe, pero sí es cierto, como saben quienes han trabajado en una redacción, que la responsabilidad exigible a un redactor –así como su poder de decisión– no es igual a la que pesa sobre los hombros de un editor.

Hooton, como señala la página web de The Independent, es editor de Cultura del diario.

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Pese a ello, opina que basta con una llamada a la parte afectada y una respuesta negativa ante la pregunta planteada, para publicar un artículo completamente basado en un único y confuso testimonio de una fuente que él mismo desconoce.

¿Tiene constancia Hooton de que Netflix ha impuesto las normas que señala en su artículo? No, ninguna. ¿Le consta que The Sun, el medio al que cita, haya verificado ese confuso testimonio que, como ya expliqué, en realidad no afirma lo que su titular grita con tono acusatorio? No, tampoco. ¿Es lo mismo realizar cursos contra el acoso en los que se discute sobre qué es apropiado y qué no en el ambiente laboral que imponer normas ridículas como “prohibir abrazos o miradas de más de cinco segundos”? Evidentemente no. ¿Basta que Netflix se niegue a responder sobre un detalle concreto de esa acusación para lanzarse a afirmar lo contrario en un artículo? No, por supuesto que no.

Entonces, ¿por qué si ni The Independent ni The Sun disponen de evidencia alguna para respaldar sus acusaciones, siguieron adelante con esos artículos aun cuando Netflix explicó en el comunicado que no estaban más que realizando talleres contra el acoso?

Porque para esos medios, al parecer, contar que una gigantesca compañía internacional que recientemente ha debido enfrentar un escándalo de acoso se toma en serio el asunto, busca prevenir futuros daños y mejorar la convivencia entre sus colaboradores no es noticia suficiente. Aunque sea verdad. Porque, ya conocen el dicho, que la realidad no te estropee un buen titular. Aunque sea mentira.

Libros redondos: lecturas para preparar el Mundial

A diferencia de lo que ocurre en países vecinos como Argentina o Brasil  –e incluso Chile, donde desde 2017 existe una Feria Nacional del Libro de Fútbol Chileno–, en el Perú la pasión futbolera no ha sido trasladada con demasiada frecuencia ni éxito a la página en blanco.

Ya he escrito alguna vez que el Perú es un país poco dado a pensarse, casi alérgico a la reflexión y el análisis. Y el fútbol, nuestro fútbol, no ha sido la excepción.

Por suerte, la vuelta de la selección peruana al Mundial tras una ausencia de 36 años ha servido para espolear a un puñado de autores a saldar cuentas con la historia, pasada y reciente, de nuestro fútbol.

En la revista peruana H me pidieron que, además de comentar algunas de esas novedades, eligiera mis libros futboleros favoritos. Como H solo se publica en papel y en Perú, le pedí permiso a los responsables para publicar una versión algo distinta de ese listado en No hemos entendido nada.

1.-Con todo, contra todos. José Carlos Yrigoyen. 2018. Debate.

con_todo_contra_todosPoeta, novelista, temido crítico literario, José Carlos Yrigoyen es, según sus propias palabras, un “obsesivo seguidor de la selección peruana”. Esa obsesión se ha transformado en un libro imprescindible para quienes, por cuestiones generacionales, no hemos conocido otra cosa que sufrimiento y decepción a manos –o patadas– de la blanquirroja. Y que, ahora, gracias a San Ricardo Gareca, Patrono de la Resurrección del Fútbol Peruano y Otros Imposibles, hemos recobrado la fe. Cincuenta años de historia que abarcan la época de gloria (1968-1982), o lo que puede entender por gloria un fútbol carente de títulos internacionales; así como lo que Yrigoyen ha llamado El hundimiento (1983-1986) y La época oscura (1987-2015). El libro concluye con los prolegómenos de la ya exitosa Era Gareca (2015-¿?).

Aquí Yrigoyen lee un fragmento de su libro:

2.-¡Hola Rusia! Joanna Boloña. 2018 Grijalbo.

holarusiaLa periodista Joanna Boloña, hoy en la pantalla de ESPN Perú, ha confeccionado una amena y exhaustiva guía de Rusia 2018 para no iniciados. La clasificación de la selección peruana a su primer mundial en 36 años ha generado una ola de entusiasmo en el país que ha excedido, por mucho, a los hinchas acérrimos. ¿Nunca le has prestado demasiada atención a la selección pero quieres sumarte al fervor popular? ¿No te interesa mucho el fútbol pero tienes curiosidad por saber cómo es vivir un Mundial en primera persona (o sea, clasificados) por primera vez? Boloña ha hecho bien su tarea, ha recopilado los datos, ha aterrizado esa información y se ha dado el trabajo de escribir este manual para ti.

3.-La fórmula del gol. Hugo Ñopo y Jaime Cordero. 2018. Aguilar.

9786124247408Si ya son raros en el Perú los buenos libros sobre fútbol, la aparición del libro escrito por Hugo Ñopo y Jaime Cordero es comparable al aterrizaje de un Delorean llegado del futuro en plena Javier Prado. En el Perú, históricamente, el conocimiento futbolístico ha sido siempre un asunto limitado a la sabiduría popular, la pasión desaforada y el folklore de la superstición. Donde entrenadores y periodistas han hecho carrera a punta de “vamos chicos, jueguen como ustedes saben” y otras perlas del lugar común. La fórmula del gol, al igual que el comando técnico liderado por Ricardo Gareca, ha querido dotar a nuestro fútbol de todo eso que nunca ha tenido: rigor, sistema y conocimiento estructurado. En ese esfuerzo, Ñopo y Cordero han hecho uso de bases de datos, propias y ajenas, para ordenar la información disponible en estos tiempos de big data y otorgarle un sentido que les permite responder preguntas eternas como ¿existe la ventaja del local? ¿sirven de algo las cábalas? ¿cuán indisciplinados son los futbolistas peruanos? y ¿a qué demonios juega Perú?

En esta entrevista se puede ver a los autores comentando su libro:

4.-The numbers game: Why Everything You Know About Football is WrongChris Anderson y David Sally. 2013  Penguin.

9780670922246Chris Anderson y David Sally no podían haber elegido una mejor cita para empezar este libro. Corresponde a Bill James, un estadístico americano que revolucionó el baseball entre los años 70 y 90. “En el deporte, lo que es verdad es más poderoso que aquello en lo que crees, porque lo que es verdad es lo que te otorgará la ventaja necesaria”. Fue el trabajo de James el que inspiró a Billy Beane, héroe del libro del periodista Michael Lewis Moneyball, interpretado por Brad Pitt en la adaptación cinematográfica. Anderson y Sally aplicaron el mismo espíritu estadístico a un deporte que, demasiadas veces, vemos reducido a un asunto de fe. De entre los muchos hallazgos del libro, quizá el más influyente ha sido el de la teoría del eslabón débil. La formulación es sencilla: a diferencia de otros deportes como el basket, el fútbol es un deporte de eslabón débil (weak link). Es decir, en el fútbol un equipo es tan bueno como su peor jugador. Está bien gastarse millonadas en Messi, Cristiano o Neymar, pero asegúrate de que tu equipo guarde algo para ese futbolista cuyo nombre la mayoría no recuerda, porque los títulos pueden depender de él. El libro está repleto de conceptos igual de reveladores y, en sus 400 páginas, acaba con infinidad de prejuicios y malentendidos que han pasado por verdades durante décadas y décadas de historia futbolística.

Aquí pueden ver un estupendo mini documental de FourFourTwo sobre cómo el uso de datos está cambiando la manera en que los equipos toman decisiones de management y sus sistemas de juego. Hablan, entre otros, Billy Beane, Chris Anderson y Natasha Patel, jefa de análisis de rendimiento del Southampton FC:

5.-Fútbol contra el enemigo. Simon Kuper. 1994. Orion/Contra

kuperSimon Kuper escribe, sobre todo pero no solo, de fútbol para el Financial Times. Esa columna semanal y este libro, publicado originalmente en 1994, lo han convertido en uno de los escritores de fútbol más interesantes y seguidos del mundo. Kuper recorre veintidós países para contar la historia del impacto de política, nacionalismo, religión, autoritarismo, pobreza y cultura popular en el deporte más popular del mundo. Ojo a las páginas que dedica al famoso 6-0 de Argentina a Perú en 1978. La edición en español fue publicada por la editorial Contra en 2012, con prólogo del periodista Santiago Segurola.

6.-El partido: Argentina-Inglaterra 1986. Andrés Burgo. 2016. Tusquets

portada_el-partido_andres-burgo_201603221919.jpgEs sencillo, como su título: esta es la mejor crónica futbolística escrita en español que he leído. Andrés Burgo consigue en El partido una proeza narrativa difícil de igualar: aportar luz y nuevas lecturas a uno de los partidos más comentados de la historia del fútbol mundial. Este libro, para el que Burgo se sumergió en la hemeroteca, habló con varios protagonistas y estrujó sus recuerdos de fanático de la albiceleste, es el relato íntimo, a la vez histórico y personal, del encuentro que selló la leyenda del, posiblemente, mejor futbolista de todos los tiempos.

Aquí Burgo habla en una entrevista sobre el libro:

7.-Historias del calcio. Enric González. 2007. RBA

81EbPtH5HMLDe 2003 a 2007, mientras fue corresponsal del diario El País en Roma, el periodista Enric González escribió una columna semanal llamada Historias del Calcio. Albert Camus escribió alguna vez que “después de muchos años en los que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol”. El fútbol, más allá de un deporte, es una de las herramientas más útiles que tenemos para conocer a un país y sus habitantes. Pocos autores han aprendido la lección de Camus mejor que Enric González, para quien cualquier acontecimiento relacionado con el fútbol italiano era el gatillador perfecto para adentrarse en la psiquis e historia de un país apasionado por la pelota.

8.-Maldito United. David Peace. 2006. Faber and Faber/Contra

Maldito_United_websiteQuizá la mejor novela sobre fútbol que se ha escrito. El británico David Peace reconstruye los 44 fatídicos días que duró el legendario Brian Clough como entrenador del Leeds United en 1974. De Clough dijo Bill Shankly, otra leyenda del fútbol británico: “Este tipo es peor que la lluvia en Manchester, al menos Dios para de vez en cuando”. Peace narra la historia a través de la voz del propio Clough, que mientras fracasa al mando del Leeds recuerda sus días de gloria como entrenador del pequeño Derby County. Atención a la película de 2009 basada en el libro y dirigida por Tom Hooper, cineasta conocido por El discurso del rey y La chica danesa.

9.-Dios es redondo. Juan Villoro. 2006. Anagrama

9788433925763Ensayista y narrador, cuando el mexicano Juan Villoro escribe de fútbol aúna tres cualidades que rara vez encontramos juntas en un escritor: la erudición del académico obsesivo, la finura del analista con mil partidos en la retina y el sentido del humor del hincha que conoce de cerca la derrota. Villoro sabe, como decía Bill Shankly, que el fútbol no es una cuestión de vida, sino que es más importante que eso. Si bien sus textos futboleros son tantos que se encuentran regados en diarios, revistas y páginas webs de todo el mundo en habla hispana, esta colección publicada en 2006 reúne lo esencial de su producción.

Aquí Villoro habla sobre la pasión futbolera en el festival Viva América de 2011:

10.-La pelota no entra por azar. Ferran Soriano. 2013. Granica.

9789506417611Al día siguiente de que la lista que integraba Ferran Soriano junto a Joan Laporta ganara las elecciones de la junta directiva del F.C. Barcelona, un viejo directivo le dijo: “Chico, te daré un consejo: no vengáis aquí dispuestos a aplicar grandes técnicas de gestión, ni con voluntad de usar el sentido común, ni la lógica empresarial. Esto del fútbol es distinto, esto va de si la pelota entra o no entra. Si entra, todo va bien. Si va fuera, todo es un desastre. Es puro azar”. Soriano, que fue vicepresidente y director general del equipo catalán durante sus años más gloriosos y que ahora es director ejecutivo del Manchester City, escribió este libro para demostrar cuán equivocado estaba ese directivo. La pelota no entra por azar es un rara avis entre los miles de libros de management que se publican año a año, consigue escapar del mero anecdotario con finales felices y moraleja, así como de la autoayuda para ricos que dominan el género. Es un libro sobre fútbol, liderazgo y planificación que logra dotar a ese trinomio no solo de sentido sino que lo hace con inteligencia, de forma amena y asequible.

Aquí Soriano habla sobre el libro:

11.-Fiebre en las gradas. Nick Hornby. 1992. Gollancz/Penguin/Anagrama

220px-FevereyhNick Hornby, como sabe cualquiera que haya leído alguno de sus libros, es un hombre de dedicado en cuerpo y alma a sus aficiones. Y, de sus aficiones, ninguna más importante que el fútbol en genera y el Arsenal F.C en particular. La memoir de hincha sufrido con la que todos los fanáticos del fútbol, a menos que sea hincha del Real Madrid, podemos identificarnos. Nota para hinchas literarios: El periodista Juan Carlos Ortecho, una de las personas que más conoce de fútbol en Perú (y anglófilo como yo), reniega de la traducción al español. Hornby, como ocurre con todos los autores dueños de una prosa coloquial y apoyada en los modismos locales, es un escritor que pierde bastante en el viaje de su inglés natal a nuestro idioma. Pero aún con ese handicap este libro es una pequeña joya.

En el descuento: 

Peredo Total. Daniel Peredo. 2018. Debate.

PeredoLa voz de la selección peruana se apagó en febrero de este año, tres meses después de que gritara la clasificación peruana a Rusia 2018 y cuatro antes de que pudiera cumplir su sueño de narrar el regreso de la blanquirroja a la élite del fútbol mundial. Con buen tino, la editorial Debate publica una antología del periodismo escrito de Daniel Peredo, el que publicó en las páginas de El Bocón, la revista Once y El Comercio; una faceta mucho menos conocida que la de narrador televisivo. Yo mismo, que he leído el libro de un tirón, he caído en cuenta mientras pasaban las páginas que conocía varios de estos textos y que, sin embargo, no los asociaba con el autor de “si no sufrimos, no vale” y “un gol más va a haber”. Como narrador en la tele, la magia de Peredo residía en un raro talento para conjugar la lectura inteligente del juego con el apunte preciso (y a ratos erudito) y la emotividad del hincha que conoce bien la ilusión y el sufrimiento. En sus textos el hincha deja paso al obsesivo acumulador de anécdotas, alineaciones y detalles, pero la rapidez mental que lo hizo famoso no se mueve de su sitio. Un par de botones, extraídos de uno de sus textos más antiguos: “La paciencia de Charún fue desesperante. Solo le faltó una cámara fotográfica para llevarse un recuerdo del tanto” y “Muchotrigo seguía olvidado en la punta derecha. Se debe haber hecho amigo del juez de línea de ese sector”. Decía Timothy Garton Ash que el periodismo es la Historia del presente, y en este país tan poco amigo de la hemeroteca, donde las polillas se pegan festines con los archivos de los diarios, es un lujo contar con volúmenes como este, que nos pone delante de los ojos la memoria de nuestro pasado futbolero reciente.

Algunos libros que tengo pendientes:

–Todo Messi: Ejercicios de estilo. Jordi Puntí. 2018. Anagrama.

–Angels With Dirty Faces: The Footballing History of Argentina. Jonathan Wilson. 2016. Orion.

–Brilliant Orange: The Neurotic Genius of Dutch Soccer. David Winner. 2002. Overlook Books.

Soccernomics: Why England Loses; Why Germany, Spain, and France Win; and Why One Day Japan, Iraq, and the United States Will Become Kings of the World’s Most Popular Sport. Simon Kuper y Stefan Szymanski. Edición ampliada para Rusia 2018. Nation Books.

 

toñoEn The New York Times en Español, el escritor Jorge Carrión recomienda otros seis libros futboleros. Entre ellos, Treinta y seis años después, la crónica personal de un hincha sufrido escrita por el periodista peruano residente en Madrid, Toño Angulo Daneri. El libro ha sido publicado por la exquisita editorial española de no ficción Libros del K.O. Acaba de salir en España y estoy a la espera de conseguir uno.

Si me leen desde Lima, además de en las librerías clásicas como Sur, El Virrey, Ibero o Communitas, pueden encontrar varios de estos libros en una librería virtual especializada en títulos futboleros, DeContra.

*Una versión de este texto se publicó en el número 80, edición de junio de 2018, de Revista H en Perú.

La muerte de Anthony Bourdain y la necesidad de la crítica cultural

Una de las cosas en que más pienso desde hace un buen tiempo, desde que empecé la escritura de No hemos entendido nada, es un tema que seguramente no le importa a nadie más, pero que a mí me supone un quebradero de cabeza.

Pienso, a veces, mientras leo y reflexiono sobre los enormes cambios en los hábitos de consumo de información, el sistema de producción de noticias y el ecosistema de medios, que una de las claves para comprender hacia dónde va el oficio periodístico y avanzar sin perder demasiado el norte se encuentra oculta en la respuesta a una pregunta que vengo haciéndome hace demasiados meses.

La pregunta es simple en su formulación. Pese a ello no he sido aún capaz de responderla de forma que me satisfaga. Llevo meses acumulando lecturas y aproximaciones al tema, recopilando notas, ejemplos y un sinfín de evidencia circunstancial. Acabo de comprobar que el borrador donde voy colocando links y ensayando ideas lleva abierto en el content manager de WordPress desde noviembre del año pasado. Y, en realidad, ese borrador inacabado es la segunda encarnación de un post que empecé a escribir meses antes y eliminé luego, cuando sentí por primera vez que no encontraba salida a la pregunta que planteaba.

La pregunta, como decía, es simple: ¿Para qué sirve un crítico cultural en tiempos de redes sociales?

Por supuesto, no soy, ni mucho menos, el único escritor intentando responderla.

Un autor que admiro profundamente, Alex Balk, editor y cofundador de ese oasis de inteligencia online que era The Awl (cerrado en enero de 2018), escribía en 2016 a propósito de Pete Wells, el crítico de restaurantes de The New York Times (lean, si pueden, a Wells, y lean también este perfil que le dedicó Ian Parker en The New Yorker), una pieza titulada El único crítico que importa. Balk hacía uso de su elocuencia y crudeza habitual para señalar aquello que muchos lectores piensan pero pocos nos atrevemos a decir en voz alta:

La crítica de libros es mala (lean tres reseñas del mismo libro y se darán cuenta de que todos los reseñistas usaron una cita idéntica del primer capítulo que de seguro se encontraba en algún lugar del dossier promocional adjunto a las galeradas, para luego esforzarse en demostrar que saben más del tema del libro que el propio autor, antes de emitir un veredicto habitualmente positivo); la crítica musical, en una época en la que todo el mundo puede escuchar cualquier cosa casi al mismo tiempo que el reseñista, es irrelevante; la crítica televisiva está llena de gente que siente que tiene que defenderse por pasar tanto tiempo viendo televisión e intenta de forma desesperada autoconvencerse de que la tv es la nueva literatura

Balk es excesivamente severo en su juicio adrede para reforzar su argumento, y de seguro más de un lector atento y curioso podría oponer ejemplos de críticos valiosos que escapan a esa cruel descripción. Pero ese no es el punto central de su artículo. El punto central es que, gracias a Internet y las redes sociales, la crítica profesional se ha vuelto irrelevante tanto para los lectores como para la industria que produce los artefactos culturales objeto de sus reseñas.

A propósito de eso mismo escribía hace casi un mes Rowland Manthorpe, editor de la edición británica de la revista Wired. En un ensayo titulado Childish Gambino and how the internet killed the cultural critic, Manthorpe explicaba que This Is America, el último video musical de Childish Gambino, alter ego del actor Donald Glover, lo había golpeado de tal forma que se puso a buscar inmediatamente artículos al respecto. Casi no encontró nada que estuviera a la altura de su curiosidad y apetito. “Quería profundidad. En su lugar, me topé con listicles, escribe.

Párrafos después, Manthorpe resumía así la desconfianza y/o falta de interés con que el público (no) lee hoy reseñas o críticas hechas por un profesional:

En un mundo de opiniones candentes, la crítica es fría, lenta y distante. ¿Quién quiere oír acerca de una novela que nunca ha leído o una película que no va a ver o, en el caso del teatro, una obra a la que con casi toda certeza nunca asistirá? Quizá si tienes intenciones de comprar una entrada o una copia, pero en ese caso, ¿qué te garantiza que la reseña no vaya a arruinarte el final? La alergia a los spoilers en redes sociales es una sentencia de muerte para el trabajo crítico de cualquier tipo.

En el peor de los casos, una reseña es, a fin de cuentas, tan solo una opinión. Y cuando todo el mundo puede exponer su opinión el valor de esta se ve disminuido. Si uno quiere saber si vale la pena ver una película, tiene mucho más sentido ir a Rotten Tomatoes o dejar que Netflix le haga una recomendación. ¿Por qué depositar nuestra fe en una única voz cuando podemos confiar en los datos?

Líneas más adelante, Manthorpe explica el malentendido que reside en esa visión:

Es cierto, los críticos ponen calificaciones y recomiendan; pero, sobre todo, critican, y eso es algo muy diferente. Una buena reseña cata el aire cultural para descubrir el hedor de hipocresía, el aroma dulce de la verdad, la esencia de lo que está por venir. Una buena reseña es generosa, o cruel, pero nunca titubeante. Una buena reseña es, a su manera, tan valiosa artísticamente hablando como el objeto de la crítica.

Pensaba en todo eso la mañana del viernes 8 de junio, luego de que me despertara con la noticia de que Anthony Bourdain se había suicidado. Bourdain, como seguramente saben, es –me resisto a escribir era– un autor y presentador de televisión especializado en viajes y comida. El periodista gastronómico más importante e influyente del mundo en una época en que comer se ha convertido en el principal evento cultural de nuestras vidas.

Bourdain, saltó a la fama en el año 2000 con un libro de memorias sobre su trabajo como cocinero. Luego del éxito de Kitchen Confidential, se convirtió en una estrella televisiva, encadenando una serie de programas gastronómicos que lo llevaron a todos los rincones del planeta y le hicieron acumular seguidores en todos los idiomas.

El éxito de sus libros y shows televisivos convirtió a Bourdain no solo en una celebridad global sino en un hombre clave para entender la cultura popular de los últimos 20 años. Incluso si uno no ha leído jamás uno de sus libros o no ha visto un solo episodio de No Reservations (2005–2012) o Parts Unknown (en el aire desde 2013 hasta el día de hoy: la muerte de Bourdain ocurrió mientras grababa un episodio en Francia para la nueva temporada), difícilmente haya escapado a la influencia de este ex cocinero reconvertido en escritor que odiaba el brunch y popularizó el mantra según el cual no hay que pedir pescado los lunes en los restaurantes.

Bourdain es uno de los responsables de que hoy los chefs compitan en celebridad con deportistas y estrellas de cine, de que nuestro feed de Instagram esté repleto de imágenes de platos de comida y de que miles sino millones de personas alrededor del mundo planifiquen sus vacaciones pensando en los restaurantes donde van a comer. Pocos autores contemporáneos han moldeado de forma tan inmediata y palpable el mundo en que vivimos, incluso yendo más allá de las fronteras de su nacionalidad e idioma.

Así que luego de leer tres o cuatro notas rápidas buscando detalles sobre lo que había ocurrido, me fui a buscar textos antiguos sobre Bourdain, a la espera de que alguno de los muchos periodistas gastronómicos que sigo en Twitter y leo con frecuencia escribiera algo a la altura del personaje y su legado.

Primero recordé este perfil que le dedicó The New Yorker en febrero de 2017. En él Patrick Radden Keefe revela, entre otras cosas, la dedicación con que Bourdain persiguió una carrera literaria desde mucho antes de que The New Yorker le publicara, en 1999, el ensayo que terminaría convirtiéndose en Kitchen Confidential:

Cuando Bourdain cuenta su propia historia, con frecuencia hace que parezca que el éxito literario fue algo que le cayó del cielo; en realidad, pasó años intentando que la escritura fuera su pasaje de ida fuera de la cocina. En 1985 empezó a enviar manuscritos no solicitados a Joel Rose, quien por entonces editaba una revista literaria de Nueva York, Between C & D. “Para decirlo de forma sencilla, mi deseo por la letra impresa no conoce límites”, escribió Bourdain en una carta de presentación que envió junto a una serie de dibujos y relatos.

Ese mismo año, según cuenta Keefe, Bourdain se matriculó en el taller de escritura de Gordon Lish, el legendario editor de Raymond Carver. Pasarían otros diez años hasta que Bourdain publicara una novela, Bone in the Throat (1995), que no leyó nadie en su momento, y cuatro más para que David Remnick, editor de The New Yorker, recibiera y aceptara el manuscrito que le daría la vuelta a la carrera de Bourdain.

Luego recordé una entrevista reciente, realizada por Isaac Chotiner para Slate, en la que, a la luz del movimiento #MeToo y las denuncias de acoso sexual de Harvey Weisntein y otros hombres poderosos, Bourdain discute hasta qué punto su libro y él mismo han sido responsables de romantizar la cultura machista que sobrevive en muchas cocinas profesionales:

Y he estado pensando mucho acerca de Kitchen Confidential. En cuando iba a firmas de libros algunos años después de que se publicara Kitchen Confidential y alguna gente, sobre todo tipos, me hacía high-five con una mano y me deslizaba un paquetito de cocaína con la otra. Y yo pensaba, compadre, ¿acaso no has leído el libro? ¿qué carajo te pasa?

(…)

He tenido que preguntarme, y lo he hecho durante un buen tiempo, ¿hasta qué punto en ese libro ofrecí validación a estos cabezas de chorlito?

Si lees el libro, ahí hay muchas palabrotas. Mucha sexualización de la comida. No recuerdo nada particularmente lascivo o lúbrico en el libro más allá de esa primera escena en la que siendo un muchacho joven veo al chef teniendo relaciones sexuales consentidas con una cliente. Pero aún así, eso también pertenece a esa cultura de machos idiotas.

Leí también los varios tuits que le dedicaron algunos de sus amigos del mundo gastronómico.

Pero fue recién cuando me topé con esta pieza escrita a las pocas horas de la muerte de Bourdain por Helen Rosner, la corresponsal gastronómica de The New Yorker, que caí en cuenta de que no me bastaba con volver a revisar notas antiguas sobre Bourdain o escritas por él. Fue cuando leí lo siguiente que empecé a caer en cuenta de que, si bien aún no encuentro la forma de explicar para qué sirve un crítico cultural en nuestros días, quizá sí puedo mostrarlo con algunos ejemplos:

La atracción por los secretos detrás de la fachada -por el frenético e insinuado manejo de escena tras bambalinas– es quizá el tema principal que recorre toda la obra de Bourdain. Era un lector inagotable, en busca no solo de conocimiento y diversión sino de herramientas para el oficio. Fue más un creador que una estrella televisiva: un obsesivo aficionado del cine que confeccionaba cada episodio de Parts Unknown como si se tratara de una película, guionizando cada toma, cada cortinilla musical, cada arreglo visual. Cuando lo entrevisté para un podcast en 2016, hablamos de cómo utilizaba esas herramientas narrativas como una manera de acercarse a su público, de atraerlos a un territorio en el que pudieran de verdad entender aquello que él les estaba mostrando. “Uno quiere que sientan lo que sintió uno mismo en ese momento, si está narrando algo que ha experimentado”, dijo. “O quiere acercarlos a cierta opinión o forma de ver las cosas”.

(…)

Bourdain, en efecto, creó el personaje de “chef chico malo”, pero con el paso del tiempo empezó a ver sus efectos perniciosos en la industria de restaurantes. Con Medium Raw, la secuela de Kitchen Confidential publicada en 2010, intentó volver a narrar su historia desde un lugar mucho más sensato: las drogas, el sexo, los ademanes de hijo de puta arrogante, ya no como manual de instrucciones sino como advertencia.

Lo mismo pensé cuando leí poco después este artículo escrito por Jeff Gordinier, editor gastronómico de Esquire:

La gente insiste en clasificar a Bourdain como chef, pero esto siempre me ha parecido raro. Él mismo ha admitido que fue un chef mediocre. Lo que hacía brillar a Bourdain era la escritura. Gracias a su talento y fuerza de voluntad y carisma y sudor y hambre, Bourdain se convirtió en el más destacado escritor gastronómico y de viajes de su tiempo. Su ascenso coincidió con un momento en la cultura americana en el que, de pronto, los chefs se convirtieron en personajes más interesante (más auténticos, menos maquillados, más volubles, menos manipuladores, o al menos eso pensábamos) que las estrellas de cine o los músicos. Bourdain se convirtió en el bardo oficial de esta era, como Hunter S. Thompson en la campaña electoral de 1972 o Pauline Kael cubriendo la revolución cinematográfica de los años 60 y 70.

Y, por supuesto, no podía faltar este otro artículo escrito por Pete “el único crítico que importa” Wells:

Si bien no era inmune a la hipérbole, tenía un odio de editor de periódico amarrado a un cigarrillo por la hipocresía autoindulgente, particularmente cuando se trataba de otros presentadores de televisión. Disfrutaba de burlarse de chefs famosos como Guy Fieri (a cuyo restaurante de de Times Square bautizó “the Terrordome”) y Paula Deen (“La peor y más peligrosa persona de América”).

A ratos, las dotes de Bourdain para cantar verdades podían desteñirse para dar paso a otros aspectos menos agradables de su personalidad: el matón que busca llamar la atención, el proveedor de numeritos bien ensayados, el conferenciante que, a la orden, suelta palabrotas como un cocinero que se acaba de de volar la tapa del dedo con el cuchillo.

“Hago muchos bolos como orador y a veces siento que me pagan para soltar palabrotas delante de gente que no ha escuchado ninguna en un buen tiempo”, dijo en una entrevista de 2008.

Yo preferiría, la verdad, que quienes lean este post se asomaran al trabajo de Helen Rosner, Jeff Gordinier o Pete Wells en otras circunstancias. Pero quizá hace falta que ocurra algo tan tremendo, espantoso e incomprensible como el suicidio de una figura cultural de la talla de Anthony Bourdain para explicar, mostrando y no diciendo, para qué sirve un crítico cultural en tiempos de redes sociales.

Yo seguiré, pasado el duelo, intentando encontrar una respuesta. Confío en poder decirla por aquí pronto.

Postdata: Mientras escribía este post me sorprendió caer en cuenta de que, pese a los varios años que llevo escribiendo sobre gastronomía y libros, y a que he leído casi todo lo que Bourdain publicó en las últimas dos décadas, nunca he escrito sobre él más que muy de pasada aquí y aquí.

Lluvia

La primera vez que vi un paraguas tenía 10 años. Colgaba de un perchero en casa de una amiga de mi madre y parecía sacado de la película de Mary Poppins. Hasta entonces, para mí, los paraguas pertenecían al mismo paisaje vetusto e imaginario que los sombreros, las gabardinas y las botas de hule. Habitantes antiguos de una película de John Huston, elementos de escenografía de una novela de Dashiell Hammet, dibujitos sacados de una caricatura de Charlie Brown.

En esta ciudad pegada al mar los paraguas no son sino adornos inútiles que no se abren nunca y nos recuerdan, en su quietud, que vivimos en un desierto. Con vistas al océano Pacífico, pero desierto al fin y al cabo. Dijo desde Londres Antonio Cisneros, uno de nuestros mejores poetas:

Pero no tengo paraguas,
porque yo nunca tuve paraguas,
nadie en Lima tiene paraguas.
Cierto es que ya he comprado dos o tres desde que habito
en el fondo del mar,
pero los he perdido como he ido perdiendo a mis amigos
/ el tiempo / las esposas.

En Lima no llueve, de vez en cuando cae un amago de lluvia que los limeños llamamos garúa, que ni moja ni enfría. “Está lloviendo”, dirá un limeño y uno tendrá que afinar mucho la vista para alcanzar a ver las gotitas que caen del cielo, como si alguien allá arriba estuviera apretando un pulverizador de agua.

Herman Melville, el autor de Moby Dick, llamó a Lima ciudad “sin lágrimas” y “la ciudad más extraña y triste que uno pueda ver”.

El cielo, ese que no llora, mantiene un color gris perenne, que se ilumina unos pocos días al año durante el verano. El color es fruto de un fenómeno meteorológico conocido como “inversión térmica”, hijo de la conjunción entre la corriente de Humboldt que recorre el Pacífico y la cordillera de los Andes y que se traduce en “un clima paradójico de permanente nubosidad, escasa insolación, altísima humedad relativa y casi nulas lluvias que crea un desierto litoral”.

Lejos de tecnicismos, cuando nos referimos a nuestro cielo, los limeños hablamos de “panza de burro”. Un burro que no llora, que no mea, que no se moja.

Si queremos escuchar llover, los limeños tenemos que sumarnos a ese medio millón de personas que a diario entran a la web rainymood.com o utiliza sus apps para iPhone o Android. “La lluvia hace todo mejor”, reza su lema mientras nos deja escuchar una lluvia intensa y constante que refresca el oído. Es cierto, la lluvia hace todo mejor. Por eso, cuando salimos de Lima, los limeños descubrimos que hay una cosa, algo valioso, que nos ha sido arrebatado.

Cuando tenía 18 años viajé a Cuba y viví mi primera tormenta eléctrica en serio. Había visto tormentas antes, siempre fuera de Lima, pero esta era otra cosa. Era invierno en La Habana, pero el invierno ahí significa unos veintitantos grados y un sol que empieza a apagarse sobre las seis de la tarde. No es casualidad que fuera en Cuba donde se inventó esa camisa veraniega conocida como guayabera, y que ahí sea considerada vestimenta formal.

Corrían las cinco de la tarde, salía de mi entrenamiento de baloncesto en la villa olímpica ubicada en las afueras de La Habana, cuando el cielo se oscureció de pronto y antes de que supiera donde refugiarme comenzó a llover como nunca había visto. Las gotas caían con tal fuerza que dolían.

Tardé unos minutos, mientras buscaba hacia dónde correr para guarecerme, en darme cuenta de que no había razón alguna para escapar de la lluvia. La lluvia, esa lluvia, una lluvia a la vez tibia y fría, violenta y calma, era un regalo del que debía empaparme antes de marcharme de vuelta a Lima.

Un par de años después me mudé a Madrid, donde llueve, más o menos, unos cien días al año. La lluvia en Madrid carece de la espectacularidad que puede tener la lluvia en tierras tropicales. Es una lluvia de oficina, puntual y severa, que pese a su carácter burocrático sigue sorprendiendo a los madrileños.

“Llueve”, dice un madrileño saliendo de casa por la mañana sabiendo ya que el tráfico será un desastre y que es probable que se inunde alguna estación de metro.

En Madrid me compré mi primer paraguas. Y el segundo y el tercero y el cuarto y el quinto y el vigésimo octavo. Tras diez años viviendo en la capital de España, los paragüeros de sus bares han de estar repletos de paraguas comprados en El Corte Inglés que olvidé a las tantas de la madrugada.

En 2012 dejé Madrid y volví a Lima, mi ciudad sin lluvia. En los casi once años que estuve fuera la ciudad sufrió cambios asombrosos. Por primera vez en su historia parecía camino de tener una clase media y el dinero se puede ver en los malls abarrotados y los centenares de miles de coches que inundan las calles.

Lima, que antes era apenas pisada por los turistas de camino a Cusco, hoy es una de las capitales gastronómicas del continente y visitantes de todas partes vienen tan solo a comer.

Pero, lo siento, nos falta algo, algo que ni todo el dinero del mundo puede comprar, algo que ni la mejor comida es capaz de satisfacer. Si uno mira el cielo de Lima con detenimiento, si se concentra en sus grises, en su humedad, en ese mar puesto boca arriba, terminará por entenderlo.

Lima está a punto de llorar siempre, pero no llora. Como un paciente deprimido que acaba de empezar a tomar fluoxetina. Quiere llorar pero no puede.

*Este texto se publicó por primera vez, en inglés, en Winter Magazine, marzo 2014.

La entrevista imaginaria como género periodístico

Me pone sobre alerta Daniel Alarcón, escritor y productor ejecutivo del, a mi juicio, mejor podcast narrativo en habla hispana, Radio Ambulante. La mañana del miércoles 23 de mayo, Daniel me taggea en un tuit, dirigiéndome a otro publicado por el periodista argentino Sebastián Volterri el día anterior, martes 22 de mayo:

En su tuit, que acumula unos 5000 retuits y más de 19000 likes, Volterri colocaba una portada de la revista española Diez Minutos en la que se anuncia una “Entrevista imaginaria” con la entonces princesa Letizia, hoy reina de España. En la misma portada, Diez Minutos explica así su exclusiva (la negrita es mía):

recreamos con datos contrastados y testimonios fiables la conversación que podría haber tenido con nuestra revista.

La curiosidad me hizo buscar más información al respecto. No tardé mucho en dar con la dichosa entrevista. La nota, que va sin firma, lleva la confesión de parte en la introducción (la negrita es mía):

Igual que los hijos llegan sin manual de instrucciones, la periodista Letizia Ortiz Rocasolano –hija de padres separados, hermana mayor, divorciada de un profesor de lengua, atea, antitaurina, fumadora ocasional, leal amiga de sus amigos, seductora y autoritaria, profesional y familiar a partes gemelas– llegó al oficio de Princesa sin una clase magistral previa ni libro de ayuda alguno.

La única asignatura que llevaba en su currículum para casarse con un Príncipe fue la del corazón, y la tenía aprobada con matrícula de honor. Una década después, mucho ha aprendido aquella rubia interesante de 31 años a base de trabajo, sinsabores, disciplina y más amor. Pasó de hablar como comunicadora a callar; de mirar a ser vista; de opinar a ser criticada; de preguntar a no responder.

Pero en un ejercicio de osadía, nos hemos lanzado a entrevistar a la Princesa de manera figurada. Porque sabemos tanto de ella a través de terceros, medios de comunicación y testimonios directos que nos atrevemos a suponer lo que nos contestaría si tuviéramos un café (para ella té) y una grabadora delante.

Ejercicio de osadía.

Nos atrevemos a suponer lo que nos contestaría.

La portada y entrevista de Diez Minutos no son nuevas. Fueron publicadas en mayo de 2014. Tampoco es nuevo el revuelo que despertó la “osadía”, por llamarla de alguna forma, de Diez Minutos. Ni las bromas a su costa:

Osadía o desfachatez, y más allá de los chistes, la entrevista no pasó desapercibida para la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE). Tras recibir una queja del Colegio de Periodistas de Murcia, en junio de 2014 la FAPE puso a trabajar a su Comisión de Arbitraje, Quejas y Deontología. Un mes después, el organismo emitió una resolución en la que señalaba (la negrita es mía):

Por lo expuesto, desde la defensa de la libertad de expresión, así como de la necesidad de velar por la calidad y credibilidad del periodismo y a partir de que la primera exigencia del periodismo es el respeto a la verdad, sin tergiversación o deformación, no nos hallamos ante una buena práctica periodística, pues el método de esta entrevista imaginaria, no tiene la misma garantía de veracidad que una entrevista real con la persona concernida. Además puede también afectar al derecho a la intimidad y la propia imagen, a la que la persona presuntamente entrevistada tiene derecho, aunque sea un personaje público.

Obviemos por un momento el tono burocrático y los excesos eufemísticos de la Comisión. Aunque no puedo sino enarcar una ceja y dejar escapar una sonrisa ante ese “el método de esta entrevista imaginaria, no tiene la misma garantía de veracidad que una entrevista real”.

Uno pensaría que no hace falta la movilización de un colegio regional de periodistas, la federación nacional que lo acoge y una comisión de deontología para llegar a esa conclusión o para dictaminar que “no nos hallamos ante una buena práctica periodística”. Pero la realidad, siempre tozuda y dispuesta a callarnos la boca, demuestra que sí hace falta. Que nunca es ni será suficiente. Que cuando se trata de faltas periodísticas ninguna advertencia o condena es excesiva.

Por mucho que nos indignemos y burlemos en redes sociales, por muchas bromas que hagamos a su costa, la entrevista imaginaria es una práctica más común de lo que uno, perdón, imagina.

Mientras leía los pormenores de la falsa entrevista con la ahora reina Letizia, recordé otros tres casos emblemáticos de entrevistadores con debilidad por la fabulación. Estos sí con nombre y apellido, no anónimos como en el caso de Diez Minutos.

Nahuel Maciel

A principios de los años 90, el periodista Nahuel Maciel hizo fama en el suplemento cultural del diario argentino El Cronista Comercial, donde publicó extensas entrevistas con autores como Gabriel García Márquez, Carl Sagan, Umberto Eco, Mario Vargas Llosa y Juan Carlos Onetti.

Su fecunda y ficticia relación con el primero dio incluso pie a un libro titulado Elogio de la utopía, firmado por el propio Maciel y García Márquez, que además llevaba un prólogo de Eduardo Galeano. Todo era mentira. Las conversaciones entre los dos autores que conformaban el libro, el prólogo de Galeano y hasta la carta que supuestamente le había enviado el escritor colombiano a Maciel y que este leyó en la presentación del libro durante la Feria del Libro de Buenos Aires celebrada en abril de 1992.

El periodista Eliezer Budasoff, hoy editor de The New York Times en Español, rastreó a Maciel y escribió un perfil sobre él en 2011, que le valió el premio Nuevas Plumas.

Tommaso Debenedetti

En febrero de 2010, el suplemento Il Venerdi del diario italiano La Repubblica traía una entrevista con el escritor americano, fallecido hoy miércoles 23 de mayo de 2018, Philip Roth. Durante la conversación, la periodista Paola Zanuttini le preguntaba al novelista americano “¿Está decepcionado con Barack Obama? En una entrevista con un periódico italiano, Libero, indica que incluso le resulta antipático, así como ineficiente y adormecido en los mecanismos del poder”. A lo que Roth le responde que nunca ha dicho eso, que de hecho opina todo lo contrario y que nunca ha hablado con ese diario.

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Portada de Il Venerdì, 26 de febrero 2010

Roth no se quedó contento con desmentir las declaraciones falsas que se le atribuían. Sino que empezó él mismo a tirar del hilo de la mentira. Primero dio con el nombre del periodista que decía haberlo entrevistado: Tomasso Debenedetti. Y de ahí, tras una breve búsqueda online, se topó con una entrevista a otro autor norteamericano escrita por Debenedetti. La víctima, esta vez, era John Grisham.

La entrevista había sido publicada por tres medios italianos distintos: Il Resto del Carlino, La Nazione e Il GiornoY, al igual que en la supuesta conversación que había mantenido con Roth, Debenedetti ponía en boca de Grisham una crítica al entonces presidente norteamericano: “El entusiasmo del año pasado queda ya lejano. La gente está molesta con Obama por haber hecho poco o nada y por haber prometido demasiado”.

Todo esto lo cuenta la periodista Judith Thurman en una pequeña pieza que escribió para The New Yorker en abril de 2010. Thurman dio luego seguimiento al caso y encontró más entrevistas fraguadas por Debenedetti. La lista del prolífico falsificador italiano es tan larga como ambiciosa e incluye los nombres de los siguientes escritores: Gore Vidal, Toni Morrison, E. L. Doctorow, Gunter Grass, Nadine Gordimer, Jean-Marie Gustave Le Clézio, Herta Müller, A. B. Yehoshua, Scott Turow, V. S. Naipaul, José Saramago, J. M. Coetzee, Elie Wiesel y Noam Chomski. A los que, además, hay que sumar un puñado de personalidades como el Dalai Lama, Lech Walesa, Mijaíl Gorbachov y Joseph Ratzinger.

En junio de 2010, el entonces corresponsal del diario El País en Roma, Miguel Mora, consiguió entrevistar y hacer confesar a un nada arrepentido Debenedetti, quien declaraba: “Me gusta ser el campeón italiano de la mentira. Creo que he inventado un género nuevo y espero poder publicar nuevos falsos en mi web, y la colección en un libro. Por supuesto, con prólogo de Philip Roth”. Por supuesto, como vamos viendo, Debenedetti no inventó nada más que los encuentros y respuestas de sus supuestos entrevistados.

Ximena Marín

El 26 de julio de 2017, el diario chileno La Tercera publicaba en su página web una nota titulada “Las entrevistas que no debimos publicar”. En ella el diario explicaba que dos días antes había publicado una entrevista con el ex presidente español José Luís Rodríguez Zapatero escrita por la periodista Ximena Marín que, según la oficina de prensa del ex presidente, no se había “producido, ni presencialmente ni por ningún otro medio”.

Según la misma nota de La Tercera, un mes antes, el 26 de junio, el diario había publicado otra entrevista falsa de la misma autora con un ex mandatario extranjero. Esta vez el ex presidente colombiano Álvaro Uribe. Para confeccionar sus entrevistas, según el periódico, la periodista Marín…

…seleccionó intervenciones públicas de dirigentes políticos españoles y las convirtió en entrevistas; recogió citas de ruedas de prensa y las presentó como conversaciones exclusivas; utilizó entrevistas radiales sin citarlas e incluso construyó supuestas entrevistas con declaraciones de terceras personas.

El 30 de agosto del mismo año, la periodista Andrea Moletto, de The Clinic, medio que dio amplia cobertura al caso, publicó una estrambótica entrevista con Ximena Marín en la que esta afirmaba, de forma muy poco convincente, que “es la primera vez que hago una cosa así”.

A diferencia de Diez Minutos –que pese a todo dejaba clara desde la portada la naturaleza ilegítima de la entrevista con Letizia–, Maciel, Debenedetti y Marín publicaron sus trabajos con la intención de engañar tanto a sus empleadores como lectores. Podría decirse que Diez Minutos, con su desfachatado alarde de transparencia, fue el único que quizá innovó en el arte de la entrevista falsa. Habrá que ver quién es el próximo en perennizar este viejo género pseudoperiodístico.

ADENDA

Me recuerda en Twitter el periodista David Hidalgo, director fundador de Ojo Público, que el conocido escritor peruano Abraham Valdelomar publicó una entrevista con el Señor de los Milagros, la famosa imagen de Jesucristo que veneran muchos fieles católicos en Perú y que sale en procesión cada año durante el mes de octubre.

La entrevista se publicó en el diario La Prensa el 20 de octubre de 1915, bajo el título Reportaje al Señor de los Milagros e iba firmada con el seudónimo habitual de Valdelomar, El Conde de Lemos. A continuación, un fragmento:

Yo vengo a Ti, Señor, porque tu sombra me conforta y enaltece. Soy un pobre creyente sin pretensiones y además, soy suscriptor de “La Unión”. Jamás he hecho contra ti campaña alguna. Soy ignorante y sin embargo, creo que Juliano el Apóstata no jugaba limpio contigo…

El lienzo se mueve ligeramente y una voz dulcísima se pronuncia:

– Te agradezco mucho. ¿Qué quieres?

– Dos cosas, Señor: ser tu cicerone y que me des un reportaje.

– Habla.

– Pues bien, Señor: ¿No te molestan estos cánticos chillones? Estas viejas que gritan. Tú, acostumbrado a la música celestial y a los coros de los Serafines… pero resígnate. Peor sería que trajeran a “la Chispita” ¡Ay! Eso es de correr…

– Doblemos esa foja…

– Doblada

– ¿Quién eres tú?

– Soy periodista, Señor y billinghurista..

– ¡Unn! ¡Periodista!. Gente nueva. En mi tiempo no había periodistas.

– Por eso te crucificaron sin protesta. Ya hubiera habido en Judea un diario de oposición para ver las cosas que le dijera San Pedro a Pilatos…

Como entenderá cualquier lector atento y con sentido del humor, la “entrevista” de Valdelomar era una broma de inicio a fin y no tenía intención de engañar a nadie. Pueden leerla completa aquí.

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Abraham Valdelomar, retratado por Martín Chambi

ADENDA

A través de un tuit, el periodista Eduardo Suárez me dirige a otra “innovación” del género:

En esta ocasión, la entrevista imaginada es un diálogo entre Barack Obama y John F. Kennedy, obra del periodista Enric González. Para quienes no lo conocen, González es uno de los periodistas más admirados, con razón, por sus colegas en España. Fue durante años corresponsal del diario El País en distintas ciudades. Primero en Londres, luego en Nueva York y Roma.

Esas estancias produjeron tres libros de memorias –a los que habría que sumar un cuarto Historias del calcio (recopilación de la columna sobre el torneo italiano de fútbol que escribió semana a semana durante cuatro años)– que se encuentran entre los mejores libros escritos por un periodista español durante los años 2000 (Historias de Londres es originalmente de 1999 pero su primera edición, a cargo de Península, desapareció de las librerías rápidamente y el libro era imposible de encontrar hasta que fue reeditado por RBA en 2007).

Desde 2013, González es columnista en el diario El Mundo y colaborador habitual de la revista digital Jot Down, empresa con la que también ha publicado un par de libros. Memorias líquidas, una memoir de su formación periodística, y Cada mesa un Vietnam, una antología de textos sobre el oficio en la que incluye a autores como Leila Guerriero, Martín Caparrós, Miguel Ángel Bastenier, Mónica G. Prieto, Manuel Jabois, Rosa Montero o Jordi Pérez Colomé.

La conversación imaginada entre Obama y Kennedy formaba parte de un especial del diario El Mundo publicado en 2013 con motivo del 50º aniversario del asesinato de JFK.

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Fotomontaje de El Mundo

¿Por qué González, un periodista experimentado y, sin duda, una de las cabezas más brillantes del periodismo español contemporáneo, llegó a pensar que este diálogo de aquí abajo es una buena idea?

Obama.— ¿Señor presidente? ¿Señor Kennedy? ¿Está aquí?

Kennedy.— Estoy, estoy. Pero no me llames señor. Ya eres más viejo que yo: tienes 52 años, y yo me quedé para siempre en los 46. Mejor nos tuteamos.

O.— Sí, señor. Sí, Jack. Quería preguntarte algo que tal vez te parezca estúpido. ¿Crees que mi presidencia será considerada un fracaso?

K.— Oh, otra vez. Todos preguntáis lo mismo. ¿Quieres la verdad? La mayoría de los presidentes fracasan. Salvaría a Reagan, porque era simpático y tenía suerte, y a Clinton, un patán muy listo y muy cínico. A ti, francamente, te veo por debajo de la media. Pero no sufras, pasaste a la Historia el mismo día de tu elección. ¡El primer presidente negro! Con eso te vale.

La verdad que se me escapa.

¿Qué necesidad puede tener un columnista reconocido, al que no le faltan espacios donde exponer su opinión, de poner en boca de un muerto ilustre aseveraciones o ideas que, no hace falta imaginar demasiado, son probablemente las suyas? Un breve ejemplo (las negritas son del original):

O.— Vale, vale. Oye, me quedan tres años de presidencia. ¿Qué me aconsejas?

K.— Identifica correctamente a tus enemigos. Supongo que el 11 de septiembre os marcó de forma profunda, pero Al Qaeda nunca fue y nunca podrá ser el principal enemigo de Estados Unidos. Ya mataste a Osama Bin Laden. Ya has cumplido. Mira, heredaste un déficit monstruoso y has conseguido aumentarlo. Sí, ya sé, la crisis. Pero China, que es el auténtico enemigo, es quien financia ese déficit y te tiene amarrado por los huevos. Te pasas la vida haciendo reverencias ante los chinos, mientras ellos te comen terreno pasito a pasito. Sé firme, pon las cuentas en orden y convence a los americanos de que Estados Unidos es aún la gran potencia y el bastión de la libertad.

O.— Hablas como si fueras del Tea Party.

K.— Están zumbados, pero tienen algo de razón. Querías un consejo y te lo he dado. Aún te daré otro, aún más importante: nunca uses un coche descapotable.

De verdad, ni idea.

Como bien dice Eduardo Suárez en otro tuit:

A propósito del sondeo de GFK y Julio Guzmán: ¿Qué nos dicen en realidad las encuestas?

Más allá de las bromas, en la encuesta de GFK que muchos han comentado en estos días hay algo que sí me llama la atención. Pero tiene que ver, más que con la encuestadora o la metodología, con los encuestados. Cuando responden a la pregunta “¿Usted aprueba o desaprueba el desempeño de Julio Guzmán?”, ¿a cuál desempeño se refieren?

Veamos el cuadro:

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Con la excepción de Alfredo Barnechea, quien aun así tiene un pasado político anterior a su candidatura de 2016, todos los personajes que no se llaman Julio Guzmán y que aparecen en ese cuadro, o bien detentan cargos ganados en una elección, o lo han hecho en el pasado reciente, o tienen una larga historia política a cuestas, o aparecen constantemente en medios como actores políticos.

Según señala la propia ficha técnica de la encuesta de GFK, el sondeo se realizó entre los días 21 y 25 de abril. Los resultados de la encuesta anterior de la misma consultora se publicaron el día 21 de marzo. Es decir, el desempeño sobre el que se les pregunta a los encuestados es el que tuvieron los personajes políticos entre ese 21 de marzo y el reciente 25 de abril.

¿Cuál ha sido el desempeño del precandidato Julio Guzmán en ese lapso de tiempo?

Bueno, en realidad, todo el desempeño de Guzmán en ese periodo se limita a esto:

Seis tuits:

–Un video en su página de Facebook, que pese a haber recibido pauta publicitaria cuenta con solo unas 11 mil vistas:

 

–Una entrevista publicada en Hildebrandt en sus trece, un semanario con una circulación relativamente pequeña y que no comparte sus artículos en internet más allá de esas capturas de pantalla difíciles de leer en Twitter y Facebook:

–Y un comunicado en el que su partido anuncia que –a pesar de lo señalado en marzo de 2017, cuando el vocero de la agrupación dijo: “Definitivamente competiremos en las municipales y regionales”– no presentará candidatos para las elecciones regionales y municipales de octubre de 2018:

Siendo generosos, podríamos sumar también la cobertura recibida por las iniciativas de los congresistas Richard Acuña y Mauricio Mulder para limitar las candidaturas al Congreso y a la presidencia a quienes cuenten con “tres años de inscripción” en un partido político. Proyectos de ley que, de prosperar, sacarían de carrera tanto a Guzmán como a Verónika Mendoza, pero acerca de los cuales el líder del Partido Morado no había hablado sino hasta este domingo, día 29, cuando ya había sido publicada la encuesta de GFK.

Recapitulemos: seis tuits, un video en Facebook, una entrevista, el anuncio de no participar en las elecciones inmediatas y una vaga amenaza de inhabilitación política en contra. Listo, ese sería todo el desempeño político del precandidato Julio Guzmán. ¿Es ese el desempeño que un 28% de los encuestados valora de forma positiva? ¿En serio?

Algunos de sus militantes afirman que, en realidad, lo que valoran los encuestados es la labor política a pie de calle que realiza el Partido Morado*:

Y, si bien es cierto que la organización liderada por Guzmán viene acercándose a los ciudadanos en la calle desde que acabara la campaña presidencial de 2016, es difícil que las llamadas #giramorada hayan alcanzado a ese 28% de la población que hoy aprueba el desempeño de Guzmán y que, según el cuadro con que inicia este post, alcanzaba un 36% en febrero y 26% en marzo.

Digo según el cuadro porque, si bien aparecen las cifras en ese cuadro y hay otras encuestas que sí publicaron resultados sobre la aprobación de Guzmán en los meses anteriores, los sondeos de GFK publicados en febrero y marzo en su página web no registran la pregunta sobre aprobación de desempeño referida a Julio Guzmán. Imagino que se trata de un descuido.

Volviendo al tema central, pareciera que lo que valoran de Julio Guzmán los encuestados es, en realidad, que no se apellida Fujimori, García, Humala o Acuña. Porque, bien mirado, casi todo su desempeño, ese que supuestamente aprueba el 28% de los encuestados por GFK, se limita a no ser ninguno de los otros personajes. Y ser, además, prácticamente un desconocido.

Esto sería refrendado por un detalle también presente en la encuesta de GFK: quien le sigue en valoración es Barnechea. Otro político casi tan desconocido para el gran público y ausente de la discusión política diaria en medios como Guzmán.

De ser así, lo que en realidad nos está diciendo este apartado específico de la encuesta de Opinión Pública de GFK que tanto se ha comentado es que el desprestigio de la clase política peruana y la desafección que sienten los electores por sus representantes siguen creciendo día a día, sin visos de mejora.

Lo que en realidad nos está diciendo esa supuesta valoración del “desempeño” del precandidato Julio Guzmán es que, tras dieciocho años de recuperada la democracia y luego de los gobiernos de Alejandro Toledo, Alan García II, Ollanta Humala y Pedro Pablo Kuczynski el Breve, los electores peruanos están dispuestos a entregarle las riendas del país a cualquiera que no sea o no se parezca a un político de los que ven a diario en los noticieros.

Ese cualquiera hoy parece ser Julio Guzmán. Mañana, quién sabe.

*Este artículo fue actualizado el miércoles 2 de mayo a las 8:15 para incluir el comentario de @GastonMS sobre el trabajo de campo del Partido Morado y una breve reflexión al respecto.

A propósito de El ilustrador peruano que no publicó en The New Yorker y la verificación

La mañana del viernes 27 de abril participé en el taller #HackearElPeriodismo gracias a la invitación de los responsables de Ojo Lab, el laboratorio de innovación y programa de entrenamiento y formación académica de Ojo Público. Esta primera edición de #HackearelPeriodismo fue un seminario de un día donde varios periodistas peruanos, Natalia Sánchez, Joseph Zárate, Ernesto Cabral, Elizabeth Salazar, entre otros, compartieron su experiencia en distintas áreas del oficio.

A mí me correspondía hablar sobre un artículo de este blog, El ilustrador peruano que no publicó en The New Yorker, y la verificación de datos. Cuando recibí el encargo de parte de David Hidalgo, director periodístico de Ojo Público, y mientras pensaba en la exposición, me di cuenta que iba a ser la primera vez, nueve meses después de publicado, que iba a hablar en público acerca de ese texto.

El ilustrador peruano que no publicó en The New Yorker es por mucho el post más leído de este blog y, probablemente, la razón de que muchos de ustedes estén leyendo ahora mismo estas líneas. Pese a ello, nunca lo he discutido en público más allá de un par de breves entrevistas telefónicas con medios extranjeros que se interesaron por el artículo en los días siguientes a su publicación.

Curiosamente, pese a que el post alimentó decenas de notas en sites noticiosos, programas de radio y tv, casi ningún medio peruano me contactó para hacer alguna pregunta al respecto. Si mal no recuerdo, únicamente Jorge Luis Paucar, redactor de lamula.pe, me escribió a través de Facebook messenger para decirme que iban a compartir la nota.

Esto no quiere decir que no haya pensado en esta historia, más bien al contrario. Como reza el about o acerca de, No hemos entendido nada es el cuaderno de apuntes de un libro en el que vengo trabajando hace ya un tiempo, lo que me ha hecho volver una y mil veces sobre ese post y otros textos del blog.

Así que para ordenar un poco mi intervención de esta mañana realicé algunas notas. Al final, como ocurre siempre, las notas se quedaron en mi Evernote y la charla discurrió por su propio camino. Toqué algunos puntos que había desarrollado en esos apuntes, otros no, y respondí a algunas inquietudes de los asistentes.

Como sé, gracias a los comentarios en redes sociales, que por distintos motivos hubo quienes se quedaron con ganas de asistir a la charla, publico aquí las notas que preparé, por si a alguien le sirven de algo.

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–La labor fundamental de nuestro trabajo como periodistas es la verificación y comprobación de datos, provengan estos de donde provengan: documentos, testimonios, entrevistas. Lo mínimo que se nos puede exigir como periodistas es honrar el compromiso de narrar hechos ciertos y verificables. Para ello, por supuesto, debemos haberlos verificado en la medida de nuestras posibilidades antes de su publicación. De manera tal que si alguien quisiera poder volver a andar el camino y hacer la verificación por su cuenta, podría hacerlo.

Una de las cosas que más me sorprendió cuando hablé con los periodistas y editora responsables de la cobertura de Cristhian Hova fue que los tres de inmediato aludieron a la agencia de relaciones públicas o PR. La culpa era de los PR. Ellos los habían engañado. Incluso, cuando logré hablar con la periodista responsable de la nota en Somos, ella me dijo que, luego de que su editora le dijera lo que yo había hallado –que Hova nunca había publicado en The New Yorker y que había fabricado esas páginas de la revista con sus ilustraciones–, se había contactado con la PR y “ella (o sea, la PR) está haciendo todas las averiguaciones del caso”.

–Los periodistas, ya sea por pereza, por falta de medios, tiempo o dedicación para producir artículos que alimenten el inagotable ciclo noticioso de internet (aunque esto no solo ocurre en Internet, claro, en el caso de las páginas dedicadas a Hova en Somos y El Comercio se trataba de ediciones impresas), parecen creer que los PR son sus colegas y confían de forma ciega en sus aseveraciones. Muchos PR han estudiado periodismo o trabajado en redacciones. De hecho, muchos han trabajado con y son amigos de los periodistas a los que ahora bombardean con notas de prensa, artículos y propuestas de entrevistas. Algunos incluso se siguen llamando a sí mismos periodistas. Pero no lo son, son PR. Eso sí, esa experiencia les ha enseñado que los periodistas, muchas veces, no tienen tiempo o ganas de realizar ninguna comprobación. Lo cual, por supuesto, es utilísimo para los clientes del PR. Puede que sean tus amigos, pero su trabajo no es hacer tu trabajo. Su trabajo es decirte que el cielo es verde y el césped azul. Y tu trabajo comprobarlo. Ya saben: si tu madre te dice que te ama, verifícalo.

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–Las horas y días siguientes a la publicación del post vi que en distintos muros de Facebook y en Twitter surgieron debates sobre la responsabilidad de los periodistas en el caso. Vi a algunos periodistas sacando cara por sus amigos periodistas, que habían sido engañados por el artista y los PR, que, decían, habían urdido una mentira o estafa elaborada. Por supuesto, el corporativismo del gremio periodístico no es una cosa nueva, lo que me sorprendió aquí fue que lo que se estaba discutiendo era algo que yo pensaba que no estaba en discusión: que los periodistas debemos verificar lo que una fuente declara. Más aún si se trata de una declaración tan llamativa e improbable.

–Una de las cosas que decidí rápidamente al publicar el post en el blog fue que no iba a participar de ninguna discusión al respecto en redes sociales. Di alguna entrevista a medios extranjeros porque me llamaron y querían saber más sobre la nota, pero de inicio opté por no entrar a ninguna discusión en redes sociales, pese a que no faltó quien quiso echar sombras sobre mi trabajo y me acusó de tener intereses oscuros, de haber atacado a El Comercio porque había trabajado en Perú21 y les tenía envidia, de haberme cobrado una venganza y otras tonterías similares. Todo lo que yo quería decir sobre el caso estaba en mi artículo. Me había preocupado por que la nota no se quedara solo en la revelación del fraude sino que fuera a la vez el relato fiel y cronológico de cómo había llegado a descubrirlo. Y lo hice así porque quería que se viera y quedara claro que la verificación que hice fue, en realidad, sencilla y estaba al alcance de cualquier periodista con cierta curiosidad y una conexión a Internet. Quizá la única ventaja que tuve fue que no tardé mucho en contactar con alguien del departamento de arte de The New Yorker porque tengo algunos amigos en la revista y me facilitaron el dato. Pero incluso eso podría haberlo hecho cualquiera. Quizá hubiera tardado un poco más, pero solo eso.

–Una de las excusas que se usan en estos casos es que al ser un tema cultural, al tratarse de una nota sobre arte o cultura, no es tan importante. O sea, que la verificación debe hacerse en temas “serios”, que si se trata de un caso como este, da igual, para qué vas a realizar ese esfuerzo si no se trata de un caso de corrupción política o una denuncia sobre narcotráfico. Pero es que ese “esfuerzo” es nuestro trabajo. Sin esa verificación no estamos haciendo periodismo. Ni serio ni de ningún tipo. Además, como ya he escrito en otra ocasión, si somos presa fácil de una manipulación tan ridícula, cómo podríamos pedir a los lectores que confíen en nosotros cuando debemos hacer frente a la manipulación de los Trump o Putin del mundo.