Netflix, los abrazos, las miradas, #MeToo, el amarillismo y las fake news

La mañana del viernes 15 de junio apareció en mi newsfeed de Facebook –un espacio cada vez menos hospitalario para el contenido noticioso gracias a los cambios de algoritmo de la red social– un titular que me distrajo por un momento de la fiebre mundialista.

El titular pertenecía al diario español/catalán La Vanguardia y decía así:

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Lo llamativo del titular, sumado a la penetrante –cof cof– mirada de Kevin Spacey, me obligaron a dar click en la “noticia”.

Esto decía el primer párrafo del artículo de La Vanguardia que iba firmado con un “Redacción Barcelona”(las negritas son mías):

En Netflix se toman muy en serio el acoso y los abusos de índole sexual en los rodajes de sus producciones después de la controversia de House of cards por culpa del comportamiento de Kevin Spacey. Tanto es así que incluso está prohibido mirar otra persona durante más de cinco segundos, según informa The Independent.

Prohibido.

según informa The Independent.

El segundo párrafo continuaba (las negritas son mías):

Parece ser que los principales responsables de los sets de rodaje han tenido que asistir a cursos para combatir y detectar el acoso en el trabajo y que se han establecido nuevas normas de conducta para mejorar la convivencia en el rodaje.

Parece ser.

Cursos para combatir y detectar el acoso.

Normas de conducta para mejorar la convivencia.

El tercer párrafo abunda en esas supuestas “normas de conducta” que, “parece ser”, se han establecido en los rodajes de Netflix:

No solamente está prohibido quedarse mirando un compañero del equipo durante más de cinco segundos (lo que se percibe como “repugnante”) sino que tampoco se puede exceder en los abrazos, no se puede flirtear y no se puede ir pidiendo números de teléfono por razones que no sean estrictamente profesionales.

¿Cómo se pasa de “parece ser” y unos “cursos para combatir el acoso” a afirmar que “incluso está prohibido mirar otra persona durante más de cinco segundos”?

Dado que la nota de La Vanguardia no menciona ninguna fuente –léase un testimonio, comunicado o documento interno– me fui a buscarla a The Independent. De donde el redactor anónimo del diario catalán, según propia confesión, había levantado la noticia. Ahí, me dije a mí mismo, seguramente encontraré a ese valiente whistleblower que ha dado un paso al frente para terminar con la dictadura de lo políticamente correcto en una de las compañías de entretenimiento más grandes del mundo.

Este es el titular en el site del diario británico:

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“Miembros de los equipos de rodaje de Netflix ‘tienen prohibido mirarse unos a otros por más de cinco segundos’ debido a enérgicas medidas por el #metoo”.

Digamos, para ser generosos, que el redactor anónimo de La Vanguardia no le dio muchas vueltas al asunto. Pero eso no era lo importante. Lo importante era descubrir cómo sabía Christopher Hooton, editor de Cultura de The Independent, que Netflix había implementado estas ridículas y abusivas normas.

Estos son los tres primeros párrafos de la nota de The Independent (la traducción y las negritas son mías):

Netflix ha inplementado un nuevo curso contra el acoso, como resultado del movimiento #MeToo que ha sacudido Hollywood y ha afectado la producción de su show House of Cards.

Se habrían impuesto nuevas normas que, supuestamente, incluirían no mirar a nadie más de cinco segundos, así como la prohibición de abrazos prolongados, coqueteo y pedir el número de teléfono a un colega de trabajo.

“A todos se nos ha hablado de #MeToo”, dijo un asistente de producción que trabaja en la nueva temporada de Black Mirror a The Sun.

“El personal de alto rango asistió a una reunión sobre acoso para enterarse de qué es apropiado y qué no. Mirar a alguien por más de cinco segundos se considera creepy“.

“No debes preguntar por el teléfono de nadie a menos que esa persona haya dado permiso de que su número sea distribuido. Y si ves algún comportamiento inadecuado, debes reportarlo de inmediato”

“La situación ha generado bromas en las que personas se miran unos a otros contando hasta cinco y luego desvían la mirada”

Habrían.

Supuestamente.

¿Cómo se pasa de “habrían” y “supuestamente” a titular “Miembros de los equipos de rodaje de Netflix ‘tienen prohibido mirarse unos a otros por más de cinco segundos'”, cita textual entrecomillada incluida?

The Independent, de forma similar a La Vanguardia, dirige al lector a otro medio cuando toca atribuir la fuente. Esta vez, el link nos conduce al site del tabloide británico The Sun.

Esta es la nota de The Sun a la que hace referencia Hooton:

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Convengamos en que, fiel al estilo de The Sun, el titular al menos tiene algo de gracia: un juego de palabras con una sílaba del nombre de la compañía, “flix”, y la interjección inglesa “fuck” para empezar. Por lo demás, una cita textual (enmarcada en comillas simples) que indica que “se ha prohibido mirar fijamente, coquetear y dar abrazos”. Normas que a juicio del redactor del titular son “delirantes” (barmy).

¿Qué más dice la nota de Stephen Moyes (quédense por un momento con ese nombre, ya volveré a él)? ¿Nos revela Moyes algo más de su fuente, algún detalle extra que nos invite a confiar en lo que afirma? ¿De dónde viene, en última instancia, la “información” difundida por varios sites noticiosos en inglés y medios en español como 20 Minutos, El Periódico, Clarín o el portal cinematográfico Sensacine, la “información” que hizo que incluso el influyente periodista mexicano Joaquín López Doriga mostrara su extrañeza por las “nuevas normas” de Netflix ante sus casi 8 millones de seguidores en Twitter?

Así comienza el artículo en The Sun (la traducción es mía):

Netflix ha prohibido a los miembros de sus equipos de rodaje mirar a alguien por más de cinco segundos con unas reglas delirantes.

Otras de estas normas incluyen no pedir los teléfonos de compañeros de trabajo y exhortar al personal que sienta que está siendo incordiado: ¡Detente! ¡No lo vuelvas a hacer!

El resto del artículo no dice nada que no se hayan encargado ya de repetir The Independent, La Vanguardia y demás. En resumen:

  • Prohibido mirar a la gente más de cinco segundos.
  • No dar abrazos prolongados.
  • Si te sientes acosado, debes gritar: ¡Detente! ¡No lo vuelvas a hacer!
  • No se debe pedir el teléfono de un compañero de trabajo a menos que esa persona haya autorizado que se haga público su número.
  • Reportar los comportamientos inadecuados o no consentidos.
  • El personal de alto nivel ha debido asistir a reuniones sobre acoso.

¿Explica el periodista Stephen Moyes de dónde procede la información? No. Moyes zanja la cuestión con un escueto “an on-set runner said”. Léase, “dijo un asistente de producción”. Y ya.

La nota va ilustrada con dos imágenes. La primera es una imagen de stock atribuida a la agencia Associated Press:

Screen Shot 2018-06-15 at 4.57.44 PM.png

Ojo a ese pie de foto: “Aparentemente a algunos trabajadores de Netflix se les ha pedido que asistan a reuniones sobre acoso”.

Aparentemente.

La segunda imagen es esta, una especie de cartel o panfleto con las supuestas “nuevas normas”:

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¿Es ese supuesto cartel o panfleto un documento interno de Netflix? ¿Es esa la prueba de las “normas delirantes” impuestas por la compañía?

No. Es una imagen armada por un diseñador del diario en base a la información proveniente de ese supuesto “asistente de producción. ¿Cómo lo sé? Primero, porque Moyes no hace alusión alguna al cartel en su nota. Es más, a diferencia de la otra imagen, esta no lleva ni siquiera pie de foto. Pero, además, si uno descarga la imagen de la web de The Sun, podrá ver que el archivo lleva el siguiente nombre: jh-composite-graphic-p11-netflix.jpg. Composite. O sea, una imagen compuesta a partir de distintos materiales.

Lo que sí dice el artículo de Stephen Moyes es qué respondieron en Netflix cuando se les preguntó por las supuestas normas y talleres sobre acoso. En un comunicado oficial la compañía dijo:

Estamos orgullosos de los cursos contra el acoso que ofrecemos en nuestras producciones. Queremos que todos nuestros rodajes sean espacios de trabajo seguros y de respeto. Creemos que los recursos que ofrecemos empoderan a las personas en nuestros sets para que alcen la voz, y no deben ser trivializados.

El comunicado no dice nada específico sobre las supuestas normas que prohiben miradas o abrazos prolongados. Pero en otro artículo, este publicado por el site Quartz, la periodista Leah Fessler contacta a una representante de Netflix para preguntar si “en realidad habían instituido una regla de no mirar fijamente por más de cinco segundos”. La representante, por supuesto, respondió que esa regla no existe, pero “la recomendación fue discutida en una de las sesiones de un taller contra el acoso”.

Los invito a hacer un experimento. Levanten la vista de la pantalla donde están leyendo esto y miren fijamente, contando hasta cinco en la cabeza, a la primera persona que tengan delante. No sé si serán acusados de acoso, pero es probable que hagan pasar a esa persona un momento incómodo.

¿Es una locura que una empresa que ha debido lidiar hace poco con un serio escándalo de acoso protagonizado por uno de sus más conocidos colaboradores sugiera a sus trabajadores, en el marco de otras recomendaciones, evitar a otros colegas esa incomodidad?

A fin de cuentas, todo este artículo podría resumirse así:

–¿Tienen constancia Stephen Moyes, Christopher Hooton o el redactor anónimo de La Vanguardia de que Netflix haya prohibido mirarse por más de cinco segundos o abrazarse a su colaboradores? No.

–¿Afirma la única fuente anónima mencionada, “un asistente de producción”, que Netflix haya impuesto esas supuestas normas? No.

En realidad, si uno lee con atención lo que Moyes dice que su fuente dijo, en citas textuales, es:

“Se nos habló a todos sobre #MeToo”

“El personal de alto rango asistió a una reunión sobre acoso para enterarse de qué es apropiado y qué no. Mirar a alguien por más de cinco segundos se considera creepy“.

–¿Significa eso que Netflix ha instaurado normas que prohiben a sus trabajadores mirarse los unos a los otros por más de cinco segundos? No

Entonces, ¿por qué The Sun, The Independent, La Vanguardía y cía escriben artículos donde afirman lo contrario?

Bueno, se llama clickbait, amarillismo, fake news, y lo he discutido in extenso en distintos artículos de este blog.

De hecho, el periodista de The Sun y artífice principal de este falso drama, Stephen Moyes, es todo un experto en la materia.

Aquí Moyes y su colega Alex Diaz aseguraban que había una campaña de activistas anti-armas de fuego para que el extremo del Manchester City Raheem Sterling fuera separado de la selección de fútbol inglesa debido a un tatuaje de un rifle M16 que el futbolista luce en la pierna derecha:

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El único testimonio contra el jugador, además de un par de tuits, era el de Lucy Cope, responsable de una pequeña organización (no cuenta ni siquiera con página web) llamada Mothers Against Guns (Madres Contras las Armas de Fuego), quien decía que “el tatuaje es repugnante” y que Sterling debía ser apartado de la Copa del Mundo a menos que se lo retirara.

¿Puede afirmarse a partir de ese único pedido que hay una campaña para que Sterling fuera apartado de la selección menos de un mes antes del Mundial de Rusia? No. Pero qué más da.

Aquí pueden disfrutar de otro de los grandes éxitos del periodista Stephen Moyes:

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“La mansión de Adele está ‘embrujada'”. Imagino que no hace falta que prosiga.

Bueno, ese es el autor y ese es el medio que afirmaban hace un par de días que Netflix había prohibido los abrazos y las miradas prolongadas a sus trabajadores por culpa del #MeToo.

Sí, claro.

ACTUALIZACIÓN

Mientras escribía este artículo intenté contactar con los periodistas cuyas notas dieron origen a ese sinfín de artículos clonados que convencieron a parte de la audiencia de redes sociales de que Netflix estaba imponiendo unas ridículas normas de conducta en sus rodajes.

Por suerte, uno de ellos me respondió. Le escribí a Christopher Hooton, editor de Cultura de The Independent, el día 15 a través de un mensaje directo de Twitter, en el que le decía que tenía algunas dudas sobre su artículo y me gustaría hacerle algunas preguntas.

Hooton me contestó horas después, amablemente, pero diciéndome que el reporte original venía de The Sun, “así que no sé cuánto podré ayudarte”.

Mis preguntas eran muy simples:

  • –Entonces, ¿no chequeaste la información, tan solo te limitaste a citar el artículo de The Sun?
  • –La nota de The Sun era bastante sospechosa, ¿no te parece? ¿Por qué reproducirla sin el procedimiento de verificación necesario?

Hooton, en un mensaje posterior, me dijo que pidió a Netflix que refutaran el reporte de The Sun, pero “se negaron a hacerlo, y en su lugar emitieron un comunicado donde defendían sus cursos contra el acoso”.

A lo que yo repliqué:

Pero “cursos contra el acoso” no es lo mismo que “Miembros de los equipos de rodaje de Netflix ‘tienen prohibido mirarse unos a otros por más de cinco segundos’ debido a enérgicas medidas por el #metoo”, que es como iba titulada tu nota. Aun así, ¿sigues respaldando lo que escribiste?

En su último mensaje, la mañana del lunes 18 de junio, Hooton respondió:

Sí. En la nota se enfatizaba que estaba basado en la información de otro artículo y se le dio a Netflix la oportunidad de responder, se les pidió que refutaran lo dicho sobre esas técnicas específicas y se negaron a hacerlo. Gracias.

La razón por la que insistí con Hooton es porque no se trata de un mero redactor atado a una silla, con la mirada clavada en su newsfeed o una pantalla de televisión, que poco puede hacer ante las exigencias de tráfico y artículos virales de sus superiores. No es que un redactor no tenga responsabilidad por aquello que escribe, pero sí es cierto, como saben quienes han trabajado en una redacción, que la responsabilidad exigible a un redactor –así como su poder de decisión– no es igual a la que pesa sobre los hombros de un editor.

Hooton, como señala la página web de The Independent, es editor de Cultura del diario.

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Pese a ello, opina que basta con una llamada a la parte afectada y una respuesta negativa ante la pregunta planteada, para publicar un artículo completamente basado en un único y confuso testimonio de una fuente que él mismo desconoce.

¿Tiene constancia Hooton de que Netflix ha impuesto las normas que señala en su artículo? No, ninguna. ¿Le consta que The Sun, el medio al que cita, haya verificado ese confuso testimonio que, como ya expliqué, en realidad no afirma lo que su titular grita con tono acusatorio? No, tampoco. ¿Es lo mismo realizar cursos contra el acoso en los que se discute sobre qué es apropiado y qué no en el ambiente laboral que imponer normas ridículas como “prohibir abrazos o miradas de más de cinco segundos”? Evidentemente no. ¿Basta que Netflix se niegue a responder sobre un detalle concreto de esa acusación para lanzarse a afirmar lo contrario en un artículo? No, por supuesto que no.

Entonces, ¿por qué si ni The Independent ni The Sun disponen de evidencia alguna para respaldar sus acusaciones, siguieron adelante con esos artículos aun cuando Netflix explicó en el comunicado que no estaban más que realizando talleres contra el acoso?

Porque para esos medios, al parecer, contar que una gigantesca compañía internacional que recientemente ha debido enfrentar un escándalo de acoso se toma en serio el asunto, busca prevenir futuros daños y mejorar la convivencia entre sus colaboradores no es noticia suficiente. Aunque sea verdad. Porque, ya conocen el dicho, que la realidad no te estropee un buen titular. Aunque sea mentira.

La entrevista imaginaria como género periodístico

Me pone sobre alerta Daniel Alarcón, escritor y productor ejecutivo del, a mi juicio, mejor podcast narrativo en habla hispana, Radio Ambulante. La mañana del miércoles 23 de mayo, Daniel me taggea en un tuit, dirigiéndome a otro publicado por el periodista argentino Sebastián Volterri el día anterior, martes 22 de mayo:

En su tuit, que acumula unos 5000 retuits y más de 19000 likes, Volterri colocaba una portada de la revista española Diez Minutos en la que se anuncia una “Entrevista imaginaria” con la entonces princesa Letizia, hoy reina de España. En la misma portada, Diez Minutos explica así su exclusiva (la negrita es mía):

recreamos con datos contrastados y testimonios fiables la conversación que podría haber tenido con nuestra revista.

La curiosidad me hizo buscar más información al respecto. No tardé mucho en dar con la dichosa entrevista. La nota, que va sin firma, lleva la confesión de parte en la introducción (la negrita es mía):

Igual que los hijos llegan sin manual de instrucciones, la periodista Letizia Ortiz Rocasolano –hija de padres separados, hermana mayor, divorciada de un profesor de lengua, atea, antitaurina, fumadora ocasional, leal amiga de sus amigos, seductora y autoritaria, profesional y familiar a partes gemelas– llegó al oficio de Princesa sin una clase magistral previa ni libro de ayuda alguno.

La única asignatura que llevaba en su currículum para casarse con un Príncipe fue la del corazón, y la tenía aprobada con matrícula de honor. Una década después, mucho ha aprendido aquella rubia interesante de 31 años a base de trabajo, sinsabores, disciplina y más amor. Pasó de hablar como comunicadora a callar; de mirar a ser vista; de opinar a ser criticada; de preguntar a no responder.

Pero en un ejercicio de osadía, nos hemos lanzado a entrevistar a la Princesa de manera figurada. Porque sabemos tanto de ella a través de terceros, medios de comunicación y testimonios directos que nos atrevemos a suponer lo que nos contestaría si tuviéramos un café (para ella té) y una grabadora delante.

Ejercicio de osadía.

Nos atrevemos a suponer lo que nos contestaría.

La portada y entrevista de Diez Minutos no son nuevas. Fueron publicadas en mayo de 2014. Tampoco es nuevo el revuelo que despertó la “osadía”, por llamarla de alguna forma, de Diez Minutos. Ni las bromas a su costa:

Osadía o desfachatez, y más allá de los chistes, la entrevista no pasó desapercibida para la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE). Tras recibir una queja del Colegio de Periodistas de Murcia, en junio de 2014 la FAPE puso a trabajar a su Comisión de Arbitraje, Quejas y Deontología. Un mes después, el organismo emitió una resolución en la que señalaba (la negrita es mía):

Por lo expuesto, desde la defensa de la libertad de expresión, así como de la necesidad de velar por la calidad y credibilidad del periodismo y a partir de que la primera exigencia del periodismo es el respeto a la verdad, sin tergiversación o deformación, no nos hallamos ante una buena práctica periodística, pues el método de esta entrevista imaginaria, no tiene la misma garantía de veracidad que una entrevista real con la persona concernida. Además puede también afectar al derecho a la intimidad y la propia imagen, a la que la persona presuntamente entrevistada tiene derecho, aunque sea un personaje público.

Obviemos por un momento el tono burocrático y los excesos eufemísticos de la Comisión. Aunque no puedo sino enarcar una ceja y dejar escapar una sonrisa ante ese “el método de esta entrevista imaginaria, no tiene la misma garantía de veracidad que una entrevista real”.

Uno pensaría que no hace falta la movilización de un colegio regional de periodistas, la federación nacional que lo acoge y una comisión de deontología para llegar a esa conclusión o para dictaminar que “no nos hallamos ante una buena práctica periodística”. Pero la realidad, siempre tozuda y dispuesta a callarnos la boca, demuestra que sí hace falta. Que nunca es ni será suficiente. Que cuando se trata de faltas periodísticas ninguna advertencia o condena es excesiva.

Por mucho que nos indignemos y burlemos en redes sociales, por muchas bromas que hagamos a su costa, la entrevista imaginaria es una práctica más común de lo que uno, perdón, imagina.

Mientras leía los pormenores de la falsa entrevista con la ahora reina Letizia, recordé otros tres casos emblemáticos de entrevistadores con debilidad por la fabulación. Estos sí con nombre y apellido, no anónimos como en el caso de Diez Minutos.

Nahuel Maciel

A principios de los años 90, el periodista Nahuel Maciel hizo fama en el suplemento cultural del diario argentino El Cronista Comercial, donde publicó extensas entrevistas con autores como Gabriel García Márquez, Carl Sagan, Umberto Eco, Mario Vargas Llosa y Juan Carlos Onetti.

Su fecunda y ficticia relación con el primero dio incluso pie a un libro titulado Elogio de la utopía, firmado por el propio Maciel y García Márquez, que además llevaba un prólogo de Eduardo Galeano. Todo era mentira. Las conversaciones entre los dos autores que conformaban el libro, el prólogo de Galeano y hasta la carta que supuestamente le había enviado el escritor colombiano a Maciel y que este leyó en la presentación del libro durante la Feria del Libro de Buenos Aires celebrada en abril de 1992.

El periodista Eliezer Budasoff, hoy editor de The New York Times en Español, rastreó a Maciel y escribió un perfil sobre él en 2011, que le valió el premio Nuevas Plumas.

Tommaso Debenedetti

En febrero de 2010, el suplemento Il Venerdi del diario italiano La Repubblica traía una entrevista con el escritor americano, fallecido hoy miércoles 23 de mayo de 2018, Philip Roth. Durante la conversación, la periodista Paola Zanuttini le preguntaba al novelista americano “¿Está decepcionado con Barack Obama? En una entrevista con un periódico italiano, Libero, indica que incluso le resulta antipático, así como ineficiente y adormecido en los mecanismos del poder”. A lo que Roth le responde que nunca ha dicho eso, que de hecho opina todo lo contrario y que nunca ha hablado con ese diario.

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Portada de Il Venerdì, 26 de febrero 2010

Roth no se quedó contento con desmentir las declaraciones falsas que se le atribuían. Sino que empezó él mismo a tirar del hilo de la mentira. Primero dio con el nombre del periodista que decía haberlo entrevistado: Tomasso Debenedetti. Y de ahí, tras una breve búsqueda online, se topó con una entrevista a otro autor norteamericano escrita por Debenedetti. La víctima, esta vez, era John Grisham.

La entrevista había sido publicada por tres medios italianos distintos: Il Resto del Carlino, La Nazione e Il GiornoY, al igual que en la supuesta conversación que había mantenido con Roth, Debenedetti ponía en boca de Grisham una crítica al entonces presidente norteamericano: “El entusiasmo del año pasado queda ya lejano. La gente está molesta con Obama por haber hecho poco o nada y por haber prometido demasiado”.

Todo esto lo cuenta la periodista Judith Thurman en una pequeña pieza que escribió para The New Yorker en abril de 2010. Thurman dio luego seguimiento al caso y encontró más entrevistas fraguadas por Debenedetti. La lista del prolífico falsificador italiano es tan larga como ambiciosa e incluye los nombres de los siguientes escritores: Gore Vidal, Toni Morrison, E. L. Doctorow, Gunter Grass, Nadine Gordimer, Jean-Marie Gustave Le Clézio, Herta Müller, A. B. Yehoshua, Scott Turow, V. S. Naipaul, José Saramago, J. M. Coetzee, Elie Wiesel y Noam Chomski. A los que, además, hay que sumar un puñado de personalidades como el Dalai Lama, Lech Walesa, Mijaíl Gorbachov y Joseph Ratzinger.

En junio de 2010, el entonces corresponsal del diario El País en Roma, Miguel Mora, consiguió entrevistar y hacer confesar a un nada arrepentido Debenedetti, quien declaraba: “Me gusta ser el campeón italiano de la mentira. Creo que he inventado un género nuevo y espero poder publicar nuevos falsos en mi web, y la colección en un libro. Por supuesto, con prólogo de Philip Roth”. Por supuesto, como vamos viendo, Debenedetti no inventó nada más que los encuentros y respuestas de sus supuestos entrevistados.

Ximena Marín

El 26 de julio de 2017, el diario chileno La Tercera publicaba en su página web una nota titulada “Las entrevistas que no debimos publicar”. En ella el diario explicaba que dos días antes había publicado una entrevista con el ex presidente español José Luís Rodríguez Zapatero escrita por la periodista Ximena Marín que, según la oficina de prensa del ex presidente, no se había “producido, ni presencialmente ni por ningún otro medio”.

Según la misma nota de La Tercera, un mes antes, el 26 de junio, el diario había publicado otra entrevista falsa de la misma autora con un ex mandatario extranjero. Esta vez el ex presidente colombiano Álvaro Uribe. Para confeccionar sus entrevistas, según el periódico, la periodista Marín…

…seleccionó intervenciones públicas de dirigentes políticos españoles y las convirtió en entrevistas; recogió citas de ruedas de prensa y las presentó como conversaciones exclusivas; utilizó entrevistas radiales sin citarlas e incluso construyó supuestas entrevistas con declaraciones de terceras personas.

El 30 de agosto del mismo año, la periodista Andrea Moletto, de The Clinic, medio que dio amplia cobertura al caso, publicó una estrambótica entrevista con Ximena Marín en la que esta afirmaba, de forma muy poco convincente, que “es la primera vez que hago una cosa así”.

A diferencia de Diez Minutos –que pese a todo dejaba clara desde la portada la naturaleza ilegítima de la entrevista con Letizia–, Maciel, Debenedetti y Marín publicaron sus trabajos con la intención de engañar tanto a sus empleadores como lectores. Podría decirse que Diez Minutos, con su desfachatado alarde de transparencia, fue el único que quizá innovó en el arte de la entrevista falsa. Habrá que ver quién es el próximo en perennizar este viejo género pseudoperiodístico.

ADENDA

Me recuerda en Twitter el periodista David Hidalgo, director fundador de Ojo Público, que el conocido escritor peruano Abraham Valdelomar publicó una entrevista con el Señor de los Milagros, la famosa imagen de Jesucristo que veneran muchos fieles católicos en Perú y que sale en procesión cada año durante el mes de octubre.

La entrevista se publicó en el diario La Prensa el 20 de octubre de 1915, bajo el título Reportaje al Señor de los Milagros e iba firmada con el seudónimo habitual de Valdelomar, El Conde de Lemos. A continuación, un fragmento:

Yo vengo a Ti, Señor, porque tu sombra me conforta y enaltece. Soy un pobre creyente sin pretensiones y además, soy suscriptor de “La Unión”. Jamás he hecho contra ti campaña alguna. Soy ignorante y sin embargo, creo que Juliano el Apóstata no jugaba limpio contigo…

El lienzo se mueve ligeramente y una voz dulcísima se pronuncia:

– Te agradezco mucho. ¿Qué quieres?

– Dos cosas, Señor: ser tu cicerone y que me des un reportaje.

– Habla.

– Pues bien, Señor: ¿No te molestan estos cánticos chillones? Estas viejas que gritan. Tú, acostumbrado a la música celestial y a los coros de los Serafines… pero resígnate. Peor sería que trajeran a “la Chispita” ¡Ay! Eso es de correr…

– Doblemos esa foja…

– Doblada

– ¿Quién eres tú?

– Soy periodista, Señor y billinghurista..

– ¡Unn! ¡Periodista!. Gente nueva. En mi tiempo no había periodistas.

– Por eso te crucificaron sin protesta. Ya hubiera habido en Judea un diario de oposición para ver las cosas que le dijera San Pedro a Pilatos…

Como entenderá cualquier lector atento y con sentido del humor, la “entrevista” de Valdelomar era una broma de inicio a fin y no tenía intención de engañar a nadie. Pueden leerla completa aquí.

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Abraham Valdelomar, retratado por Martín Chambi

ADENDA

A través de un tuit, el periodista Eduardo Suárez me dirige a otra “innovación” del género:

En esta ocasión, la entrevista imaginada es un diálogo entre Barack Obama y John F. Kennedy, obra del periodista Enric González. Para quienes no lo conocen, González es uno de los periodistas más admirados, con razón, por sus colegas en España. Fue durante años corresponsal del diario El País en distintas ciudades. Primero en Londres, luego en Nueva York y Roma.

Esas estancias produjeron tres libros de memorias –a los que habría que sumar un cuarto Historias del calcio (recopilación de la columna sobre el torneo italiano de fútbol que escribió semana a semana durante cuatro años)– que se encuentran entre los mejores libros escritos por un periodista español durante los años 2000 (Historias de Londres es originalmente de 1999 pero su primera edición, a cargo de Península, desapareció de las librerías rápidamente y el libro era imposible de encontrar hasta que fue reeditado por RBA en 2007).

Desde 2013, González es columnista en el diario El Mundo y colaborador habitual de la revista digital Jot Down, empresa con la que también ha publicado un par de libros. Memorias líquidas, una memoir de su formación periodística, y Cada mesa un Vietnam, una antología de textos sobre el oficio en la que incluye a autores como Leila Guerriero, Martín Caparrós, Miguel Ángel Bastenier, Mónica G. Prieto, Manuel Jabois, Rosa Montero o Jordi Pérez Colomé.

La conversación imaginada entre Obama y Kennedy formaba parte de un especial del diario El Mundo publicado en 2013 con motivo del 50º aniversario del asesinato de JFK.

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Fotomontaje de El Mundo

¿Por qué González, un periodista experimentado y, sin duda, una de las cabezas más brillantes del periodismo español contemporáneo, llegó a pensar que este diálogo de aquí abajo es una buena idea?

Obama.— ¿Señor presidente? ¿Señor Kennedy? ¿Está aquí?

Kennedy.— Estoy, estoy. Pero no me llames señor. Ya eres más viejo que yo: tienes 52 años, y yo me quedé para siempre en los 46. Mejor nos tuteamos.

O.— Sí, señor. Sí, Jack. Quería preguntarte algo que tal vez te parezca estúpido. ¿Crees que mi presidencia será considerada un fracaso?

K.— Oh, otra vez. Todos preguntáis lo mismo. ¿Quieres la verdad? La mayoría de los presidentes fracasan. Salvaría a Reagan, porque era simpático y tenía suerte, y a Clinton, un patán muy listo y muy cínico. A ti, francamente, te veo por debajo de la media. Pero no sufras, pasaste a la Historia el mismo día de tu elección. ¡El primer presidente negro! Con eso te vale.

La verdad que se me escapa.

¿Qué necesidad puede tener un columnista reconocido, al que no le faltan espacios donde exponer su opinión, de poner en boca de un muerto ilustre aseveraciones o ideas que, no hace falta imaginar demasiado, son probablemente las suyas? Un breve ejemplo (las negritas son del original):

O.— Vale, vale. Oye, me quedan tres años de presidencia. ¿Qué me aconsejas?

K.— Identifica correctamente a tus enemigos. Supongo que el 11 de septiembre os marcó de forma profunda, pero Al Qaeda nunca fue y nunca podrá ser el principal enemigo de Estados Unidos. Ya mataste a Osama Bin Laden. Ya has cumplido. Mira, heredaste un déficit monstruoso y has conseguido aumentarlo. Sí, ya sé, la crisis. Pero China, que es el auténtico enemigo, es quien financia ese déficit y te tiene amarrado por los huevos. Te pasas la vida haciendo reverencias ante los chinos, mientras ellos te comen terreno pasito a pasito. Sé firme, pon las cuentas en orden y convence a los americanos de que Estados Unidos es aún la gran potencia y el bastión de la libertad.

O.— Hablas como si fueras del Tea Party.

K.— Están zumbados, pero tienen algo de razón. Querías un consejo y te lo he dado. Aún te daré otro, aún más importante: nunca uses un coche descapotable.

De verdad, ni idea.

Como bien dice Eduardo Suárez en otro tuit:

El periodismo de mentira de Hildebrandt en sus trece

En más de una ocasión he escrito y dicho en público lo ridículo que resulta que el periodista César Hildebrandt sea considerado una suerte de tótem del periodismo peruano. Un ejemplo a seguir para los jóvenes periodistas de la alicaída prensa nacional. Su semanario, Hildebrandt en sus trece, una especie de faro en la penumbra, cuyas iluminadoras investigaciones cuentan lo que otros medios callan.

Sí, claro.

Cada vez que alguien me ha preguntado por qué afirmo eso, ya sea en redes sociales, una conversación entre colegas o incluso en una charla con estudiantes a la que he sido invitado, he respondido siempre lo mismo: porque sé, a ciencia cierta, que Hildebrandt en sus trece publica mentiras. No solo eso, publica mentiras que saben que son mentiras. Y sus periodistas no realizan el más mínimo esfuerzo por verificarlas.

¿Cómo lo sé? Porque algunas de esas mentiras se han referido a mí y a mi trabajo.

Voy a centrarme únicamente en la última. Pero aportaré antes un poco de contexto.

El 17 de enero de 2017, el reportero de Hildebrandt en sus trece Eloy Marchán publicó este tuit en su cuenta:

A los pocos minutos de publicado, recibí varias llamadas, emails y mensajes de amigos periodistas, más de uno empleado del Grupo El Comercio, incluso un par de miembros del directorio (sí, el mismo directorio con que supuestamente había tenido un incidente). Todos me preguntaban lo mismo: ¿qué ha ocurrido?

A todos respondí lo mismo. Nada. No ha ocurrido nada.

Al día siguiente, Marchán volvió a hablar de mí:

Es más, cuando otra periodista, Paola Miglio, actual crítico de restaurantes del diario El Comercio y amiga mía, le reclama y le indica que debería verificar sus fuentes, Marchán redobla su apuesta:

La obsesión de Marchán duró hasta una semana después, cuando publiqué mi columna de despedida en Perú21:

En su nuevo tuit, mi supuesto despido ya no estaba relacionado con un “incidente con el directorio”, sino que era consecuencia de “caída de ventas”, la contratación de “polémico colombiano” y ser “problemático.

Por supuesto, Marchán jamás me llamó o escribió para consultar al respecto. Ya estoy acostumbrado a que mis colegas periodistas escriban sobre mi trabajo y sobre casi cualquier otro asunto sin molestarse en obtener la versión del agraviado [lastimosamente el post original en el blog de la redacción de Perú21 parece haberse perdido].

Hoy viernes 17 de noviembre, la obsesión de Marchán conmigo y Perú21 ha vuelto a aflorar en las páginas de Hildebrandt en sus trece.

En un “reportaje” titulado Crisis en “El Comercio”, donde Marchán elucubra de forma fantástica acerca de las razones detrás de la renuncia de Juan José Garrido a Perú21, el reportero afirma lo siguiente:

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No voy a entrar a desmentir las varias falsedades de Marchán acerca del trabajo de Juan José y el estado de Perú21. Teniendo en cuenta que yo dejé el diario en febrero, no es a mí a quien corresponde hacerlo. Si a alguien le interesa, Juan José ha escrito con detalle en su página de Facebook acerca de los motivos que lo llevaron a irse, tras cuatro años al mando. Entre otras cosas, Juan José dice:

El motivo es simple, y tal vez por ello difícil de entender para algunos: creo que cumplí mi ciclo en el diario, y por eso es que doy un paso al costado. Perú21 es un diario líder por su equipo, estructura, y soporte administrativo, pero sobre todo por su calidad e independencia, y el apoyo incondicional de una familia que muere por protegerla. Mi renuncia no tiene nada que ver ni con una caída en las ventas (que no caen, dicho sea de paso), menos aún por un tema financiero (que está en azul, y aporta considerablemente al grupo), y mucho menos por una desavenencia con la familia Miró Quesada, alguno de sus órganos o alguien relacionado a la gobernancia de la misma (quienes actúan con un respeto por la independencia que es, sencillamente, indiscutible e innegable). Tampoco es una movida al interior del grupo, ni existe una conversación pendiente en otra línea.

Por supuesto, Marchán en ningún momento llamó a Juan José Garrido ni a nadie con conocimiento del asunto dentro de la empresa para verificar su supuesta información. Como no me llamó a mí en enero, ni ahora, al afirmar que me habían despedido.

Si me hubiera llamado, podría haberle explicado, como le expliqué a la redacción y a todos aquellos que se interesaron por mi salida del diario, que nadie me había despedido. Que hacía dos semanas, en una reunión fuera de la oficina, yo le había dicho al entonces director del diario, Juan José Garrido, que tras tres años dedicado a Perú21 quería marcharme.

¿Las razones?

Las que expliqué en el artículo que Marchán llama “estremecedora despedida” en el último tuit que me dedicó a finales de enero. Pueden leerlo aquí, en la página web del diario. Aquí hay una versión ampliada. Se titula No hemos entendido nada. Como este blog, como el libro en que vengo trabajando desde hace casi dos años y que publicaré en breve. Terminaba así, discúlpenme la autocita:

Si me alejo es para intentar comprender, para intentar reducir ese “nada” del título de mi futuro libro y convertirlo con suerte en “algo”; para poner cierta distancia, algo de tiempo y muchas lecturas en el esfuerzo por entender qué estamos haciendo mal, qué debemos rescatar de aquello que hacíamos bien y qué estamos obligados a hacer mejor si no queremos ver nuestro oficio morir de irrelevancia.

Una de las cosas que medios como Hildebrandt en sus trece y periodistas como Eloy Marchán están haciendo mal es mentir. Mentir a conciencia para intentar que la realidad calce como sea en la visión conspiranoica y errada que tienen del periodismo.