No hemos entendido nada

A mediados de 2016, aproximadamente dos años después de haber asumido el puesto de editor multiplataforma de Perú21, comencé a escribir un libro sobre los enormes cambios y retos que los medios de comunicación vienen enfrentando en la era digital.

El libro empezó a tomar forma en la columna semanal que tenía en el diario, que titulé No Ficción por una sencilla razón: como escribí en ‘Porque tu opinión no importa’ y en ‘Renunciar a la última palabra’, creo que, en Perú en particular y en el columnismo en nuestro idioma en general, abundan -e incluso son mayoría- los periodistas o analistas que escriben iluminados por la gracia divina, convencidos de la enorme e incuestionable importancia de su opinión y “cargados de razón, sin saber o siquiera plantearse que no basta con tener –o creer que se tiene– razón, sino que es indispensable demostrarlo”.

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Cabecera de No Ficción en Perú21

A diferencia de esa mayoría de columnistas, que evitan sistemáticamente citar libros, estudios o informes, yo quería que esa columna fuera siempre una puerta de entrada a las ideas que otros autores habían expresado y que a mí me servían en el esfuerzo por comprender este oficio, esta industria y esta sociedad.

En ese esfuerzo, la mayoría de mis columnas versó sobre los profundos cambios que Internet y las redes sociales han infligido a la manera en que los usuarios accedemos a información y las consecuencias que esos cambios han traído tanto para el oficio como para el negocio periodístico. Fue cuando constaté esa inclinación que surgió la idea de profundizar en la investigación y escribir un libro al respecto.

En el año que llevo leyendo y escribiendo, una certeza ha ido tomando forma. Por ahora, y dudo que eso vaya cambiar de aquí a que finalice la escritura, es la única certeza que tengo. Y no es muy auspiciosa. Tan poco auspiciosa es que suena a enmienda a la totalidad, pero tan seguro estoy de ella que es el working title del libro: No hemos entendido nada. Ese “nosotros” se refiere a los periodistas, editores y responsables de medios, aquellos que tomamos las decisiones o las ejecutamos y que asistimos inermes y en estado de shock al progresivo declive del oficio y el negocio periodístico.

Ese “nada” puede parecer exagerado pero los errores cometidos desde la aparición de Internet por periodistas y responsables de medios son tantos y tan profundos que en realidad decir que no hemos entendido nada es, a estas alturas, un generoso sobrentendido. Pondré un ejemplo. Perdonen que me guarde el resto para el libro.

Como todos saben, durante casi doscientos años el negocio de la gran mayoría de periódicos del mundo ha sido la publicidad. Según explica el abogado y escritor Tim Wu en su libro The Attention Merchants, el modelo de negocio ad-driven o basado en avisos publicitarios fue inventado por el periódico The New York Sun, fundado por Benjamin Day en 1833.

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fuente: wikipedia

Los medios de comunicación impresos monopolizaban la atención de los usuarios o lectores en un mercado local específico gracias a que ofrecían un paquete informativo (el diario) que proveía a esos lectores de buena parte de la información que necesitaban para vivir en su comunidad (ese mercado local específico). Esa información iba desde la cartelera del cine o el teatro, el pronóstico del tiempo y los avisos clasificados hasta las denuncias periodísticas que involucraban a los líderes de la comunidad o los acontecimientos internacionales que de una u otra forma afectaban la vida de esos lectores.

Si bien los lectores pagaban por el acceso a ese paquete informativo, el costo era mínimo, ya que el verdadero negocio era, una vez capturada la atención de los lectores, alquilarla a los anunciantes que buscaban poner delante de los ojos de potenciales clientes (los lectores) los productos que querían venderles. Las barreras de entrada al negocio eran lo suficientemente altas –la imprenta y la distribución suponían una inversión enorme- para dificultar el ingreso de competidores, lo que garantizaba mantener el monopolio con no demasiado esfuerzo. Y garantizaba también que los medios eran dueños absolutos del inventario de espacios publicitarios. El inventario era limitado, pero además el medio podía decidir si reducirlo o aumentarlo de acuerdo a la demanda.

Un viejo adagio periodístico decía que los periodistas escribimos en el espacio que los anuncios nos dejan. Sonaba a broma, pero era una gran verdad. De hecho, el que en algún momento pensáramos que era una broma es una muestra de lo poco que habíamos entendido nuestro oficio y nuestro negocio.

El que no entendiéramos algo tan básico nos dejó inermes ante la destrucción del modelo de negocio llevada a cabo por Internet. ¿Cómo lo hizo? De forma muy sencilla: multiplicando al infinito el inventario de espacios publicitarios y reduciendo a cero los costos de producción y distribución.

En el camino, además, destroza el paquete informativo, despojando al periódico de casi todos los servicios que no eran noticias para alojarlos como servicios independientes –y casi siempre gratuitos- en la red. ¿Quieres conocer el tiempo? Vas a la página AccuWeather.com. ¿Quieres ver la cartelera del cine? Google o Fandango.com se encargan. ¿Quieres comprar un auto o alquilar una casa? Para eso está Craiglist, NeoAuto o alguno de los miles de sites de avisos clasificados que existen.

Tras la revolución digital, del paquete informativo pre-Internet los medios de comunicación nos quedamos con el único tipo de información que sólo los periodistas podíamos producir: las noticias. ¿Y qué hicimos con ellas? Las empezamos a regalar en nuestras páginas web. Y al regalarlas –con la posterior ayuda de Facebook- conseguimos equipararlas a todo el resto de contenido que se empezó a producir en Internet.

Por supuesto, las regalamos porque pensamos que si manteníamos la atención de los lectores, el dinero de los anunciantes vendría detrás. Pero no entendimos –una vez más- que los lectores no nos leían solo por las noticias –recuerden, los diarios eran paquetes informativos donde las noticias eran una parte del contenido-, ni que algo tan aparentemente banal como una red social cambiaría y destrozaría el sistema de distribución de información y de captación de los ojos de los usuarios. Todo esto tiene dos consecuencias fundamentales. Lo explica de manera muy simple el analista Ben Thompson, en su blog Stratechery:

-Existe ahora, efectivamente, un inventario ilimitado de espacios publicitarios, lo que significa que el precio de un anuncio indiferenciado se acerca inexorablemente a cero.

-Lectores y clientes potenciales son ahora dos entidades distintas, lo que significa que medios y anunciantes ya no se encuentran alineados.

El segundo punto, señala Thompson, no ha sido comprendido del todo por los responsables de medios:

“Los medios han dado por sentada la publicidad durante demasiado tiempo, bajo la suposición de que tenían un monopolio de la atención de los lectores. El aumento de la competencia destrozó ese monopolio, pero fue el divorcio entre las categorías ‘lector’ y ‘cliente potencial’ lo que hizo que incluso los medios más grandes fueran incapaces de monetizar la nueva y gigantesca cantidad de tráfico que [sus ediciones digitales] estaban recibiendo. Después de todo, a los anunciantes no les importan los lectores. Les importa identificar, alcanzar y convertir potenciales clientes.”

A quienes nos importan los lectores es a los periodistas. Pero los periodistas con un modelo de negocio quebrado o camino de la quiebra difícilmente podemos producir información noticiosa de calidad para capturar la atención de los lectores y mantener o recobrar su confianza. Durante demasiado tiempo, los periodistas y editores hemos pensado que el negocio no era de nuestra incumbencia, que el periodismo y la industria de medios podían vivir en el mismo edificio sin siquiera hablarse en el ascensor. Un error gravísimo. De hecho, la caída de calidad del contenido producido por la mayoría de medios es consecuencia directa del fracaso del modelo de avisos digitales.

Una vez más, lo explica Thompson:

“El problema es que el modelo de anuncios online es inherentemente deflacionario: así como el contenido tiene un costo marginal cero, también lo tiene el inventario de espacio publicitario, lo que significa que es irrelevante producir más. Una cantidad limitada de dinero publicitario repartido entre un inventario creciente se traduce en que cada espacio publicitario vale cada vez menos. El resultado es que entramos en un típico caso de dilema del prisionero: el curso de acción optimo para cualquier publicación, sobre todo cuando no existen espacios publicitarios diferenciados ni capacidad de targeting, es maximizar los espacios publicitarios (más contenido) y las páginas vistas (más ojos), aun cuando, si todos los medios optan por esto, el único resultado es la caída del valor de esos avisos. De forma perversa, esa caída en el precio de los avisos solo lleva a la necesidad de crear más contenido y capturar más ojos: como resultado, la calidad se convierte rápidamente en una víctima”.

Es en esa situación en la que se encuentra la inmensa mayoría de medios. Y es en esa situación en la que, como periodista, decidí alejarme de la redacción de Perú21. Esta fue mi última columna en ese diario. Si me alejé es para intentar comprender, para intentar reducir ese “nada” del título de mi futuro libro y convertirlo con suerte en “algo”; para poner cierta distancia, algo de tiempo y muchas lecturas en el esfuerzo por entender qué estamos haciendo mal, qué debemos rescatar de aquello que hacíamos bien y qué estamos obligados a hacer mejor si no queremos ver nuestro oficio morir de irrelevancia.

*Una versión anterior de este artículo apareció en Perú21 el 23 de enero de 2017.

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