Posverdad

Posverdad -pésimo branding, si me preguntan- no es que hoy haya más mentiras que ayer, ni que las mentiras sean más grandes o más ruidosas. Ni siquiera que las mentiras apelen únicamente a nuestras emociones intentando esquivar a nuestro yo racional, que Daniel Kahneman mediante, sabemos ya que es bastante menos racional de lo que nos gustaba pensar.

Posverdad es que hoy, sepultados por la avalancha de información sin contexto que corre en redes sociales (y que los medios idiotas buscan imitar o encauzar sin entender que su trabajo es ser dique y no desagüe), a casi nadie parece interesarle la verdad si esta no encaja con sus prejuicios y/o cuesta más de un par de tweets o un titular leído al vuelo en Facebook.

Lo más triste, para mí al menos, es que ese NADIE incluye a muchos de los que vivimos de ella. O sea, incluye a los periodistas.

Posverdad significa que vivimos en el mundo que han soñado siempre los conspiranoicos, un mundo donde todos somos inmunes a la evidencia que nos pone delante la realidad si esta contradice nuestros prejuicios, ideología, visión del mundo o, incluso, apetencias u odios momentáneos.

Esto es posible porque, contrariamente a lo que pensábamos y esperábamos, Internet y, sobre todo, las redes sociales, no han ensanchado los muros de la arena que como sociedad habíamos construido para albergar la discusión pública. En lugar de ampliarla, la han roto en mil pedazos.

En principio, esto no tiene que ser negativo per se. Un montón de arenas pequeñas conectadas entre sí podrían ser mejores que una gran arena única de muros relativamente estrechos donde unos cuantos deciden qué temas se tocan y cuáles no. Ya saben, la famosa teoría de la prensa y el poder como gatekeepers.

Lo que ocurre es que esa arenitas atomizadas en realidad no están interconectadas, más bien al contrario, los algoritmos de Facebook y Google, que saben perfectamente qué nos gusta y qué no, trabajan a marchas forzadas para ofrecernos solo aquello que ya saben que nos interesa, dejando fuera de los muros de nuestra arenita todo aquello que no queremos ver o que desafía o contradice nuestros gustos y visión del mundo. Y, como lo que Facebook quiere es “conectar al mundo”, nos pone delante a personas que piensan, opinan o tienen gustos similares a nosotros, sabiendo que, como seres humanos, nuestra tendencia natural es a agruparnos con nuestros semejantes y temer al diferente.

Las redes sociales han parado el sueño wiki del “wisdom of crowds”. La horizontalidad colaborativa puede haber servido para darnos la mejor enciclopedia que hayamos conocido, pero eso es posible porque incluso en la horizontalidad wiki existen unas reglas, límites y jerarquía que garantizan, o al menos hacen posible, el éxito del emprendimiento.

Si el objetivo es juntar ladrillos (artículos o contenido) para armar una casa (enciclopedia), la sabiduría de la masa puede bastar para moderar y sacar adelante los cimientos, las paredes y el techo. El problema es que en redes sociales no hay objetivo común alguno y que, si de lo único que se trata es capturar y mantener cautiva nuestra atención con la excusa de conectarnos, la calidad del ladrillo (contenido) da igual.

La jerarquía, esa cosa tan denostada, no ha desaparecido, ahora la dicta el misterioso algoritmo, únicamente interesado en que los usuarios no abandonen nunca sus pequeñas arenas atomizadas. No vaya a ser que debamos enfrentarnos a algo o alguien que nos produzca rechazo, abandonemos la plataforma y no puedan ponernos un aviso pagado más enfrente (“las mejores mentes de mi generación están pensando cómo hacer que la gente de click a anuncios”).

Por eso puede existir la posverdad. Porque cuando una mentira, por ridícula o compleja que sea, se suelta en una de estas arenitas, la arena del costado, que tiene las armas o el interés en desmontarla, no se entera. O si se entera, le parece que ocurre en un país extraño, lejos de la comfortable arenita que hemos levantado con nuestros prejuicios constantemente confirmados, un país lejano donde todos son idiotas porque no piensan como yo y para qué tomarse la molestia siquiera.

La mentira se encuentra así casi siempre solo con suelo fértil, con personas predispuestas de antemano a creerla y que están cada vez más acostumbradas a toparse con contenido amable con sus prejuicios y, por ende, han perdido el dificil y trabajoso hábito de mirar con suspicacia.

El problema principal y lo que define, a mi modo de ver, la posverdad, no es que haya más mentiras, estas se distribuyan más rápido o que con los medios en crisis y desnortados nos hayamos privado de las herramientas para desarticular las mentiras habituales del poder político, el poder económico o de cualquiera que, lejos de la ignorancia, miente interesadamente. Las herramientas existen y, por suerte todavía, hay quien las utiliza.

La cuestión es que hemos desmantelado la arena donde podemos darles uso, donde podemos enfrentarnos a las verdades incómodas que nos vacunen, al menos un poco, contra la mentira interesada.

ACTUALIZACIÓN

El analista de medios y profesor de de periodismo en NYU, Jay Rosen llamaba la atención en Twitter sobre un tuit de la reportera Monica Hesse de The Washington Post:

Hesse decía en su tuit:

Acabo de colgar el teléfono con la tercera lectora del día (todas han sido mujeres) que me dice que nunca escuchó el “agarrarlas del pussy u otras acusaciones contra Trump. “Estás inventándote eso”, me dijo la última y me explicó que escucha Fox todos los días, así que está al día con las noticias”.

Por si no lo recuerdan, el episodio “agarrarlas del pussy fue uno de los momentos más escandalosos de la última campaña presidencial norteamericana. En una grabación se escuchaba al ahora presidente Trump decir:

Sabes, me siento atraído automáticamente a mujeres hermosas. Las empiezo a besar. Es como un imán. Directo a besarlas. No puedo esperar.

(…)

Cuando eres una estrella te dejan hacer. Puedes hacer cualquier cosa…agarrarlas del pussy. Lo que sea.

Cuando se hizo público el audio, a un mes de las elecciones, muchos analistas, periodistas y adversarios políticos pensaron que Trump estaba acabado. Era imposible que el partido republicano, cuya base está conformada en parte por la derecha religiosa conservadora del país, mantuviera el apoyo a un candidato que admitía acosar sexualmente a mujeres. Por supuesto, todos sabemos ya qué ocurrió.

Un año después, la periodista Monica Hesse descubre hablando con lectoras que hay quien no ha escuchado jamás acerca de ese u otros episodios que implican al presidente Trump en agresiones sexuales contra mujeres.

Ante el testimonio de Hesse, el analista Jay Rosen señalaba en su tuit:

Vamos a ser claros sobre esto. La idea misma de “información de dominio público” se encuentra amenazada.

Eso es la posverdad. Encerrados en nuestras arenitas virtuales, nos encontramos muchas veces aislados de la información que puede poner en riesgo o incomodar nuestra visión del mundo.

Como decía líneas arriba:

El problema principal y lo que define, a mi modo de ver, la posverdad, no es que haya más mentiras, estas se distribuyan más rápido o que con los medios en crisis y desnortados nos hayamos privado de las herramientas para desarticular las mentiras habituales del poder político, el poder económico o de cualquiera que, lejos de la ignorancia, miente interesadamente. Las herramientas existen y, por suerte todavía, hay quien las utiliza.

La cuestión es que hemos desmantelado la arena donde podemos darles uso, donde podemos enfrentarnos a las verdades incómodas que nos vacunen, al menos un poco, contra la mentira interesada.

Frida Sofía no estaba ahí o los peligros del periodismo en directo

El 20 de setiembre a las 9.18 de la mañana, veinte horas después de que un terremoto de 7.1 grados remeciera la Ciudad de México, la periodista Danielle Dithurbide conectaba en directo con el set de Televisa Noticias, donde se encontraba el presentador Carlos Loret de Mola.

Dithurbide, conductora de un informativo matutino y directora de información internacional de noticieros Televisa, había llegado la tarde anterior al colegio Enrique Rébsamen, ubicado al sur de la ciudad.

En el momento del terremoto, el 19 de setiembre a las 13.14, Dithurbide se encontraba en las oficinas de Televisa Chapultepec en el corazón de la ciudad, según me dijo en una de nuestras conversaciones telefónicas. Siguiendo el protocolo del canal de noticias 24 horas de Televisa, Foro TV, Dithurbide empezó a transmitir en vivo los detalles de la emergencia junto a otros dos periodistas desde el set.

Sobre las 17.00 de la tarde, luego de casi cuatro horas frente a cámara y de que tomara el relevo la conductora principal de noticias de Televisa, Denise Maerker, Dithurbide subió a una moto que la llevó hasta el colegio Enrique Rébsamen. Uno de los edificios de la escuela había colapsado ante las cámaras horas antes y se creía que había niños y profesores por rescatar.

Dithurbide cuenta que mientras se encontraba al aire en el set, la redacción le iba pasando datos de los lugares donde se habían reportado daños y el nombre de la escuela Rébsamen se le quedó grabado porque las anotaciones indicaban “hay niños atrapados dentro”.

Cuando su jefe le indicó que saliera a reportear desde el terreno, Dithurbide buscó el colegio en Google Maps e indicó al motorizado que la llevara para allá. Este es el trayecto entre los estudios de Televisa y la escuela Rébsamen:

En condiciones normales, a bordo de una moto el camino debe tomar entre veinte y treinta minutos. Según cuenta la periodista, esa tarde tardaron alrededor de una hora porque “todas las calles, todas las avenidas estaban paradas, parecían un gran estacionamiento”. Durante esa hora, desde detrás de la moto la periodista vio “casas derrumbadas, cadenas de remoción de escombros impresionantes, gente caminando como zombies entre los coches, gente con letreros, cartulinas que decían ‘hablo inglés, si necesitas ayuda acércate’, ‘dame ride, no me tengas miedo’, gente muy agresiva, gente muy nerviosa”.

Una vez llegó a la escuela, la periodista empezó a enviar despachos telefónicos desde una tienda cercana porque al principio y debido al caos no consiguió encontrar al camarógrafo que se suponía estaba en la zona y, además, la señal celular era muy débil. Su primer reporte en vivo, en conversación con Maerker, tuvo lugar a las 18.16 de ese martes 19.

Pero no sería sino hasta la mañana siguiente, luego de haber enlazado en directo unas quince veces a lo largo de la noche, que su nombre empezaría a hacerse familiar para todos los mexicanos.

La mañana del jueves 20 a las 9.18, el relato de Dithurbide decía así:

Las imágenes que ustedes están viendo son desde el techo de una de las estructuras de la escuela que se mantiene en pie. Estamos literalmente en la zona cero de esta desgracia y estamos viviendo un momento muy emocionante, Carlos. Te puedo confirmar que están teniendo contacto con una niña con vida, le acaban de pasar una manguera para que pueda tomar agua (…) Está muy alejada de la zona a la que pueden tener acceso hasta el momento los rescatistas pero, bueno, te puedo confirmar que está con vida y que tan solo en unos minutos podremos estar al aire con el rescate de esta pequeñita.

El rescate, pudimos saber casi treinta horas después, no iba a ocurrir nunca. Es más, la pequeñita “no fue una realidad”, en palabras del subsecretario de Marina, el almirante Ángel Enrique Sarmiento.

El jueves 21 a las 14.05 de la tarde, Sarmiento leía ante las cámaras un comunicado que afirmaba que no quedaba ningún niño por rescatar y “que la versión que se sacó con el nombre de una niña, no tenemos conocimiento, nosotros nunca tuvimos conocimiento de esa versión” (sic).

Esto, pese a que tanto él como el almirante José Luis Vergara, Oficial Mayor de la Marina y responsable junto a Sarmiento de las labores de rescate en el colegio Rébsamen, habían repetido lo contrario a las cámaras de distintos medios el día anterior.

Pese a que entre las nueve de la mañana del 20 y las dos de la tarde del 21, la pequeñita había adquirido nombre, Frida Sofía; nombre que fue confirmado, en una entrevista en directo con Milenio TV, por el almirante Vergara a las once de la noche del 20; pese a que se le asignó una edad, entre 12 y 13 años; pese a que se dijo primero que sus padres estaban presentes en la escena, para que luego horas después el secretario de Educación Pública, Aurelio Nuño, dijera lo contrario en directo durante una comunicación telefónica con los periodistas Denise Maerker y Joaquín López Dóriga; pese a que se dijo, en distintas ocasiones, que había sido ubicada por perros de rescate, que un escáner térmicoen realidad dos– había registrado su temperatura corporal, que había respondido con golpecitos, que habían escuchado su voz, sus gemidos y llanto, que se habían comunicado con ella, que había dicho su nombre y que, incluso, había indicado que tenía dos, tres y hasta cinco cuerpos cercanos que ella creía estaban con vida; a que se dijo que ella y los otros niños -dos, tres, cinco- estaban a salvo debajo de una mesa de granito en la oficina de la profesora directora de la escuela; que se le había dado agua, que había hablado con uno o varios rescatistas y hasta con una maestra.

Toda esta información, nombre incluido, fue divulgada o validada, en distintos momentos durante los días 20 y 21, por el almirante José Luis Vergara o por el almirante Sarmiento, responsables del centro de mando, delante de una cámara de televisión o en conversación con periodistas.

Un detalle tangencial, que a muchos ha pasado desapercibido, es que Frida Sofía es también el nombre de la hija de una de las artistas más populares de México.

¿Se acuerdan de ese hit noventero de Alejandra Guzmán llamado Yo te esperaba?

A quien Alejandra Guzmán esperaba cuando compuso esa canción es a su hija Frida Sofía, quien hoy, a los 26 años, convertida en instructora de fitness y chica de portada Playboy, acumula medio millón de seguidores en su cuenta de Instagram y aparece con regularidad en las páginas sociales de los medios mexicanos.

Así que cuando el día 20, fuentes oficiales y periodistas ubicados en la escuela Rébsamen empezaron a repetir que la niña del rescate inminente se llamaba Frida Sofía, el nombre -sonoro de por sí- no tuvo que hacer mucho para clavarse en la memoria del público.

El nombre y todos los otros detalles que fueron surgiendo a lo largo de los dos días fueron además corroborados ante cámaras -y fuera de ellas- por distintos rescatistas, miembros de la Marina o el Ejército y civiles. Algunos de los cuales eran, de hecho, las fuentes originales de la información. Léase, aquellos que habían realizado algún descubrimiento y lo habían comunicado a Vergara y Sarmiento, y que luego declararon por su cuenta a los periodistas. Volveré sobre este punto, fundamental, más adelante.

Luego del desmentido de Sarmiento, y de las disculpas públicas que él y Vergara más tarde ofrecerían también ante cámaras, las redes sociales mexicanas estallaron.

En Twitter y Facebook todos tenemos siempre a mano una antorcha encendida y un trinche afilado para linchar a quien, creemos, ha cometido un error. Yo mismo, periodista y analista de medios, lancé una serie de tuits y estados de Facebook en los que reflexionaba sobre la importancia de dudar de las fuentes oficiales. Dirigiendo las críticas, como casi todos los periodistas cuyos comentarios leí, a los reporteros de Televisa que habían dado cuenta de la historia de Frida Sofía.

Digamos que la Marina y el gobierno mexicano tuvieron suerte de que fuera Televisa -y su querencia por las telenovelas- quien puso en pantalla durante dos días la historia de esa pequeñita inexistente bautizada con el nombre más mexicano que se nos pueda ocurrir.

Solo el odio que despierta Televisa y su siempre cuestionada relación con el gobierno de turno consiguió que pasemos por alto el desastre que fue la gestión de información de los responsables del rescate en el colegio Rébsamen.

Como muestra un botón.

El miércoles 20 a las 14.39, el subsecretario Sarmiento aparece en directo frente a una multitud de cámaras y micrófonos junto a tres rescatistas. Uno de ellos, llamado Juan Ramiro de la Fuente, le explica lo que ha hallado el escáner térmico que opera. “Tenemos dos temperaturas, este que vemos aquí puede ser tórax, o sea órganos vitales. Ahorita confirmados por la doctora de policía federal”, dice De la Fuente. En ese momento interrumpe otro rescatista, vestido de azul y casco amarillo: “Dice que puede ser un cuerpo. Y debe estar con vida, porque la temperatura de todo el entorno es fría y un cuerpo sin vida toma la temperatura del entorno”. Ahí retoma la explicación De la Fuente: “Mi recomendación sería tratar de ver un ángulo distinto, con una cámara, con la intención de asegurarlo al cien, para poder ahora sí utilizar todos los recursos. Tendríamos que volver a entrar al compañero –en este momento, un tercer rescatista a su derecha, con camiseta militar, dice ‘Yo soy’-, tendríamos que volver a entrar para tratar de girar un poco la cámara a ver si pudiéramos ver el tórax y más de la cabeza y de los brazos”. Aquí vuelve a intervenir el segundo rescatista, que dice: “Pero definitivamente es un cuerpo con vida”.

En ese momento, Sarmiento, a quien toda esta explicación iba dirigida (además de a las cámaras de televisión, claro), pregunta: “¿Y gritaron ‘mueve los dedos’?”. Los tres rescatistas asienten y dicen que sí. El tercero, el de la camiseta militar, dice: “Movió y con el escáner logramos detectar. Y después me pasaron la cámara técnica y ya con eso” (sic). Sarmiento aquí pregunta: “¿Físicamente, la ven?” Los rescatistas dicen que no. De la Fuente aclara: “En la parte de movimiento y en la parte térmica está confirmado. En la parte sonora no está confirmado, hay mucho ruido ambiental. Entonces tendríamos pues tratar de tomar una adicional” (sic). El rescatista de la camiseta militar interviene: “Yo creo que hay que girar”. Sarmiento, dirigiéndose a él dice: “¿Quién entraría otra vez? ¿Tú?” El rescatista asiente y un cuarto rescatista con casco blanco detrás de él dice: “Volvería a entrar él, mi almirante”. Sarmiento aquí se dirige a De la Fuente y le dice: “¿Tú también entrarías de nuevo?”. Este responde: “Sí, pero yo entro en la parte exterior. Yo llevo el apoyo técnico con él. Entraría la parte de la Secretaría de Marina, el grupo de rescate es el que entraría con él”. Sarmiento asiente y dice: “Ok, sale. Adelante”.

Aquí pueden ver la escena casi al completo. Ocurre entre el minuto 7:24 y el 8:45:

Un minuto después, Sarmiento declara de nuevo en directo, esta vez ante las cámaras de Milenio TV: “Responde a las señales, le indican que mueva las manos y al menos en el equipo térmico hay movimiento. Físicamente no la ven, pero con el equipo térmico está respondiendo, entonces ahorita lo que van a hacer es corroborar por otro medio que realmente esté la niña ahí y entonces ahora sí meter más equipos para poder sacarla”. Pueden verlo aquí:

Conversé por teléfono con Juan Ramiro de la Fuente, voluntario civil, miembro de Rotary International, unos días después, cuando se encontraba, según me dijo, ayudando en otras labores de rescate en Oaxaca.

De la Fuente tiene 20 años de experiencia en rescate en estructuras colapsadas y opera ese equipo térmico y de ultrasonido, propiedad del Rotary, desde hace unos dos años. Le pregunté si la explicación que vimos por televisión fue en realidad en directo. Es decir, si el subsecretario Sarmiento se enteró al mismo tiempo que todos los televidentes de los hallazgos del equipo que él manejaba. Me dijo que sí.

Es decir, el responsable del centro de mando de la Marina permitió que se le diera una información extremadamente sensible, la posible confirmación de la detección de un sobreviviente, ante las cámaras. Convirtiendo así uno de los momentos claves del supuesto rescate en un espectáculo televisivo.

Si uno ve las imágenes o relee la descripción, puede ver cómo lo que era en principio la detección de una variación de temperatura y cierta cautela de De la Fuente recomendando la confirmación de este hallazgo con un nuevo ingreso de un rescatista en el boquete donde se presume se encuentra la niña, se convierte ante cámaras, en cuestión de segundos, en “un cuerpo vivo” que “mueve los dedos”.

Quise conocer la versión de los dos oficiales de Marina al mando, entender por qué habían permitido que las cámaras presenciaran esta y otras escenas igual de delicadas, y preguntar acerca de la manera en que habían manejado la información que iban recibiendo durante el rescate. Solicité a la oficina de Atención a Medios de la Secretaría de Marina, tanto por teléfono como por email, conversar con el almirante Sarmiento y el almirante Vergara, pero nunca recibí respuesta.

En mi conversación con De la Fuente, le pregunté qué es lo que había podido detectar su equipo, ahora que sabíamos que no había ahí ningún cuerpo con vida en el lugar donde trabajó su escáner. Luego de una compleja explicación, en la que me dijo que “lo que hacen estos equipos son dar probabilidades, porcentajes de aproximación a una hipótesis”, De la Fuente recalcó que su equipo “detectó una temperatura” y “unos sonidos de movimiento”. A continuación, comentó que durante los trabajos tuvieron varios falsos positivos.

Cuando insistí en qué podían haber sido esas temperaturas y movimientos, me dijo: “Muchas cosas, por ejemplo, si tú tienes una entrada de luz a esa zona, por cualquier orificio, esa entrada de luz puede calentar una superficie y eso te lo puede marcar la cámara térmica, si tú tienes un tubo o una lámina o un cable y en la parte exterior está expuesto al sol, como es un conductor puede generar un aumento de temperatura. Esos son los falsos positivos normales en un rescate”.

Sin una multitud de cámaras delante, De la Fuente seguramente habría podido explicarle esto al almirante Sarmiento, quien, a su vez, podría haber tomado con pinzas la delicada información. En una transmisión en vivo y en directo, “unas temperaturas” se convirtieron en pocos segundos en “un cuerpo con vida”.

Tanto Danielle Dithurbide como otros periodistas –Televisa no fue el único medio que desplegó reporteros y cámaras en la escuela Rébsamen y fue dando detalles sobre la niña y su inminente rescate- tienen parte de responsabilidad al haber transformado esta historia en una telenovela en vivo. Pero casi toda esa responsabilidad recae en la espectacularización propia de la televisión en directo antes que en el trabajo individual de uno u otro reportero.

Incluso algunos medios y periodistas que luego se han colgado medallas incurrieron en prácticas cuestionables, presas también ellos de la urgencia del directo. Por ejemplo, hay cierto consenso entre la prensa y el público mexicano en que quienes desbarataron la “farsa” de Frida Sofía fueron Carmen Aristegui y los reporteros de su canal online Aristegui Noticias. Lo cual, en realidad, no es cierto.

Aristegui y su equipo plantearon dudas sobre lo que ocurría en la escuela Rébsamen, alguna de ellas alarmada y alarmante, pero no lograron desbaratar nada porque no llegaron a verificar nada. De hecho, hicieron lo mismo que criticaron a sus colegas de Televisa y otras cadenas: repetir -o amplificar- testimonios ajenos sin hacer esfuerzo alguno para contrastarlos.

Dos ejemplos.

El día 20 las 12.12 del mediodía, Aristegui conectaba por teléfono con su reportera Laura Castellanos, quien desde el colegio Rébsamen le decía:

Es una buena noticia. La maestra Amalia Carrillo de sexto de primaria nos dice que desde hace 40 minutos ubicaron a una niña que movió la mano y la están hidratando, precisamente a través de una de estas camelback, le están dando agua, no saben quién es esta niña, simplemente la tienen ubicada y están en las labores de rescate.

A continuación, Castellanos empieza a dar el reporte de algunas personas que han sido encontradas en el área cuando alguien la interrumpe, a lo que Aristegui replica: “Laura, ¿qué sucedió?” Y Castellanos aclara:

Lo que pasa, me están pidiendo un momento, me acaban de proporcionar la información de la otra persona adulta, cuerpo femenino, me pasaron los datos pero ahorita se está acercando un funcionario de la oficina del Comisionado Nacional de Seguridad y me está…que todavía yo no mencione esta información que directamente me dio la agente del Ministerio Público. Esperamos un momento a que él me precise esta información, Carmen. Bueno, lamentablemente como estoy ahorita en una mesa cargando el celular en la mesa precisamente pensaron que yo era autoridad y ahorita me dieron esa información a mí.

Pueden ver la secuencia entera desde el minuto 4:13:00:

Pero el momento cumbre de la transmisión de Aristegui Noticias llegaría sobre las 13.00 de la tarde del viernes 21 de setiembre, cuando Carmen Aristegui pone en pantalla y conversa, en vivo, con un muchacho llamado Dorian Riva.

Según explica Aristegui, Riva es “un joven traductor alemán que esta mañana acompañó a los brigadistas alemanes y escuchó a un jefe policiaco mexicano que Frida Sofía no existe y que la esperanza de vida es nula, qué tremendo”. Tras la introducción, Aristegui conecta con Riva para que de su testimonio en vivo:

Estaba yo afuera y comenzaron a preguntar por voluntarios que traducieran (sic) alemán para los brigadistas alemanes y entré. En lo que nos daban un casco y todo para, pues para ayudar, me puse a platicar con uno de los encargados de la policía federal, el cual me contó que todo eso de Frida Sofía y que están intentando rescatar gente pues que no es cierto, que solamente están intentando que el edificio no colapse. O sea que hay gente adentro pero que la esperanza de vida que tienen es nula, que ya no se les puede salvar, o sea que es muy difícil, pero pues me dijo que eso de que Frida Sofía está dentro, que ni siquiera existe una Frida Sofía, ni siquiera saben qué nombres hay, ni siquiera saben dónde están, o sea en sí no están intentando salvar gente. simplemente están rescatando el edificio. Y me enseñó una foto de una señora alemana que rescataron hace un rato. Él tiene la foto únicamente, dice que no quiere lucrar con la desgracia de los demás y por eso no va a mandar la foto, pero dijo que rescató una alemana y que ahorita ya no están rescatando gente, que solamente están pues, este, evitando que el edificio colapse.

La periodista, desde el set, replica:

Dorian, lo que nos cuentas es muy fuerte porque efectivamente se ha creado una expectativa nacional sobre esta niña, se han hecho crónicas, informaciones que hablan, y las hemos aquí comentado, citando a los medios que están compartiendo estas crónicas, una serie de informaciones en donde se dice que Frida Sofía, la presunta Frida Sofía, habría pedido ayuda, que la única palabra que había pronunciado era auxilio, que había movido la manita, que la habían hidratado, todo eso que se ha ido diciendo a lo largo de las horas, si no existe una niña Frida Sofía, bueno, pues, se pone en duda la historia misma.

El improvisado traductor insiste:

A mí me dijo que todo eso que se está comunicando desde adentro y que hay gente con ella y con eso, que es mentira. No hay ninguna comunicación desde adentro, y que pues no se sabe si hay gente acompañando a la tal Frida Sofía, no se sabe.

Aristegui comenta la ausencia de padres de Frida Sofía y Riva le dice:

El policía dijo también que no hay ningún papá aquí dentro reclamando niñas o niños, que no hay nadie esperando a sus hijos, y ahí me dijo “si tú fueras papá, a poco no estarías aquí esperando a tu hija, no te moverías de aquí”. Dice que no hay ningún papá aquí y que la directora del colegio Rébsamen está yendo de casa en casa a preguntar si están los papás y los hijos, para saber en verdad quién falta. Porque no saben quién falta, no se sabe cuántas personas hay adentro y no se sabe quiénes son.

Luego de esto, finalmente, Aristegui parece recordar que el trabajo periodístico no se limita a ponerle un micrófono delante a una fuente para que declare sin filtro, por muy explosivo que sea su testimonio, y dice:

Déjame regresar al punto de tu fuente en este momento, Dorian. Volvemos a decir, tú eres un joven que está trabajando en este momento ayudando a los brigadistas alemanes, que han venido a México a ayudar en la tarea estructural y en este trabajo de traductor del alemán tuviste acceso a lo más cercano, precisamente del asunto, estás directamente trabajando con los alemanes en la traducción. Ahí es cuando este diálogo tuyo con un elemento policiaco o militar o… ¿puedes reconocer quién te dijo lo que nos estás diciendo ahora?

El muchacho responde:

No, no me sé su nombre, pero era un miembro de la policía federal, quien acompañaba al encargado de todo esto que está pasando aquí en el colegio Rébsamen. Era el encargado de todo, estaba organizando todo, estaba viendo quién debe entrar y quién no debe entrar, él decía qué se necesita y qué no se necesita, el que me dijo esto iba acompañando a esa persona.

Aristegui aquí -de nuevo, en vivo y en directo- hace las preguntas que algún periodista tendría que haber hecho antes de poner el testimonio en cámara:

Quieres decir que es alguien que lleva mando en la escena de rescate. Perdón que te lo vuelva a preguntar de esta manera, Dorian, ¿cómo es que fraseó las cosas? ¿recuerdas exactamente cómo te lo dijo? ¿por qué empezaron a hablar del tema? ¿cómo se dio la conversación entre tú y esa persona que ahora nos estás compartiendo?

Aquí pueden ver toda la entrevista:

Recapitulemos. Una de las periodistas más prestigiosas y respetadas de México, azote de los poderosos y crítica severa de sus colegas, pone en pantalla, en vivo y en directo, a un muchacho ubicado en una zona de desastre del que no sabe absolutamente nada, tan solo el nombre, para que su testimonio se tumbe la operación de rescate que realiza la Secretaría de Marina. Testimonio que, como el mismo muchacho admite, está basado en lo dicho por un tercero, cuya identidad desconocen tanto el entrevistado como la periodista.

¿Cuál es la diferencia, visto lo ocurrido en la cobertura del rescate en el colegio Enrique Rébsamen, entre el trabajo de Carmen Aristegui y su equipo y el de Danielle Dithurbide o Denise Maerker?  ¿Quién hizo más esfuerzos por verificar los testimonios que ponían en pantalla? ¿De quién podemos decir que intentó conducirse con el mínimo rigor periodístico exigible?

Que Dorian Riva estuviese parcialmente en lo cierto resulta irrelevante. Aristegui, cuando decidió ponerle una cámara y un micrófono delante, no tenía cómo saber que el muchacho no mentía o su relato era cierto.

El periodismo es, sobre todo, un método, un procedimiento. Y aquí el procedimiento, visto lo visto, tuvo el mismo rigor que una tirada de dados en una mesa de casino. Lo que, lastimosamente, es demasiado habitual en el periodismo televisivo que se hace en vivo.

Muchos periodistas y parte del público ven en la transmisión en directo una cima del periodismo. Un error que historias como esta desnudan. Se piensa que es así porque, posmodernos todos, creemos que la información trabajada por un periodista está mediatizada, y esa mediación supone un obstáculo para conocer la verdad. La cámara transmitiendo en directo y el periodista narrando al mismo tiempo lo que nuestros ojos ven serían así el ejemplo más puro de periodismo no contaminado por la subjetividad humana.

Pero, en realidad, es precisamente debido a la mediación, a que un periodista se da el trabajo y se toma el tiempo de verificar, contextualizar y narrar unos hechos que ha presenciado o reconstruido a partir de testimonios ajenos, que el periodismo puede acercarnos a la verdad.

El periodismo en directo es casi un oxímoron. En directo pueden presenciarse y hasta narrarse hechos, pero verificarlos y dotarlos de contexto se hace extremadamente difícil. El directo añade una barrera aun más alta, muchas veces infranqueable, a la de por sí complicada labor de hacer periodismo.

Pese a ello, algunos de los periodistas presentes en la escuela Enrique Rébsamen, entre ellos Dithurbide, lo intentaron. Luego de conversar con ella y contrastar su testimonio con decenas y decenas de horas de transmisión, los reportes de otros periodistas y las declaraciones de las distintas personas que hablaron para la televisión, mi conclusión es que su trabajo estaba condenado al fracaso. No porque confiara en una fuente oficial sin verificar, como muchos criticamos instantánea y alegremente en redes sociales. Sino porque esas fuentes oficiales se encontraban montadas junto con los rescatistas en una montaña rusa de entusiasmo de la que nadie, ni siquiera los periodistas, supo bajarse.

Ese es uno de los peligros del directo: sin tiempo para digerir la información resulta extremadamente difícil, si no imposible, que un periodista haga a un lado las emociones de un rescate que ofrece un envión de esperanza en medio de la tragedia.

En una zona de desastre quien controla todo, incluido el flujo de información, debe ser la autoridad al mando. Los periodistas debemos hacer nuestro trabajo intentando no poner en riesgo las labores de rescate, mucho más importantes que la labor informativa ya que de su éxito depende la vida de personas. Muchas veces, eso supone confiar en la información que nos brinda una fuente oficial. No es una confianza a ciegas, ni mucho menos. Hay formas de verificar de forma suficiente lo que se nos dice sin entorpecer los trabajos.

¿Qué podía hacer un periodista que retransmite en directo cuando alrededor reina el caos y el entusiasmo y la principal fuente de información es oficial? Podía haber buscado las listas de alumnos del colegio. Podía haber insistido en hablar con los supuestos padres que aguardaban el rescate de su hija. Dithurbide me dijo que lo hizo, pero cuando uno de los supuestos padres señalados por el almirante Vergara le pidió respeto, accedió a su pedido y se retiró sin más preguntas.

El problema mayor en el colegio Enrique Rébsamen fue que quien debía controlarlo todo no ejerció ningún tipo de control. Los oficiales al mando no solo no manejaban el flujo de información y recibían datos sensibles -que hubieran tenido que valorar y confirmar en privado- delante de las cámaras. Esa información no solo provenía muchas veces de fuentes civiles sobre las que no tenían ninguna autoridad ni control, sino que, como he explicado ya, la repetían casi de inmediato ellos mismos frente a las cámaras, convirtiéndola así en oficial.

Luego, los rescatistas que habían sido el origen de la información volvían a compartirla ante otras cámaras, sazonando su pequeña pieza con los detalles declarados por otra fuente, haciéndolos suyos sin filtro alguno y acrecentando la bola sin que nadie se percatara ni pisara el freno.

Aquí, por ejemplo, un rescatista que supuestamente ingresó al boquete por donde se buscaba rescatar a Frida Sofía cuenta que “la niña hablaba por teléfono y le mandaba whastapps a la directora”:

Aquí otro indica que escuchó “unas voces muy débiles de una niña, al parecer de nombre Sofía…se le preguntaba su nombre y decía ‘Sofi, Sofi'”:

Aquí un tercero dice que es posible que haya más de un niño “porque se confirmó con cámara termodinámica” (sic):

Y aquí un cuarto señala que “la niña lloraba, pero muy muy muy bajo, en un tono muy bajo. Se siente que está muy desgastada. Se escuchaban lloriqueos. Dos diferentes niños, niños más chicos, más pequeños que ella. Ella se escucha una niña ya…yo no soy experto, pero arriba de 10 años”:

Y aquí Juan Ramiro de la Fuente, el rescatista del Rotary que manejaba el escáner térmico, vuelve a declarar delante de cámaras sobre los “hallazgos” de su equipo. Entre otras cosas, dice que “al momento que generamos la pregunta [a la niña] inmediatamente nos contestó, se comunicó, se escuchaban quejidos en el ultrasonido”:

En esta otra entrevista un oficial del Ejército, que también maneja un escáner térmico, afirma que el aparato les “ha permitido identificar oportunamente” hasta “cinco cuerpos con vida”, cuya “ubicación está perfectamente bien identificada”. Pero además, dice el oficial, hicieron “contacto con una niña, de nombre Sofía, que lloró, y estaban algo desesperados”:

Los picos más altos de ese descontrol informativo ocurrieron la noche del día 20, cuando distintos rescatistas anunciaron a las cámaras que Frida Sofía había sido rescatada:

¿Podemos atribuir todos esos testimonios a la mala fe? ¿Podemos suponer que todas esas personas que dijeron haber detectado, sentido, oído, visto a una inexistente niña debajo de los escombros de un colegio tras un terremoto están mintiendo interesadamente? ¿Podemos argüir que existió un oscuro poder intentando manipular a una población en estado de shock en medio de un desastre nacional?

Sí, claro. De hecho, no son pocos los que lo han hecho. No voy a premiar a los conspiranoicos con links pero Google, Facebook y Youtube están repletos de artículos, columnas, declaraciones y videos en esa línea.  El binomio Gobierno de México y Televisa supone un sueño húmedo para los teóricos de la conspiración.

Pero, como he mostrado, Televisa no fue la única televisora que convirtió esta historia en una telenovela ni todos los rescatistas que salieron a declarar eran agentes de alguna entidad estatal o gubernamental. Por supuesto, cabe la posibilidad de que todos esos marinos, militares, civiles y periodistas estuvieran compinchados para engañar a un país entero pero, la verdad, visto el caos informativo y la cantidad de gente que había en el colegio Enrique Rébsamen, resulta bastante difícil de creer.

Como sabe cualquier aficionado a desmenuzar teorías de la conspiración -y yo me cuento entre ellos- la inmensa mayoría de las veces aquello que queremos atribuir a un cerebro maligno y un aceitado engranaje de manipulación es achacable, en realidad, a la inepcia o el azar. Y, también, a las diversas y complejas maneras que tiene de engañarnos nuestro propio cerebro.

Luego de que la Marina pidiera disculpas y se reafirmara en que Frida Sofía nunca existió, otro rescatista, este llamado Antonio Juárez Valladares, se convirtió en noticia gracias un video de Facebook Live que colgó en su cuenta personal. Júarez Valladares ha eliminado ya el video, pero hay varias copias que sobreviven en Youtube:

Esta es la transcripción de su testimonio, que fue visto por cientos de miles de personas en Facebook, Twitter y Youtube:

Hola, tengo dos minutos para decirles. En verdad, estuve ahí. Cuando empezamos a rascar por la parte de arriba del colegio Rébsamen, encontramos una vocecita de una niña, le pedimos cómo se llamaba y la niña nos respondió ‘Sofía’. Es verdad, hay una niña ahí de nombre Sofía, yo y otros brigadistas estábamos ahí, alrededor de ocho, vino un marino que con su radio y un escáner detectó el calor y nos dijo ‘sí, aquí hay vida’. Empezamos a golpear, la niña nos respondió y le preguntamos ‘Si estás viva, golpea dos veces”, golpeó las dos veces. Le preguntamos “Si estás con más personas, golpea por cada una de esas personas” y nos golpeó tres veces. Con un micrófono especial, un especialista, un topo, le preguntó si estaba con alguien más y se escuchó que estaba con tres personas y estaba debajo de una mesa. Hablé con la maestra, la dueña de esa casa, que es la maestra Mónica y nos dijo que sí, en efecto hay una mesa de granito con polines de metal, que era la mesa principal y que posiblemente los niños, o los adolescentes, habían corrido hacia su casa para salvarse o por algo llegaron ahí. El chiste es que no solamente hay esas cinco personas, no solamente está el nombre de Frida Sofía sino también hay otras personas, aparentemente cinco o cuatro por lo que escuchamos con el sonar, con el infrarrojo, que están en el primer piso. Hoy 21 de setiembre nos han sacado a las cinco de la tarde, la Marina nos retiró, tuvimos una entrevista con medios que no ha salido a televisión diciendo “sí existe una niña llamada Sofía”, estábamos ahí ocho personas inclusive un capitán de la Marina que tuvo comunicación con el almirante y el almirante no se dejó llevar por dudas. Supo de su existencia, aparentemente hicieron una mala maniobra que colapsó la manera en cómo iban a rescatarla, pero al colapsarla se perdió la posibilidad de rescatarla, por eso la están desapareciendo. Muy trucha, que esto no vaya a pasar en otros lugares, que la Marina no vaya a desplazar a los topos y a los civiles, por favor difundan esta información.

En esta secuencia de imágenes, sacada de la transmisión de Televisa del día 19, puede verse a Juárez Valladares en el rescate del colegio Rébsamen. En esta escena, el rescatista, reconocible por el chaleco fucsia que lleva también en su video, ingresa al boquete donde se suponía que se encontraba Frida Sofía, luego sale y pide silencio:

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Al comienzo de mi investigación, tras ver el video de su testimonio y atisbarlo en varios momentos de la transmisión de Televisa y otros medios, intenté ubicar a Antonio Juárez Valladares. Dado que, según averigüé, es payaso y su nombre artístico –ToTo, el payaso loco– es bastante específico, pensé que no sería muy complicado comunicarme con él. Intenté por varios medios pero no obtuve respuesta. Sin mucha esperanza, dejé un mensaje directo a través de su cuenta personal de Facebook.

Durante semanas, Juárez Valladares ni siquiera vio mi mensaje. Hasta que, unos veinte días después, el viernes 13 de octubre por la noche una alerta de Facebook me indicó que el payaso había aceptado y visto mi mensaje. Tras unos minutos, a las 23.25, Juárez Valladares me envió un mensaje de voz. Intercambiamos unos cuantos mensajes de inmediato y acordamos una entrevista para la mañana siguiente.

Charlamos durante una hora y cuarto. Una de las primeras cosas que me dijo y que volvió a recalcar varias veces durante nuestra conversación es que él no es rescatista. El chaleco que llevaba durante las labores del colegio Rébsamen pertenece a Escápate Ecoturismo, una agencia de viajes que busca, según su propia página de Facebook, “fomentar experiencias de turismo que aperturen la visión de cada viajero y generen sensibilidad cultural, ecológica y social en nuestro país y otras latitudes”. Juárez Valladares trabaja con la agencia y participa en sus viajes, donde realizan actividades como “rescatar huevos de tortuga de los desoves”.

En este video de la página de Escápate Ecoturismo se puede ver a Juárez Valladares llevando el chaleco que lo haría reconocible en la zona de desastre del colegio Rébsamen:

https://facebook.com/plugins/video.php?href=https%3A%2F%2Fweb.facebook.com%2FEscapateEcoturismo%2Fvideos%2F728127457371830%2F&show_text=1&width=560

La razón por la que llevó el chaleco durante las labores de rescate, me dijo, fue que “era lo único fosforescente, visible” que tenía. Ocurre que, como el mismo Juárez Valladares me dijo, “en esa situación todas las personas que llevaban algún chaleco se convertían en rescatista. Así tuvieras el chaleco debajo de la almohada, lo sacabas y en la calle automáticamente ya eras un rescatista”.

Luego del terremoto del 19, según su propio relato, Juárez Valladares se quedó en casa escuchando la radio porque “no había internet, no había celular”. Luego de dos horas, un vecino le tocó la puerta, le mostró videos de edificios colapsados en otras zonas de la ciudad que había recorrido caminando de vuelta de la oficina y le dijo que debían ir a ayudar. Juárez Valladares le hizo caso y, según me contó, pasó la tarde colaborando en distintas labores, sacando escombros, alcanzando alimentos, cargando herramientas, hasta que, caída la noche regresó a su casa.

Pese al agotamiento, no consiguió dormir. “Mientras yo estoy durmiendo hay alguien que está ahí debajo de los escombros”, me dijo que pensaba. Así que se levantó, se duchó, volvió a ponerse el chaleco y salió a buscar lugares para seguir ayudando. Pasó por varios pero todos se encontraban ya bien organizados y no necesitaban más manos.

Luego de caminar un rato, sobre las 4.00 de la madrugada, llegó al colegio Rébsamen. Ahí “no sé por qué estaba hecho eso un bunker para entrar, pero adentro era un desmadre, no estaba nada organizado”. Que el acceso estuviera fuertemente resguardado podía deberse a que, horas antes, sobre las 22.00 de la noche, el presidente Enrique Peña Nieto había visitado la escuela:

Las razones de la desorganización dentro de la escuela, bueno, podemos achacarlas al descontrol de las autoridades al mando y el caos general que, como he relatado, dominó esa zona de desastre particular de inicio a fin.

Juárez Valladares, me dijo, logró ingresar ayudando a un voluntario que había traído una olla de tamales y unos recipientes con café. Una vez superados varios retenes, dejó el café y un rescatista le pidió que se quedara a cargo de picos, palas y otras herramientas. Según avanzaba la noche tuvo que aprender qué era un “disco de corte limado”, y que una “maceta” en argot de construcción es una especie de martillo grande de doble cara.

Ya a la mañana, Juárez Valladares entra en contacto con otro rescatista que también ganó fama durante el rescate del colegio Rébsamen. Se le conoció por el apelativo Jorge ‘Houston’ debido al estampado de la sudadera que llevaba:

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En este Moments de Twitter pueden ver más sobre ‘Houston’

Según Juárez Valladares, “si Cantiflas fuera rescatista sería Jorge ‘Houston’, era la representación viva del pueblo mexicano”. Pero los espectadores no pudimos ver ese despliegue de carácter costumbrista que hizo popular a ‘Houston’ entre quienes se encontraban en la zona de desastre. Lo que sí pudimos ver fue cuando el rescatista de la sudadera estampada, a quien los periodistas en la zona describían como “un hombre de complexión delgada, piel blanca y cabello negro”, ingresaba o salía de alguno de los boquetes que se suponía conectaban con el lugar bajo los escombros donde se encontraba Frida Sofía.

De hecho, es a Jorge ‘Houston’ a quien Juárez Valladares está asistiendo cuando lo vemos entrar y salir de un boquete en la secuencia de imágenes varios párrafos arriba. Según me dijo Juárez Valladares, “Jorge era de esas personas que no creen en el gobierno y no quería que ningún marino lo tocara”. Por eso le pidió a él que lo asistiera con la soga y las herramientas cuando entró a buscar a la supuesta sobreviviente que luego conoceríamos como Frida Sofía.

¿Por qué ingresó también Juárez Valladares al boquete? Según su relato:

No había cuerdas de vida profesionales, eran unas cuerdas que aquí les decimos mecates, amarillos, que consigues en cualquier ferretería. No había equipo. Entonces el marino me dice muy cortésmente ‘¿quieres entrar?’, el Jorge ‘Houston’ mientras me está diciendo ‘¡Pásame una cegueta, pásame un polín!’. Pero ya estaba muy adentro, muy adentro. Y cuando le digo sí, yo ya estaba dentro. Me habían empujado. Cuando dije sí, el marino y un topo, que se supone que son los que debían estar ahí, me meten.

No tengo cómo verificar esa parte del relato de Juárez Valladares, la Marina no respondió a mi solicitud y nadie ha sido capaz de ubicar a Jorge ‘Houston’, el “héroe anónimo” de la escuela Enrique Rébsamen. Pese a ello, el testimonio que da del desgobierno y desorganización que reinaban en el rescate del colegio Rébsamen coincide con lo que he podido ir reconstruyendo y que, de hecho, todos pudimos ver a través de la televisión. 

Lo que no coincide, al menos con el consenso general alcanzado tras las declaraciones y disculpas de los almirantes Vergara y Sarmiento, es su aseveración de que en las ruinas del colegio Rébsamen sí había personas vivas. Entre ellas una niña “llamada Frida, que no se llamó Frida, no sé ni por qué le pusieron Frida, se llamaba Sofía y estaba ahí”. Ella y el resto, según Juárez Valladares, habrían sido abandonados a su suerte por la Marina y el gobierno.

Cada vez que le pregunté si seguía pensando lo mismo, si se reafirmaba en lo dicho en su famoso video de Facebook, la voz de Juárez Valladares se quebró, lloró y me dijo que sí. También me dijo que llevaba varios días sin dormir y sentía fiebres.

No soy experto en estrés postraumático ni pretendo diagnosticar a nadie. Solo un profesional en psiquiatría, luego de auscultar a los pacientes, podría afirmar si es el caso. Pero resulta útil ver los varios testimonios de los rescatistas -Juárez Valladares incluido-, que afirmaron durante dos días que habían visto, oído o percibido a una niña, a la luz de lo que sabemos ocurre con la memoria y el proceso de formación de recuerdos cuando nos enfrentamos a situaciones de estrés elevado.

Según explica el doctor Bessel van der Kolk en su libro The Body Keeps the Score: Brain, Mind, and Body in the Healing of Trauma, “enfrentados al horror, este sistema [de formación de memoria] se ve abrumado y se quiebra”. En estudios donde han replicado en laboratorio las condiciones que producen experiencias traumáticas, se ha descubierto que…

…cuando se reactivan rastros de los sonidos, imágenes y sensaciones originales, el lóbulo frontal se apaga, incluyendo la región necesaria para poner nuestros sentimientos en palabras, la región que crea nuestra sensación de ubicación temporal, y el tálamo, que integra la data en bruto de nuestras emociones. En este punto, el cerebro emocional, que no se encuentra bajo nuestro control consciente y no se puede comunicar con palabras, se adueña de la situación. El cerebro emocional (el área límbica y el tallo cerebral) expresa su alteración a través de agitación emocional, fisiología corporal y acción muscular. En condiciones normales los dos sistemas de memoria -racional y emocional- colaboran para producir una respuesta integrada. Pero la agitación emocional no solo altera el balance entre ambos sino que también desconecta otras áreas del cerebro necesarias para el almacenamiento y procesado de información, como el hipocampo y el tálamo. Como resultado, las huellas de experiencias traumáticas no están organizadas en relatos con coherencia lógica sino en sensaciones fragmentadas y rastros emocionales.

A sabiendas de la manera en que se comporta nuestro cerebro ante situaciones traumática, no podemos pretender que rescatistas voluntarios, sin mayor experiencia en zona de desastres ni en manejo de situaciones de alto estrés, mantengan la calma, el orden y además se conviertan en voceros confiables cuando tienen una cámara o un micrófono delante.

No se puede decir lo mismo de profesionales entrenados y experimentados, como se supone que son dos altos oficiales de la Marina como los almirantes Vergara y Sarmiento, y el resto del personal militar que estuvo apostado en el colegio Rébsamen. Si bien estos también pueden ser presa del estrés postraumático, debido a su entrenamiento sí podría exigírseles cautela a la hora de manejar información delicada y que no contribuyan al caos informativo con declaraciones a cámara en vivo.

Fue así que una niña inexistente mantuvo en vilo a un país gracias a la cámara de eco que construyeron unas autoridades irresponsables -que además intentaron luego escurrir el bulto- y unos medios presos de la espectacularidad del directo, sobre las ruinas de un colegio en el que murieron 19 niños y siete adultos. Estos sí, todos de verdad. De ellos, un mes después, seguimos sin saber casi nada.

*Fe de erratas: En dos momentos distintos, el mapa de Google Maps incrustado ha mostrado una dirección incorrecta del colegio Enrique Rébsamen. Existen varios colegios con ese nombre en distintas ubicaciones, cosa que advertí mientras trabajaba en el artículo. Cuando se publicó el jueves, a los pocos minutos un lector me advirtió por primera vez de que el mapa mostraba otro colegio. Lo corregí y no le di más importancia, pensando que yo mismo me habría equivocado en alguna de las múltiples ediciones de la nota. Hoy, domingo 22, otro lector, esta vez en los comentarios, ha vuelto a señalar un error en la ubicación. Así que, mientras descubro cómo y por qué ocurrió error nuevamente, he colocado una imagen fija en lugar del mapa incrustado.

Manuel Bartual se está viralizando o ¿para qué sirve -y a quién le importa- el periodismo cultural?

Hay dos formas de contemplar la vida (…) La primera dicta que todo cambia, nada está inherentemente conectado, y la única fuerza motor en la existencia de cualquier persona es la entropía. La segunda manda que todo más o menos se mantiene igual y que todo se encuentra completamente conectado, incluso si no nos damos cuenta de ello.
(…)
Nada puede apreciarse en el vacío. De eso se trata la “cultura acelerada”. No es tanto que “acelere” las cosas sino que fuerza todo para que encaje en el mismo muro de sonido. Lo que no es necesariamente trágico. El objetivo de estar vivo es descubrir qué significa estar vivo, y hay innumerables formas de deducir la respuesta. Yo simplemente prefiero examinar la pregunta a través del contexto de Pamela Anderson y The Real World y las Zucaritas. Desde luego, no es menos plausible que intentar entender a Kant o Wittgenstein.
(…)
Por sí solo nada es realmente importante. Lo que importa es que nada es nunca “por sí solo”.

El autor de las líneas de arriba es Chuck Klosterman, un ensayista norteamericano al que tengo por uno de mis periodistas culturales favoritos. La cita proviene de la introducción de Sex, Drugs, and Cocoa Puffs: A Low Culture Manifestouna recopilación de ensayos donde Klosterman, un obseso de la cultura pop, analiza fenómenos como los alcances socioculturales de la archiconocida rivalidad entre los Lakers y los Celtics en la NBA; las similitudes y diferencias entre Marilyn Monroe y Pamela Anderson como mitos eróticos americanos; o las razones por las que la música country es superior al pop y el rock a la hora de “expresar la condición humana” (nota al margen: sobre este último tema ha insistido hace poco Malcolm Gladwell en el que quizá es el mejor episodio de la segunda temporada de su podcast Revisionist History).

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Portada de la primera edición del libro de Klosterman

Esas líneas en negrita allá arriba -“todo se encuentra completamente conectado, incluso si no nos damos cuenta de ello” y “Nada puede apreciarse en el vacío (…) Por sí solo nada es realmente importante. Lo que importa es que nada es nunca ‘por sí solo'”- me retumban en la cabeza cada vez que pienso en el periodismo cultural.

Cuando empecé como periodista, a principios de los años 2000, todo lo que hacía era periodismo cultural. Entrevistas a artistas, escritores, músicos o cineastas. Reseñas de exposiciones, libros, discos, conciertos y películas. En el año 2003, luego de haber publicado esporádicamente en diarios peruanos desde España, me contrataron para formar parte de una nueva revista que iba a empezar a publicarse en Madrid.

Una de las primeras notas que hice fue una entrevista a un músico sueco del que no sabía absolutamente nada. Por entonces yo era un mocoso pedante que no estaba dispuesto a admitir en público que ignoraba algo que los mayores a su alrededor comentaban con soltura. Si ellos lo conocían, lo habían escuchado, visto o leído, entonces yo también debía haberlo hecho. Aunque en ese momento fuera mentira y tuviera que correr luego a ponerme al día.

Así que cuando mi jefe me dijo que Eagle-Eye Cherry estaba sacando un nuevo disco y yo debía entrevistarlo al día siguiente, asentí y me puse manos a la obra. Sin más. Dándole a entender que sabía perfectamente de quién estábamos hablando. Por supuesto, no tenía ni la más remota idea.

En 2003, Youtube todavía no existía; Wikipedia, que había nacido dos años antes, aún no albergaba todo el conocimiento inútil que uno pudiera necesitar; y googlear era un verbo nuevo, utilizado como tal por primera vez solo unos meses antes en un episodio de Buffy, cazavampiros. No recuerdo cómo, pero me las ingenié para aprender a la carrera todo lo que pude sobre el señor Cherry y no sentirme un ignorante cuando lo tuve enfrente.

Mi nota se publicó unas semanas después en el primer número de la revista. Un colega de la redacción la leyó y me hizo el mejor cumplido de mi corta carrera periodística: “No tenía idea de que eras fanático de Eagle-Eye y sabías tanto de la familia Cherry”.

El padre de Eagle-Eye, Don Cherry, había sido un conocido trompetista de la época del free jazz; varios de sus hermanos eran también músicos de jazz y su hermana Neneh había tenido un par de éxitos como rapper en Inglaterra a finales de los 80. El primer disco de Eagle-Eye vendió cuatro millones de copias y se convirtió en platino en 1998. Es probable que, incluso sin saberlo, todos ustedes hayan escuchado alguna vez el single más famoso de ese álbum:

Esos detalles, que saqué de distintas fuentes, salpicaban la nota que escribí con la entrevista de 20 minutos que le hice al músico.

Muchos años después, le leí a uno de los mejores periodistas culturales que conozco, el peruano Enrique Planas, un resumen perfecto de todo esto:

El periodista escribe sobre lo que sabe y el escritor sobre lo que no sabe que sabe (…) El periodista está lleno de fórmulas, sabe detectar inmediatamente los conflictos cuando está contando algo, sabe qué preguntarle a un personaje y la velocidad es su virtud.

El trabajo principal del periodismo cultural es llamar la atención sobre la forma en que “todo se encuentra completamente conectado” y cómo “nada es nunca por sí solo”. Es decir, la función básica del periodismo cultural es buscar esas conexiones, aportar el contexto necesario -o al menos suficiente- para que el lector sea capaz de apreciar el artefacto cultural -el todo y nada de las frases de Klosterman- del que se está hablando. Esto, por supuesto, no excluye la valoración que pueda hacer el periodista. Pero esa, la función crítica, es una segunda función, a la que solo se puede aspirar si se satisface la primera.

••••

El 28 de agosto de este año, el columnista Victor Lenore escribía en su espacio habitual del site El Confidencial un artículo en el que criticaba con dureza el, por entonces, último fenómeno de Internet en lengua española.

Una semana antes, el autor de cómics y editor Manual Bartual había publicado este tuit:

Con él, Bartual dio inicio a una historia de suspenso que duró seis días y mantuvo en vilo a un elevado número de usuarios de Twitter. Si no lo han leído, en esta página de Storify el propio Bartual han compilado su relato al completo.

El éxito de la historia en Twitter fue tremendo. Según el análisis realizado por Francesc Pujol, director del Centro Media, Reputation and Intangibles de la Universidad de Navarra y de quien he hablado ya antes en este blog, hasta el 28 de agosto los “373 tuits -que constituyen el relato- han generado un total de 445 000 retuits y 3 514 000 me gusta. Según un artículo publicado por el site Verne de El País, Bartual ganó “más de 300 000 seguidores en una semana”.

Si esos números no bastan para entender el éxito que supuso el relato de Bartual, estos dos cuadros, confeccionados por Francesc Pujol, ayudan a ponerlo en contexto. El primero compara la cantidad de retuits conseguidos por el relato con los obtenidos por los últimos 373 tuits de algunos de los principales medios de España:

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El segundo cuadro hace lo mismo, pero en lugar de fijarse en los retuits, pone la atención en el número de likes:

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La diferencia entre el alcance y engagement del relato de Bartual con la producción tuitera de los medios estudiados por Pujol es apabullante. Ese éxito hizo que muchos sites noticiosos en castellano, tanto en España como Latinoamérica, se lanzaran a escribir notas sobre el autor de cómics y su relato en Twitter.

“La inquietante historia de Manuel Bartual que está arrasando en Twitter”, titulaba La Vanguardia. “Manuel Bartual, el Stephen King de Twitter”, decía El Mundo (que un par de días después no perdía ocasión de juntar a Bartual con uno de los personajes más populares del internet español en otro titular: “Cristina Pedroche quiere dar las Campanadas… con Manuel Bartual”). “Manuel Bartual, autor del best seller del verano… ¡en Twitter!”, gritaba ABC. “Manuel Bartual pone fin al fenómeno que ha ‘roto’ Twitter este verano”, señalaba, recurriendo a un cliché clásico cuando de la Red se trata, 20 Minutos. “El misterio de Manuel Bartual y la tuitnovela que cambió la historia de Twitter”, exageraba el popular site mexicano Sopitas. “La terrorífica historia de un tuitero en vacaciones que tiene a toda la red enganchada”, seguía exagerando un poco La Tercera de Chile. “La aterradora historia que tuvo en vilo a Twitter”, insistía El Tiempo de Colombia. “Manuel Bartual da por finalizada su popular historia en Twitter”, apuntaba con sobriedad el site de la radio más escuchada de España, Cadena Ser.

Esa es solo una pequeña muestra de las decenas de artículos que las webs de noticias en español redactaron a toda prisa para intentar aprovechar la ola Manuel Bartual, una vez cayeron en cuenta del éxito que estaba cosechando en redes sociales.

¿Qué caracterizaba a todas esas notas que he citado y a casi todas las demás que se publicaron durante la semana que duró el fenómeno?

-La celebración acrítica.
-El ditirambo.
-La mención a usuarios famosos -futbolistas, actores y otras celebrities– que tuitearon acerca del relato.

Algunos periodistas, no muchos, levantaron el teléfono o escribieron un mensaje al autor para hacerle algunas preguntas. De esas notas, de aquellas en las que un periodista se tomó el trabajo de conversar con Bartual mientras el fenómeno ocurría, la mejor es la escrita por Pablo Cantó para Verne. Cantó no solo habló con el autor y le hizo alguna pregunta inteligente, sino que su artículo aporta contexto y antecedentes tanto de Twitter, los viejos tiempos del Internet pre-redes sociales y la literatura.

Mientras, el resto de artículos -casi todos intercambiables entre sí-, en el mejor de los casos se contentaban con mencionar a Orson Wells (cada vez que alguien monta un hoax o parecido, los periodistas corremos a buscar la entrada de Wikipedia sobre La guerra de los mundos y hacemos copy/paste) o traer a cuento a Stephen King (cada vez que un periodista está escribiendo y teclea las palabras “terror” o “suspense”, la función autocomplete de su CMS añade el nombre del escritor de Maine).

Ese era el ánimo general en la prensa ante el éxito del relato de Bartual: un río de leche y miel desbordándose sobre campos de maná y fresas. Hasta que llegó Víctor Lenore y su columna de El Confidencial.

Lenore es un periodista y crítico cultural español, autor de un interesante libro acerca de cómo y por qué ser hoy moderno o hipster “alude básicamente a la capacidad de comprar ciertos productos que prescribe la industria cultural, tecnológica, publicitaria, de los medios y de la moda”.

El libro de Lenore se titula Indies, hipters y gafapastas: Crónica de una dominación cultural. Consíganlo y léanlo, si pueden. Aunque centrado en el mundo cultural español y excesivamente influido por Zizek -con pinceladas de Thomas Frank, el periodista y crítico cultural americano que dedicó un libro fundamental a la estrecha relación entre consumismo y contracultura en 1997-, vale la pena incluso si uno no vive en España y, como yo, desconfía de los hijos intelectuales del filósofo pop por excelencia.

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Este es el libro de Víctor Lenore

Leo a Lenore desde hace un tiempo, sobre todo desde que publica con regularidad en El Confidencial, quizá el site español que mejor cobertura cultural realiza hoy. Pese a que disfruto su mirada desprejuiciada sobre la cultura popular no canonizada por la intelligentsia ibérica, me divierte aun más estar casi siempre en desacuerdo con él.

Lenore es quizá el émulo más directo e interesante de Zizek en la prensa generalista española. Y al igual que le ocurre al filósofo esloveno leninista favorito de la izquierda antiglobalización y alrededores, sus juicios están marcados casi siempre por una mirada conspiranoica y anticapitalista de la cultura, y en ellos puede atisbarse ese ansia revolucionaria de salón propia del marxismo pop que lo hace soltar boutades como esta (@ecosdelgueto es la cuenta de Twitter que Lenore comparte -o compartía- con el sociólogo Isidro López):

Así que cuando Lenore tuvo que entrar al trapo del éxito tuitero de Manuel Bartual, no se iba a andar con chiquitas. De arranque, Lenore tituló:

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“El bluf de Manuel Bartual”.

Y de ahí la cosa solo fue in crescendo. Así como un relato construido con 373 tuits había convertido a Manuel Bartual en Stephen King a ojos de los periodistas que se rendían ante su éxito, el takedown del cáustico Lenore debía estar a la altura. Solo que en sentido inverso.

En su columna Lenore despachaba la historia de Bartual con frases del tipo: “siendo crueles, podemos describirlo como un Big Mac de la narrativa”, o (las negritas son suyas):

Los únicos personajes relevantes son Bartual y el doble de Bartual. En tiempos de emergencia social, estos repliegues narcisistas hacia el ‘yo’ quitan mucho trabajo al autor (describir la interacción humana) y apuestan todo a las emociones desconectadas de las relaciones. En dos palabras: masturbación digital.

Un párrafo más adelante, vuelve a disparar:

Estamos ante una historia demasiado previsible, encerrada en la fugacidad del momento, el vacío cultural de finales de agosto; un limbo sin apenas competencia.

Para finalmente rematar:

Después de pensarlo unos días, me niego a celebrar esta trama, como rechazo celebrar el simple acto de leer. Lo que tiene valor es sumergirse en historias con un mínimo de profundidad.

Contra toda lógica, la mayoría de los periodistas culturales parecen encantados. Se trata de un contenido poco exigente, con gran eco de público, sobre el que se puede disertar sin apenas esfuerzo. ¿Estas son las ficciones que queremos prescribir, promocionar y legitimar? ¿Hola?

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El librito de Jay Rayner

Por supuesto, las tomas de posición extremas no son una novedad en el periodismo cultural, mucho menos las tomas de posición extremas negativas.

Todo el mundo sabe que es mucho más divertido escribir y leer reseñas negativas que positivas. Mientras más despiadadas, mejor. Lo explica el crítico de restaurantes Jay Rayner, uno de los más populares en el mundo anglosajón, en un librito en el que compiló veinte de las críticas más crueles que había escrito. En la introducción Rayner decía:

 

He sido crítico por más de una década (…) y si algo he aprendido es que a la gente le gustan las reseñas de restaurantes malos. No, tachen eso. Le encantan, se pegan banquetes con ellas como buitres hambrientos que han atisbado carroña putrefacta entre los arbustos por primera vez en semanas (…) Cuando comparo una cena con el sabor o el aspecto de fluidos corporales, el salón con una cámara de sadomasoquismo en Neasden (pero sin el glamour o la clase) y la cuenta con un robo, entonces, la multitud vociferante es verdaderamente feliz.

(…)

…la gente lee reseñas negativas por disgusto indirecto. Cada vez que destripo un local, sienten que me estoy tomando la revancha en ese restaurante en particular por todas las comidas de mierda que han sufrido en su vida en cualquier parte. En la era de la Web 2.0, cuando un artículo se ve completado con comentarios de lectores, uno puede sentir cómo la turba virtual se ha congregado alrededor de la víctima para gritar: “¡Mátalos! ¡Mátalos a todos!”

Lo que sí resulta algo más novedoso, propio de nuestros tiempos de ADSL de banda ancha, es que el extremismo con que expresamos nuestra adoración u odio en Twitter o Facebook (o en las secciones de comentarios) suele ser inversamente proporcional al tiempo que la atención general otorga a cada nuevo fenómeno de Internet. El caso de Manuel Bartual no fue la excepción.

Miren el gráfico de Google Trends aquí abajo. Como ya he explicado en alguna otra ocasión, lo que hace Google Trends es medir el interés que despierta un término según las búsquedas que los usuarios realizan en Google. Para ello asigna un valor entre 0 a 100 por día, donde “100 indica la popularidad máxima de un término, mientras que 50 y 0 indican una popularidad que es la mitad o inferior al 1%, respectivamente, en relación al mayor valor”.

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Ahí podemos ver que el cenit de popularidad de Manuel Bartual en Google tuvo lugar el día 26 de agosto, el día en que dio por finalizado su relato, un día antes de que contara en una entrevista que todo fue un invento perfectamente guionizado y no una historia autobiográfica narrada en tiempo real. Dos días después, el 28 de agosto, el interés ya había descendido a menos de la tercera parte. Solo seis días después, el día 1 de setiembre, el interés por Bartual volvía a ubicarse donde se encontraba antes de su éxito tuitero. Es decir, volvía a ser prácticamente inexistente.

Esa relación entre la brevedad del tiempo que le prestamos atención a aquello que despierta nuestro interés y la intensidad del abrazo o el rechazo que expresamos -periodistas incluidos- en redes sociales y artículos no es casual.

El volumen de información al que un usuario promedio de redes sociales se haya expuesto hoy es tal que los productores de contenidos y hoy, gracias a Zuckerberg, todos somos productores de contenido, cobremos o no- han de llamar la atención de alguna manera para no quedar sepultados por la avalancha de imágenes, videos y comentarios que corre colina abajo en Twitter o Facebook.

Ante ello, muchos optan por la hipérbole. El periodismo en general, y el periodismo cultural -y el deportivo- en particular, en tiempos de la Web 2.0 han convertido la hipérbole en el recurso más socorrido para intentar generar engagement o interacción con los lectores.

Al respecto, Chuck Klosterman, el ensayista del que hablaba al principio de este artículo, comentaba lo siguiente en una conversación en el podcast de Peter Kafka:

Hay la necesidad de tomar una posición o tener una respuesta que, o bien contradiga lo que la mayoría de gente piensa, o bien sea de plano completamente inesperada. Porque hoy la gente no quiere consumir lo que podría entenderse como la idea obvia, el decir que esto es bueno o esto es malo. A menos que vayas a decir que algo es tan bueno o tan malo que es trascendental. Si te gusta algo no vas a reaccionar solo en plan “vi esta película, es una buena película”. Sino más bien, “esta película está cambiando el cine”. O “el hecho de haber pasado dos horas viendo esta película hace que quiera matarme, y si no puedo matarme, entonces voy a matar a todos los demás en esta sala”.

Pero no se trata solo de llamar la atención. Se trata también de buscar la vía más sencilla y directa para mover emocionalmente a la audiencia. La producción periodística, en su transición hacia ese cajón de sastre que es el concepto de “contenido”, ha ido abrazando las estrategias de manipulación emocional que Facebook ha perfeccionado. Intentando con ello replicar el alcance e impacto que obtienen los contenidos “virales” (este informe del Columbia Journalism Review acerca de los muchos cambios que Facebook ha impuesto al periodismo es particularmente interesante).

Una de las consecuencias de haber equiparado la producción noticiosa al resto del “contenido” que corre por Facebook y Twitter, imágenes de gatitos y videos de bebés incluidos, es que ha ocurrido un desplazamiento en la función y el valor de los artículos producidos por medios. Lo explica también Chuck Klosterman en el podcast que mencionaba antes:

Mucha gente siente que la razón por la que consume contenido en medios hoy es para poder reaccionar y responder a ese contenido. No es por el contenido en sí, sino para, de alguna manera, utilizar ese contenido y reaccionar ante él.

No es la primera vez que Klosterman desliza esa idea. En un prólogo que escribió en 2014 para una recopilación de Peanuts, la célebre tira cómica de Charles Shulz, y que reproduce en su última colección de ensayos (X: A Highly Specific, Defiantly Incomplete History of the Early 21st Century), Klosterman apuntaba que nos encontramos en un momento donde parece que…

…el propósito de cada artículo noticioso no es otro que proveer a cualquier persona de la oportunidad de comentar públicamente [o sea, en redes sociales] cómo se siente al respecto.

Si el objetivo de un artículo, columna o “contenido” es generar una reacción emocional que lleve al lector a comentarlo o compartirlo de inmediato -el factor tiempo es fundamental- en sus redes sociales, ¿qué cosa más sencilla y barata que aderezarlo con opiniones hiperbólicas, negativas o positivas, que prácticamente obligan al lector a posicionarse? Piensen en todos esos titulares que gritan “no te lo puedes perder”, “no vas a creer lo que ocurrió”, “arrasa en Internet”, etc.

Como explicaba esta pieza del Harvard Review of Business ya en 2013, una de las claves para generar contenido viral es:

Utilizar motores emocionales potentes que afecten a la gente de forma suficiente para que compartan (…) es importante crear excitación emocional máxima lo antes posible. Golpéalos fuerte y rápido con emociones fuertes.

Si además, el próximo hype o escándalo online sepultará de forma rápida -al día siguiente o incluso el mismo día- aquello que hemos dicho, qué más da excederse un poco en nuestras valoraciones si mañana nadie las va a recordar. En este ecosistema de emotividad exacerbada, el costo reputacional de la hipérbole -positiva o negativa- para un periodista puede parecer alto en el corto -o cortísimo plazo-, pero resulta irrelevante o perfectamente asumible en el largo.

Como irrelevante es, la mayorías de las veces, el contenido que vierte ese periodista en el caudaloso río informativo de Facebook o Twitter. Frente a una u otra irrelevancia, y medidos -premiados o castigados- por la cantidad de clicks o el engagement que sus artículos generan antes que por su rigurosidad, la mayoría de periodistas ha decidido ya con qué irrelevancia quedarse.

Pero volvamos un momento al cierre del artículo de Lenore sobre el relato de Bartual: “la mayoría de los periodistas culturales parecen encantados. Se trata de un contenido poco exigente, con gran eco de público, sobre el que se puede disertar sin apenas esfuerzo”.

Fueron esas líneas las que me llamaron la atención y me hicieron reflexionar sobre el momento actual del periodismo cultural. En un estado de Facebook escribí:

La prensa cultural (y no solo esta), ha pasado de prescriptora (podemos discutir en otro momento las bondades y/o perversiones de ese status) a correr tras la estampida de usuarios de redes sociales a ver si consigue ganarse alguito. Lo que me interesa es analizar cómo y por qué la prensa cultural persigue como pollo sin cabeza a la manada en Facebook y Twitter (sobre todo en Twitter) sin atisbo de crítica o reflexión.

Arrebatada la función prescriptora, el status de gatekeepers con que contaban los medios en tiempos pre-redes sociales, y con sus audiencias migradas a Facebook y Twitter, la prensa corre descabezada persiguiendo aquello que conmueve a los usuarios de estas redes. Con la esperanza de que así, complaciendo esos intereses momentáneos, conseguirá atraerlos de vuelta, aunque sea por un instante. El tiempo mínimo y suficiente para arrebatarles un click y, con suerte, algún share.

En paralelo a mi reflexión, el periodista y crítico literario Jorge Carrión –colaborador habitual de The New York Times en Español y autor de un conocido ensayo sobre librerías y su espacio en nuestra cultura- había escrito en su muro de Facebook sobre la pertinencia de algunas críticas que se habían empezado a hacer a Bartual:

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Lenore, sintiéndose aludido por el post de Carrión, respondió y dio pie a una áspera discusión en el muro de este. El autor de Indies, hipters & gafapastas: Crónica de una dominación cultural arrancaba con una ironía gruesa: “Toda la razón. Siempre he pensado que era inadmisible la mezquindad de la crítica ante los siete millones de discos vendidos por Camela”, en alusión a un denostado conjunto de tecno-rumba con más de 20 años de carrera y que pese a sufrir el desprecio de la crítica musical cuenta con el favor de una parte del público español y ha vendido millones de discos.

Carrión respondía y le pedía a Lenore que, si quería discutir, evitara reducciones al absurdo. A lo que este replicaba:

Estoy de acuerdo en que criticar algo con éxito muchas veces es un atajo para obtener un prestigio facilón, pero esa regla debe tener excepciones. La crítica tiene cierta obligación de analizar con rigor fenómenos que tanto éxito como el de Bartual, que tienen a público, medios y celebridades de su parte. A mí me recuerda a la ficción despolitizada (que no apolítica) del tardofranquismo. Estamos en tiempos de Black Mirror, es aburdo este relato tan deliberadamente asocial.

Carrión, a su vez respondía:

La crítica siempre ha tenido esa función, justamente crítica, pero me pregunto si en esta época nuestra de microcríticos y redes sociales no ha cambiado la esencia de la crítica. Entre tanto pathos, más ethos. Respecto al contenido de la tuitficción, es muy similar a Los cronocrímenes [la primera película que el cineasta español Nacho Vigalondo dirigió luego de ganar el Óscar a Mejor Cortometraje de Ficción], que no es tardofranquismo, sino democracia del siglo XXI, con elementos como el turismo que son muy de nuestra época. Si algún día la releo ya veré si merece o no la pena el análisis narratológico, este fin de semana, en [mi] opinión, merecía tan solo la celebración. Lo que no quita que, por motivos que citas en tu post de ayer, enseguida decidí no escribir un artículo al respecto. Cada tema tiene su espacio y para mí ese debía yo comentarlo en redes.

A diferencia de lo que me ocurre con Lenore, conozco a Jorge Carrión hace muchos años. Como me ocurre con Lenore, creo no haber estado de acuerdo con sus juicios más que en alguna rara ocasión. Pero eso es irrelevante. La mirada de Carrión es la de un intelectual reflexivo y honesto que se toma el tiempo y el trabajo para contextualizar y argumentar sus juicios, por equivocados que a mí puedan parecerme. Lo mismo puede decirse del trabajo de Víctor Lenore.

Por eso me llamó la atención lo que decía Carrión. Esto en particular: “me pregunto si en esta época nuestra de microcríticos y redes sociales no ha cambiado la esencia de la crítica” y “este fin de semana, en [mi] opinión, merecía tan solo la celebración“. Sobre todo cuando él mismo había llevado a cabo en otro post un análisis que, si bien era entusiasta, iba bastante más allá de la mera celebración:

NOTAS SOBRE EL FENÓMENO MANUEL BARTUAL

1. Pasar en pocos días de 10000 a 400000 seguidores en Twitter es casi imposible: en términos de redes sociales, se trata de una gesta. Una gesta en solitario, como las de Kilian Jornet, porque no ha sido una operación con estrategia, socios, aliados con muchos seguidores, sino una aventura creativa y lúdica en soledad (de pronto multitudinaria: entre los diez trending topics globales).

2. Que esa gesta sea narrativa es alucinante. Se trata de un relato multimedia, autoficción fantástica, atmósfera de terror, digno heredero del “Proyecto de la Bruja de Blair”. Se trata de una serie, que leída de un tirón tiene mucho menos interés que administrada como cápsulas narrativas que van llegando en el hilo, con sus giros, sus sorpresas, sus chistes, las reacciones de los demás. En ese sentido se parece a “Perdidos”: mucho mejor en directo que en DVD.

3. Como “Lost” ha despertado ese raro monstruo, la sincronía colectiva, la dimensión cultural de la viralidad. Algo que se puede intentar conseguir, pero que no tiene fórmula maestra (cómo diablos acceder a la inteligencia colectiva). Se ha convertido rápidamente en una obra con fan art y con fans famosos (como Vigalondo, Piqué o Casillas). Toda la teoría que recoge Carlos Alberto Scolari en su imprescindible manual “Narrativas transmedia” se puede aplicar de un modo u otro a esa historia de dobles en un hotel y en una casa, yo soy otro.

4. Que de pronto cientos de miles de personas estén leyendo la misma tuitnovela es español nos lleva a otros ámbitos de reflexión. Hay que reformular la idea de bestseller, porque el relato de Bartual no es un superventas sino un superleído. Gratis. Que yo sepa Twitter no paga, como sí hace YouTube, de modo que no hay posibilidad de monetización directa.

5. Hay que dejar de pensar que el centro de la cultura es el libro (aunque lo sea de mi mundo, del mundo de muchos de nosotros), porque leemos más que nunca y porque muchísimos de los lectores de ese relato son lectores constantes, aunque no lo sean de libros. Lo que importa es la acción, leer, y no el formato o el continente. Esa historia, por cierto, no funcionaría con la misma potencia en forma de libro.

6. Y hay que observar la muy probable mutación: se ha descubierto un camino, un lenguaje, un género, un mercado, como se le quiera llamar. A ver cómo evoluciona la criatura.

Tan acostumbrados parece que estamos a que las páginas culturales de los medios se hayan convertido en una suerte de extensión del departamento de marketing de la industria del entretenimiento y a que la prensa persiga como pollo sin cabeza a la manada en Facebook y Twitter sin atisbo de crítica o reflexión, que una intervención como la de Víctor Lenore -arrastrada a redes sociales, el único lugar donde cualquier contenido puede hoy encontrarse con una audiencia significativa- resulta polémica.

Incluso con los excesos propios de su estilo y del esfuerzo por llamar la atención que hoy cualquier comentarista cultural se ve prácticamente obligado a realizar, lo que Lenore hacía en su nota no era sino periodismo cultural. Esté o no uno de acuerdo con su juicio. Pero, además, lo era también el comentario de Carrión que cito párrafos arriba. Pese a que había sido publicado en un post de su página de Facebook y a que la configuración de privacidad impedía que se leyera fuera de su círculo de amigos.

Ambos, Lenore y Carrión, cada uno a su modo, iban en sus intervenciones muchísimo más allá de todo lo que hasta ese momento se había escrito sobre Bartual y su relato. Ambos, Lenore y Carrión, lejos de comportarse como notarios de likes y shares, estaban llevando a cabo las funciones del periodismo cultural de las que hablaba al comienzo. Discúlpenme la auto cita:

La función básica del periodismo cultural es buscar esas conexiones, aportar el contexto necesario -o al menos suficiente- para que el lector sea capaz de apreciar el artefacto cultural -el todo y nada de las frases de Klosterman- del que se está hablando. Esto, por supuesto, no excluye la valoración que pueda hacer el periodista, pero esa, la función crítica, es una segunda función, a la que solo se puede aspirar si se satisface la primera.

En un momento donde la frase predilecta en las redacciones es “se está viralizando”, pareciera que resulta difícil digerir lecturas menos entusiastas y más complejas. Tanto que incluso un periodista y crítico experimentado como Carrión, autor habitual él mismo de ese tipo de lecturas, tiene problemas para reconocerlas. Incluso cuando son de su propia autoría.

Esa frase, “se está viralizando”, resume la claudicación de los medios ante las redes sociales. Algo es noticia porque “se está viralizando”, porque está siendo compartido o mentado por un número elevado de usuarios. Da igual la contextualización y valoración que podamos hacer del artefacto cultural. Se está “viralizando” y eso es más que suficiente para que los medios le presten atención. Lo que importa es el marcador de likes y retuits.

Como explica el experto en marketing digital y viralización Jonah Berger en su libro Contagious: Why Things Catch On (2013):

…tendemos a sobredimensionar el impacto de lo que ocurre online porque es más fácil de ver. Las redes sociales proveen un registro accesible de los clips, comentarios y todo tipo de contenido que compartimos de forma online. Entonces, cuando echamos un vistazo, parece siempre que fuera muchísimo.

Tenemos, por un lado, que al perder el monopolio de la discusión pública frente a las redes sociales, los medios han dejado de marcar los temas a su audiencia. Y, por otro, como puede atestiguar cualquiera que pase algo de tiempo en una redacción, la mayoría de periodistas no despega la vista de su computadora ni pisa la calle durante toda su jornada laboral.

El único mundo que existe para buena parte de los redactores, la única actividad humana a la que prestan atención, es aquella que ocurre en Internet. Léase, en redes sociales.

Sumemos esos dos datos y nos encontramos con que algo es noticia, algo merece ser relatado o reseñado, si, y solo si, “se ha viralizado”, “está arrasando en Twitter” o “ha roto Facebook”. Y lo único que hace el periodismo es dar fe de ese número elevado de personas que han reaccionado ante el contenido en cuestión. No importa nada más. El periodista que corre a toda prisa para subirse a la ola en redes sociales no tiene nada más que decir. Y la mayoría ni siquiera hace ya el intento. Eso es lo grave.

Pero además, Internet y sus dinámicas extremistas y sentimentaloides -donde, como dice Chuck Klosterman, “no vas a reaccionar solo en plan ‘vi esta película, es una buena [o mala] película'”, sino, más bien, esta película “hace que quiera matarme, y si no puedo matarme, entonces voy a matar a todos los demás en esta sala”- han acentuado la hipersensibilidad ante la crítica y han desvirtuado su lugar en el periodismo cultural.

Inés Sapochnik, una amiga experta en marketing digital para industrias culturales, respondía así a otro post en el que yo compartía la crítica de Lenore al relato de Manuel Bartual:

Yo me lo pasé genial [con el relato de Manuel Bartual] (…) Se vuelven cansinas todas las pegas. Ayer lo estaban crucificando [a Manuel Bartual] por sus comics “machistas”. Vamos, que estamos en las que estamos, y el trabajo de censor/crítico cultural es ad honorem y abierto a todos. Yo me entretuve muchísimo, vería la peli, y ya está, volvería a mis libros y a mis cosas.

A lo que yo le respondía:

Así funciona ese bar de madrugada del tamaño del mundo que son las redes sociales. El problema, o más bien, lo que me interesa a mí es cómo y por qué la prensa entra al trapo de inmediato, se sube la corbata a la cabeza y se pone a invitar chupitos como el amigo borracho del novio que se casa el próximo finde.

Ocurre que cuando los medios intentan reproducir ese ambiente irreflexivo y bullanguero que caracteriza casi siempre a las redes sociales, se están metiendo en un callejón sin salida.

Porque, si en lugar de lecturas informadas y complejas como las de Carrión o Lenore, el periodismo cultural va a limitarse a dar el marcador de likes y shares y a informar con horas e incluso días de retraso de aquello que los usuarios de redes sociales ya saben que ha ocurrido, ¿para qué acudiría un lector a leerlos? ¿qué podría encontrar ahí que ya no tenga en su timeline o tweet feed?

Para aplaudir como focas sin contexto, reflexión ni esfuerzo crítico el enésimo fenómeno de redes sociales, no hace ninguna falta prensa cultural. Y la audiencia lo sabe. Lo peligroso es que no queda claro si lo saben también los periodistas.

 

El caso Sportflix o el periodismo como tablón de anuncios de supermercado

A principios de agosto, un coro de medios en castellano anunciaba la buena nueva. El día 30 de ese mes llegaría por fin a nuestras computadoras, tablets y teléfonos “el Netflix de los deportes”, donde podríamos ver en streaming y en directo “hasta el 95% de los eventos deportivos” gracias a una única plataforma.

Así anunciaba Marca, el principal medio deportivo en español y tercero del planeta solo por detrás de ESPN (Estados Unidos) y Cricbuzz (India), la llegada de Sportflix:

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La nota de la página web de Marca, del día 7 de agosto, decía lo siguiente (las negritas son suyas):

A partir del 30 de agosto, los suscriptores de esta plataforma podrán disfrutar en vivo desde cualquier dispositivo (teléfono móvil, televisión, ordenador…) de partidos, carreras y otros eventos deportivos.

El coste de este servicio variará entre los 20 y 30 dólares mensuales y ofrecerá contenido en HD y sin anuncios.

“Netflix es una videoteca de películas y series y Sportflix es en vivo y directo, lo que nos diferencia”, ha declarado Matías Said, vicepresidente de la empresa.

Cuatro elementos presentes en ese artículo se repetirían una y otra vez en toda la cobertura de prensa que recibió el revolucionario “Netflix de los deportes”:

-Hasta el 95% de los eventos deportivos.

-Entre 20 (US$ 19.99) y 30 (US$ 29.99) dólares.

-A partir del 30 de agosto.

Matías Said, vicepresidente de Sportflix.

Como decía al inicio, Marca no fue el único medio en hacerse eco de la fantástica promesa de Sportflix. De hecho, con su nota del 7 de agosto el diario deportivo español llegó algo tarde a la fiesta.

Si nos fijamos en el gráfico de Google Trends de abajo, veremos que antes del 2 de agosto las búsquedas del término “sportflix” en Google son prácticamente inexistentes. Es recién entre el 2 y 4 de agosto que la compañía de Matías Said consigue capturar la atención global:

Screen Shot 2017-09-01 at 7.58.29 AMPara aquellos que no conocen cómo funciona Trends, lo que hace la herramienta de Google es aplicar un valor entre 0 a 100 por día, según la cantidad de búsquedas del término realizadas por usuarios de todo el mundo. Así, “100 indica la popularidad máxima de un término, mientras que 50 y 0 indican una popularidad que es la mitad o inferior al 1%, respectivamente, en relación al mayor valor”, según explica la propia página de Google.

Fue en esos primeros días de agosto que buena parte de los medios en nuestro idioma, en Latinoamérica y España, publicaron notas celebrando la -futura- llegada de Sportflix a nuestras vidas. Entre otros, dedicaron artículos al emprendimiento de Matías Said El Tiempo, La Nación, Infobae, La Gaceta, La Tercera, La República (por duplicado), Perú21, Bio Bio, Mundo Deportivo, As, El Nuevo Día, La República de Costa Rica, Publimetro y Pulso.

Todos repetían, la mayoría en modo copy/paste, el listado de torneos o eventos deportivos que la plataforma prometía:

Dentro de Sportflix se podrá ver Tenis (Grand Slams y Masters), NBA, NHL, NFL, MLB, UFC, Boxeo (las peleas más importantes del año), F1 (las carreras más importantes del año), Golf (Majors, Masters y abiertos más importantes del año), JJOO y Fútbol.

Dentro del fútbol tendremos a nivel local Ligas de México, Argentina, Brasil, EEUU, España, Italia, Alemania, Francia, Inglaterra, Copa del Rey, Copa Italia, Copa MX, Copa Argentina, FA Cup, Supercopa de Italia, Supercopa de España y algunos amistosos de pretemporada. Y a nivel continental: Libertadores, Sudamericana, Recopa Sudamericana, Champions League, Europa League, Mundial de Clubes y Concachampions.

A nivel selección/internacional se suma Copa de Oro, Confederaciones, Eliminatorias, Mundial FIFA, Mundial Sub 20, Eurocopa, Copa América y algunos amistosos internacionales.

En algunos casos, como el diario El Comercio, de Perú, la cobertura no se limitó a un artículo en la web. El 7 de agosto le dedicaba a Sportflix una nota de casi una página firmada por el periodista Diego Pajares Herrada en la sección Luces de su edición impresa. El streaming apuesta por el deporte, decía el titular del artículo, para repetir luego uno tras otro los mismos detalles que hicieron de Sportflix la niña de los ojos de la prensa en español.

El periodista peruano citaba una entrevista del vicepresidente de Sportflix, Matías Said, con Forbes México, así como un genérico “medios internacionales”.

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El Comercio, 7 de agosto 2017

Si un deporte no estaba en Sportflix, insinuaban todos esos medios, ese deporte no existe o no interesa a nadie. Olvídate de pagar televisión por cable o DirecTV, olvídate de ESPN, FOX Sports, NBA League Pass o de las accidentadas transmisiones piratas de Rojadirecta y sus amigos. Sportflix ha llegado -bueno, casi- para hacer tus sueños realidad.

Pero, ¿de dónde habían sacado los medios esa información? ¿Quién era la fuente? La clave estaba en una línea camuflada en varios de los artículos: dijo Matías Said, vicepresidente de Sportflix al portal ttvnews. Otros optaron por hacer copy/paste -con las muletillas “Dentro de Sportflix se podrá ver…” y “Dentro del fútbol tendremos…” incluidas- sin nombrar a la fuente.

TtvNews, o TodotvNews, es una web uruguaya especializada en noticias de la industria televisiva. Pertenece a TodotvMedia, compañía que según su propia página de LinkedIn:

“produce medios especializados impresos, digitales y servicios para la industria de la televisión y el entretenimiento a nivel internacional. Producimos la revisa (sic) Tdotv, Todotv Telenovelas, Todotv Formatos, Todotv Kids & Teens, Todotv Films & Series, el prestigios directorio Yearbook y la guía de exhibidores para eventos internacionales Listingbox”

Según data de Google Analytics disponible en Similarweb, TodotvNews recibió en julio de 2017 poco más 243 mil visitas, más del doble de lo que había alcanzado el mes anterior:

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Para comparar, la principal página informativa de Uruguay, el site del diario El País, recibió más de 12 millones de visitas durante el mismo periodo. Cincuenta veces más que TodotvNews:

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Digamos que, con ese tráfico, TodotvNews no es precisamente un medio de referencia en lo que a información de la industria televisiva global se refiere.

¿Se imaginan de dónde venía buena parte de esa pequeña avalancha de tráfico nuevo que recibió TodotvNews en julio?

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De México. El país origen de esa “revolucionaria plataforma” llamada Sportflix, a cuyo vicepresidente, Matías Said, TodotvNews había entrevistado el último día del mes.

Todo lo que uno pudo leer sobre Sportflix después está ya en esa nota firmada por el periodista Gonzalo Larrea y titulada Sportflix: La disrupción OTT llega al mundo deportivo. Incluidos esos tres párrafos que tan alegremente copiaron casi todos los medios:

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Entrevista de TodotvNews a Matías Said, vicepresidente de Sportflix

Algunos otros medios, que contaban con exactamente la misma información, o sea nada más allá de lo que decía la página web de Sportflix y lo que había repetido Said en sus repetitivas apariciones públicas, decidieron ir un poco más allá y realizar sesudos análisis sobre la importancia de Sportflix a la hora de “cambiar la estrategia del partido de los derechos audiovisuales”.

Luis Carrillo Pinto se presenta como “periodista deportivo y mercadólogo de profesión” en su blog El deporte de hacer negocios, alojado en la página web del diario económico peruano Gestión.

En un post titulado Sportflix: la disrupción de una plataforma OTT que los broadcasters deportivos no anticiparon y publicado el 7 de agosto, Carrillo Pinto utilizaba los escasos datos que mencionaba antes, sazonados con generalidades acerca de plataformas OTT (Over-the-Top) -término para la distribución de contenido audiovisual, ya sea películas o programas de televisión, a través de internet sin que los usuarios deban suscribirse a un servicio de tv por cable o satélite tradicional-, para construir una teoría general sobre el futuro de la transmisión de eventos deportivos.

Escribía Carrillo Pinto en su blog (las negritas son suyas):

Para la audiencia, ver los partidos en señal abierta ha dejado de tener interés y los nativos digitales buscan nuevas maneras de conectarse (a excepción de los partidos de la selección). Mucho más dinámicas y en sincronización con sus tiempos e intereses. El cable, o televisión paga, tiene la diferenciación de contar con informativos y programas especiales que completan la parrilla de programación, pero ese tipo de contenidos no mueven la aguja ni en audiencia ni en ventas publicitarias. Lo saben bien cadenas como ESPN, FOX Sports, beIN Sports y en el plano local, Movistar Deportes y Gol Perú. Sin embargo, todos los que hemos trabajado en TV deportiva, sabemos que la transmisión de eventos en vivo es el contenido que calienta la antena y crea verdadero compromiso de la audiencia. Sportflix, arriba para generar una nueva experiencia en el fan. Un jugador inesperado que llegó para cambiar la estrategia del partido de los derechos audiovisuales. El futuro del deporte es digital. Y ese futuro es hoy.

A estas alturas, luego de leer el análisis de Carrillo Pinto y decenas de artículos igualmente acríticos, empecé a preguntarme cómo era posible que nadie se diera cuenta de lo sospechosa que resultaba la fantástica promesa de Sportflix.

Desde hace un par de años, los derechos de retransmisión de eventos deportivos son objeto de una guerra declarada entre gigantes como ESPN, NBC, CBS, Turner o FOX. A su vez, las compañías de cable o TV por satélite como Time Warner, Cablevision o DirecTV, que alojan –y pagan enormes sumas– a esos canales, se aferran como pueden a los deportes en directo porque, hoy, es esa la única razón por la que muchos usuarios siguen pagando la factura del cable.

Como pueden ver en el gráfico de abajo, de 2015 en adelante el crecimiento de usuarios de cable en Estados Unidos, el mercado televisivo más importante del mundo, se mide en números negativos.

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Publicado en un artículo de Business Insider, via @carquintanilla

Es por ello que ESPN y TNT desembolsaron en 2016 24 mil millones de dólares para hacerse con los derechos globales de retransmisión de la NBA hasta el año 2025. Otro ejemplo: FOX, CBS y NBC pagaron a la NFL 27 mil millones de dólares por una extensión de contrato que abarca desde 2014 hasta 2022.

Y un tercer ejemplo: Turner, dueña de TNT, CBS, CNN, entre otras cadenas, sorprendió a todos este año llevándose los derechos de la Champions League para Estados Unidos en inglés por algo más de 60 millones de dólares al año. Univisión, a su vez, pagará alrededor de 35 millones más para transmitir la competencia en el mismo país pero en castellano. O sea, casi 100 millones de dólares anuales por transmitir el torneo de clubes de la UEFA sólo en Estados Unidos.

Por supuesto, todos esos acuerdos contemplan los derechos de retransmisión no solo en TV, sino también en streaming. De hecho, esa es una de las razones que explica por qué los precios han subido tanto. Las ligas deportivas del mundo han aumentado la factura porque las cadenas de televisión van a ofrecer, y ya están ofreciendo, sus partidos por cable y por nuevos sistemas de streaming OTT, diseñados específicamente para ello.

Toda la información de los cuatro párrafos anteriores (gráfico incluido) ha sido ofrecida, discutida y analizada en profundidad y por extenso en la prensa generalista, deportiva y sectorial. Es decir, se encuentra a disposición de cualquier persona con un mínimo de curiosidad o interés por el asunto. Y, por supuesto, debería formar parte de la cultura general de aquellos que se presentan como expertos o analistas de la materia.

Así que cuando aparece un señor sin ninguna experiencia en el mundo deportivo y la industria de medios, representante de una compañía de la que jamás habíamos escuchado hablar y que ofrece un trato a todas luces imposible, lo mínimo que uno puede hacer es dudar. Sobre todo cuando en esa entrevista que todos los medios citan se le pregunta acerca de los derechos televisivos y responde: “No estoy apto para hablar de ello por cuestiones de confidencialidad firmadas, pero estoy seguro que todas las partes quedan contentas”.

Así que dudé. E intenté contactar a Matías Said, vicepresidente de Sportflix. A través de un par de amigos en México, conseguí su número de teléfono. Intenté comunicarme con él en distintas ocasiones. Llamé por teléfono y escribí por WhatsApp, le escribí también a sus cuentas de redes sociales, pero nunca obtuve respuesta.

Mientras yo intentaba comunicarme con Said, ocurrió lo esperado. El 10 de agosto, FOX Sports -dueño de los derechos de retransmisión de la liga de fútbol argentina, entre otros eventos- envió un comunicado en el que señalaba no tener relación ni negociación alguna con Sportflix:

Ante noticias publicadas en diferentes medios en la región, FOX Sports Latin América desmiente de forma categórica haber mantenido o estar actualmente en conversación o negociación alguna relacionada con nuestros derechos deportivos con la empresa Sportflix. No tenemos conocimiento alguno sobre esta empresa y no se ha entablado ningún contacto con la misma.

Es importante señalar que la mayoría de las propiedades transmitidas por FOX Sports en América Latina son exclusivas y así permanecerán en beneficio de los 61 millones de suscriptores y hogares en 19 países que día a día nos eligen a través de nuestras múltiples plataformas de televisión o vía digital en la App de FOX Sports.

Entre los contenidos que transmite FOX Sports se cuentan la CONMEBOL Libertadores Bridgestone, CONMEBOL Sudamericana, Liga de Campeones CONCACAF, la Bundesliga, NFL, MLB, WWE, UFC, Premier Boxing Champions, NASCAR, Rally Dakar, Formula 1, Fórmula E, Serie A TIM italiana y la UEFA Champions League, entre otros.

FOX Sports Latin America trabaja conjuntamente con los propietarios de estos contenidos para tomar todas las acciones necesarias en pos de proteger nuestros productos de la piratería y el uso ilegal de estos derechos.

Algunos de los medios que días antes habían cantado las virtudes de la nueva plataforma, ahora volvían a hacerse eco de una información que les había sido entregada por un tercero. Sin más. Como si con ellos no fuera la cosa.

Hubo un periodista de uno de esos medios, el argentino Marcelo Gantman, del diario La Nación, que sí hizo lo que casi todos sus colegas no hicieron, dudar, y consiguió lo que yo no conseguí, conversar con Matías Said.

El primer párrafo del artículo de Marcelo Gantman, titulado El misterio detrás de Sportflix, la plataforma que se presenta como el Netflix de los deportes, dice así:

El zumbido se originó en México y lleva varias semanas de intensidad en redes sociales. El solo anuncio del surgimiento de una plataforma que contenga todo el deporte en vivo relevante para los fanáticos, sin restricciones y sin que nadie todavía haya visto nada de ella, fue tomado como una aparición divina. Se trata del misterioso sitio Sportflix, señalado como el “Netflix de los deportes”.

La nota de Gantman fue publicada en el site de La Nación el día 16 de agosto, casi una semana después de que Fox Sports señalara en un comunicado que no tenía ninguna negociación con Sportflix. En ella el periodista argentino relata la conversación que mantuvo por Skype con Said.

Luego de intercambiar un par de mensajes directos en Twitter, hablé por teléfono con Gantman. Lo primero que le pregunté fue cómo había logrado hablar con Matías Said. El periodista argentino me dijo que a finales de julio, antes de que Sportflix saltara a los titulares de la prensa internacional, se topó con algunas noticias en medios mexicanos acerca de la nueva plataforma. Así que envió un mensaje a través de messenger en la página de Facebook de la compañía y de inmediato lo contactó la agencia Vivian Smith PR Consulting. Gracias a la agencia concertó rápidamente una entrevista con Said, que tuvo lugar el 28 de julio vía Skype.

Esa conversación es la que relató más de quince días después en su artículo para La Nación. Entremedias, el 10 de agosto, FOX Sports había anunciado ya que no tenía ningún acuerdo ni estaba negociando cesión alguna de los derechos que tanto dinero le han costado. Gantman me dijo que, cuando FOX Sports se pronunció, volvió a intentar contactar con Said. Le escribió directamente, buscando una explicación. El vicepresidente de Sportflix, claro, no dijo nada. Nunca le respondió.

Tiempos extraños estos, en los que llama la atención un periodista que hace su trabajo. Que duda, indaga y va a la fuente para comprobar si es verdad tanta belleza.

Pero hubo otro periodista argentino al que Matías Said sí contestó acerca de la inexistente relación entre Sportflix y FOX Sports.

El mismo 10 de agosto, antes de que Said desapareciera, Fernando Niembro logró preguntarle cómo iba a manejar Sportflix lo ocurrido con FOX Sports durante una entrevista telefónica en su programa de radio:

 

A lo que Said respondió:

Hace dos, tres días se empezó a hacer mucho ruido porque FOX y Turner salieron a hablar del tema. Nosotros como empresa, independientemente de que la base sea mexicana, somos una empresa a nivel internacional que decidimos no meternos en la polémica, no salir a discutir, porque es una manera también estratégica de las mismas cadenas de hacerse nombre y hacerse fama porque hoy en día el boom y el ruido lo hace Sportflix. Nosotros no vamos a entrar en esa polémica. Explicándote un poquito de cómo se trata esa parte interna, que mucho no puedo hablar por temas de confidencialidad, lógicamente, pero puedo decir que se encontraron los huecos tanto legales como de negociación con la mayoría de las cadenas para que nosotros podamos transmitir (…) Muchas veces pasa que la gente tiene los derechos solo de transmisión por televisión y no a través de internet, se entró por ahí. Otras veces pasa que si vos no me querés dar la señal de allá, la busco en otro país, y ahí sí se puede legalmente.

(…)

Nosotros, olvidate, no ganamos un centavo de los 20 dólares. Nuestra tirada, hablando ya de negocios, es armarnos de una base de datos enorme, y esa base de datos es invaluable a futuro. Porque vas con las empresas realmente de deportes o relacionadas con deportes, o las marcas, y les decís: mirá, acá tengo una base de datos que te puede servir para esto, para esto y para vender publicidad (…) Y el día de mañana, te digo algo que no sabe nadie, vas a tener la exclusiva por así decirlo, nuestra tirada es, yo [Sportflix] ya no voy a pagar por la retransmisión a una cadena, la cadena me va a pagar a mí por meter su transmisión a Sportflix, como hoy en día le pasa a Netflix. (sic)

Una colección de sinsentidos, si uno atiende a los datos de la batalla por los derechos de retransmisión de deportes que comentaba párrafos arriba o ha leído acerca de la millonada que gasta Netflix para obtener contenido producido por otras cadenas y productoras.

Si tienen 20 minutos que perder y quieren reírse un poco, aquí tienen el audio de la entrevista:

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Además de FOX Sports, otra compañía menos conocida también anunció en un comunicado que su relación con Sportflix era, cuando menos, complicada. El 24 de agosto, la agencia Vivian Smith PR Consulting, publicaba y distribuía esta nota de prensa:

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Después de que algunos medios reprodujeran el comunicado de Vivian Smith PR Consulting, intenté contactar con la agencia. Entré a su página web, rellené el formulario de contacto y esperé. En la web, Vivian Smith informa que, además de dirigir la agencia, es vicepresidenta de la Asociación Nacional de Profesionales de la Imagen de México (ANPI).

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Así que mientras esperaba que alguien en la agencia respondiera a mi solicitud de entrevista (curiosa una agencia de relaciones públicas que no ofrece ninguna forma de comunicarse más allá de un formulario de contacto), intenté contactar con la ANPI.

Ingresé a la página web de la asociación, llamé al teléfono del encabezado, pero cada vez que marqué me saltó un tono de número inválido. Escribí un email a la dirección que aparece en el site y también rellené el formulario de contacto. Para ser una asociación de profesionales dedicados a la comunicación y la imagen, son bastante poco comunicativos y visibles en ANPI. Todavía sigo esperando que alguien responda.

Por suerte, pude ubicar a Vivian Smith a través de su página personal de Facebook. Le escribí por messenger y no tardó mucho en responder. Cuando le dije que quería hacerle algunas preguntas acerca de su antiguo cliente, Smith, o la persona detrás de su cuenta de Facebook, me respondió: “la verdad no puedo comentarte nada de sportflix una porque la verdad no se nada y dos porque así me lo recomiendo mi abogado” (sic). Insistí un poco, pero frente a cada nueva pregunta, la respuesta fue siempre la misma: “no puedo contestar nada de sportflix. Perdón. Así me lo estableció mi abogado con este tema 😞“.

Ante la negativa, le pedí que me facilitara algo más de información sobre su agencia. ¿Cuánto tiempo lleva funcionando? ¿Con qué otros clientes ha trabajado? También le pedí que me enviara el comunicado de prensa original con que se había desvinculado de Sportflix y las notas de prensa que había enviado antes en nombre de la empresa de Matías Said.

A lo primero accedió, aunque luego nunca recibí la información. El comunicado con el que terminaba su relación con la plataforma deportiva es el de arriba, ese sí me lo envió a través de messenger. Sobre las notas de prensa me dijo: “Perdón Diego en verdad ya no puedo mandar nada. Y lo único que quiero es dejar esto en el pasado (…) Como te comenté mi abogado me tiene prohibido dar información de ningún tipo. Mi agencia cumplió con su trabajo y posteriormente se mandó un comunicado explicando el término con esa marca. Me encantaría dar una explicación más concreta pero la realidad es que no la tengo”. Tras ese último mensaje, le agradecí por la información y me despedí.

Como me había dicho Marcelo Gantman, los medios mexicanos habían empezado a hablar de Sportflix antes que el resto. No es difícil imaginar por qué. Su vicepresidente Matías Said decía residir en México y la agencia de relaciones públicas que ayudó a ubicarlo en boca de periodistas y medios tiene sede en ese país.

El 28 de julio, tres días antes de la entrevista de TodotvNews y cinco antes de que Sportflix empezará a acumular búsquedas en Google, Milenio TV ofrecía una entrevista con Matías Said:

 

 

Ese mismo día, el site La Silla Rota también reproducía unas declaraciones de Said acerca de la maravillosa oferta de Sportflix. El día anterior, 27 de julio, la web de la edición mexicana de GQ publicaba un escueto artículo en el que explicaba:

Ahora, para los amantes de los deportes ha llegado una excelente noticia con el lanzamiento próximo del primer servicio vía streaming exclusivo para deportes, el cual llega a nuestro país a finales de agosto, específicamente el 30, se trata de una plataforma que contiene únicamente eventos deportivos en vivo por internet y puedes verlos desde tu televisión o smartphone.

El 15 de julio, el site de la edición mexicana de la revista de negocios Forbes, publicaba una entrevista titulada Sportflix presenta el deporte on demand, en dos clics. La nota iba firmada por la periodista Begoña Bescós, a quien Matías Said decía:

Soy muy apasionado de los deportes y hace aproximadamente 3 años ver un partido me costaba muchísimo trabajo, tenía que agarrar la computadora conectarla a la televisión, buscar por todos lados y llenarme de virus o publicidad. Entonces en mi cabeza surgió la idea de que cómo puede ser posible que con toda la tecnología que hay hoy en día no exista algo que junte todos los deportes y se los pueda ofrecer al público. Con esa idea comencé a moverme, para mí fue hora de emprenderla. (sic)

Bescós empezaba su artículo llamando a Sportflix “el Netflix para los apasionados del deporte” y señalando que “estará disponible a partir de agosto”.

La mención más antigua de Sportflix y Matías Said que pude encontrar es una entrevista realizada el 30 de mayo de 2017 por la periodista de espectáculos mexicana Shanik Berman en su programa de radio Shanik en Fórmula. Pueden escuchar la entrevista completa aquí:

Ahí Said señala que Sportflix estará disponible a partir de inicios de agosto. Cuando se acercó esa fecha, el lanzamiento fue reprogramado. Para finales de julio, la nueva fecha de lanzamiento ya era el 30 de agosto. Así lo anunciaban todos los medios que cité al comienzo. ¿Qué ocurrió cuando llegó el 30 de agosto? Nada.

¿Qué ocurre hoy con Sportflix? Nada. Pese a que sus responsables parecen empeñados en mantener la mentira. Este es el mensaje que puede verse si uno ingresa a su página web, hoy 3 de setiembre, cuatro días después de su anunciado estreno del 30 de agosto:

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¿Y los medios que anunciaron con bombos y platillos la revolución que llegaría a nuestras pantallas el 30 de agosto? La mayoría, bien, gracias. Algunos pocos, por suerte, han demostrado tener algo de vergüenza y que, aunque sea a posteriori, entienden de qué se trata nuestro trabajo.

Además del artículo de Marcelo Gantman publicado en La Nación, el día 30 de agosto, cuando todos pudimos corroborar la promesa incumplida de Sportflix, Infobae publicó una nota en la que informaba que las cuentas de redes sociales de la compañía se encontraban inactivas o cerradas al público.

¿Se acuerdan de TodotvNews? El site uruguayo de noticias de la industria televisiva, tras dar el pistoletazo de salida al fenómeno Sportflix fuera de México con esa entrevista firmada por Gonzalo Larrea, parece ser otro de los pocos medios al que le importan sus lectores y que ha aprendido la lección. Desde que FOX Sports se desmarcara del “Netflix de los deportes”, TodotvNews ha seguido el caso con atención y ha informado con regularidad y un mínimo de sentido crítico acerca de los múltiples problemas que presenta la maravillosa oferta de la empresa de Matías Said.

El resto, como mucho, ha publicado la nota en que la agencia Vivian Smith PR Consulting anunciaba que dejaba de trabajar con Sportflix o el famoso comunicado de FOX Sports. Como si un medio noticioso fuera un tablón de anuncios en el supermercado, donde cualquiera coloca el reclamo informativo o publicitario que desea. Como si, para cumplir con el periodismo y los lectores, bastara publicar la información que, a posteriori, desmiente la mentira publicada por uno mismo. Como si fuera igual rectificar un error que subsanar una mentira. Y, claro, no lo es.

Un error supone haber hecho el esfuerzo -pequeño, al menos- para estar en lo cierto, y haberse equivocado en el intento. Luego toca asumirlo, explicar por qué, pedir disculpas y rectificar. Para subsanar una mentira hace falta, primero, tomar conciencia y asumir que uno miente, para luego pedir disculpas por haber faltado a la verdad.

Pero parece que buena parte de los periodistas no entienden que, al propagar mentiras ajenas sin detenerse un segundo siquiera a verificarlas, no solo no están haciendo su trabajo, aquel por el que se les paga y por el que los lectores se toman la molestia de leerlos, sino que se pasan el día mintiendo ellos mismos delante de la pantalla y el teclado del ordenador.

Las opciones que tenemos son pocas. Como explicaba hace unos días el escritor Sergio del Molino:

Lo único que puede hacer quien quiera ser consecuente moral e intelectualmente es esa cosa tan ingrata de escarbar, verificar y enfrentarse a la propaganda, el bulo y la posverdad. Ese trabajo de hormiguita reportera que ya no se hace en casi ningún sitio, justo cuando más fácil es de hacer. Podar todo, cortar las ramas de los prejuicios y dejar a la vista los hechos incontestables. Porque, aunque la verdad es incognoscible, en términos filosóficos, hay una forma pedestre de verdad, accesible a jueces y periodistas, que consiste en exponer, más allá de cualquier duda, la convicción de que las cosas sucedieron así y no de otra manera. Para todo lo demás, es más digno estar callado.

Verificar o mentir.

Para seguir pegando anuncios en el tablón del supermercado, mejor quedarnos callados.

ACTUALIZACIÓN

El martes 5 de setiembre, dos días después de publicado este artículo, el site TodotvNews publicó una entrevista con Carlos Martínez, presidente de FOX Networks Group Latin America. La nota, firmada por el periodista Sebastián Amoroso Pereira, director de publicaciones del site, comienza así:

En diálogo con ttvnews, Carlos Martínez, presidente de FOX Networks Group Latin America, comenta acerca de las acciones que ha iniciado la compañía y las medidas que tomarán tanto la compañía que dirige, como la industria de la TV en su conjunto a través de TAP Latin America y las principales ligas deportivas en el caso de que la plataforma Sportflix inicie sus operaciones.

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Entrevista de TodotvNews con presidente de FOX Networks Group Latin America

En la entrevista, realizada por teléfono según me confirmó el periodista, Martínez explica las acciones que tomará FOX Sports en caso Sportflix empiece a emitir:

Fuimos los primeros en emitir un comunicado para decirle al público que no se confiara de que Sportflix tuviera todos los derechos y que desde FOX Sports no realizamos ningún tipo de negociación con ellos. No sabemos quiénes son. Nunca los hemos visto. Por eso queremos aclarar que las propiedades son nuestras y van a seguir siendo exclusivas de FOX Sports.

(…)

Estamos preparados porque al momento que Sportflix salga al aire -si es que deciden hacerlo y, obviamente con alguna propiedad nuestra-, se actuará en consecuencia. Claro, si ellos tienen sus propiedades, bienvenida la competencia. Pero vamos estar muy pendientes en el sentido de que si toman alguno de nuestros derechos actuaremos en consecuencia. Ya tenemos preparado todo nuestro equipo legal y estamos a la fecha monitoreando cinco países de América Latina.

(…)

Ya hablamos con la mayoría de las ligas y éstas han enviado las respectivas cartas de advertencia diciendo que Sportflix no tiene sus propiedades. Las propiedades están vendidas a otros licenciatarios como puede ser el caso de FOX Sports. Obviamente, como decía anteriormente, Sportflix aún no ha salido al aire. Esto es una advertencia. Pero te aseguro de que si Sportflix sale al aire robando señales, todas las ligas deportivas van a actuar en consecuencia, porque los costos deportivos son muy caros y todos los tenemos que proteger, tanto quien los compra -como es el caso de FOX Sports-, como el que los vende.

 

Mostrar o no mostrar imágenes violentas: un apasionante debate periodístico

El atentado de Barcelona del pasado 17 de agosto ha reabierto un viejo y fascinante debate: ¿deben o no publicar imágenes violentas los medios de comunicación?

El escritor Juan Soto Ivars -columnista de El Confidencial y autor del recientemente publicado Arden las redes planteaba esta duda en Twitter a la mañana siguiente de que un terrorista de ISIS (o DAESH) al volante de una furgoneta lanzara el vehículo contra una multitud en Las Ramblas de Barcelona, matara a 14 personas y dejara un centenar de heridos:

Para aquellos que no lo recuerden, Aylan Kurdi era un niño sirio de tres años que murió ahogado a principios de setiembre de 2015 cuando él, su hermano y sus padres intentaban llegar a la isla griega de Kos a bordo de una lancha. La embarcación se volteó, y Aylan, su hermano Ghalib y su madre Rehan murieron. Solo sobrevivió el padre de familia, Abdullah. Los cuatro huían de la guerra en Siria junto a otros refugiados.

La fotógrafa Nilüfer Demir, de Doğan News Agency (DHA), llegó a la localidad turca de Bodram el 2 de setiembre de 2015 poco antes de las 6.00 am y se encontró con el cuerpo inerte de Aylan en la playa. “En ese momento, cuando vi a Aylan Kurdi de tres años, me quedé petrificada”, explicó Demir en una entrevista días después. “Aylan Kurdi estaba muerto, tumbado bocabajo en la orilla, con su camiseta roja y sus pantalones cortos azules doblados a la cintura. Lo único que podía hacer era lograr que se escuchara su clamor”, concluía la fotógrafa. Sus fotos, distribuidas por Reuters y Associated Press, se publicaron en medios de todo el mundo y se viralizaron rápidamente en redes sociales.

Esta es una de las fotos que tomó Demir, quizá la más conocida:

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Foto de Nilüfer Demir. Doğan News Agency

Pese a que en un primer momento hubo un debate sobre la necesidad y pertinencia de publicar las fotos, tanto medios como activistas y una parte del público llegaron al consenso de que era necesario publicar las imágenes de Aylan muerto en la playa. El 3 de setiembre de 2015, diarios de todo el mundo publicaron alguna de las fotos tomadas por Nilüfer Demir en portada:

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Collage realizado por @VoxEuropFR

De las muchas respuestas que recibió Soto Ivars a su pregunta, una de las más interesantes fue la de Barbara Celis, periodista española residente en Taiwan y colaboradora de medios como El País, National Geographic, El Confidencial, entre otros.

El hilo de respuesta de Celis empezaba así:

Lo he convertido en bloques de texto corrido y editado ligeramente para facilitar su lectura:

A mí como periodista me cabrea que la prensa trate de emular la inmediatez de las redes sociales mostrando todo lo que escupen las redes, sin filtro. Porque hoy la prensa debería tener claro que su cometido es otro, es la información, no el espectáculo y videos de cualquiera diciendo cosas que no son ni ciertas.

La prensa no es las redes, y no debería ponerse al nivel de las redes. Debería cuidar sus contenidos, no dar pie a confusión. No alimentar el morbo, ofrecernos información, no espectáculo. Es un error prescindir de la figura ‘editor’ que debería tener aún la prensa.

Y, ojo, no hablo de censura, hablo de edición, que es un concepto diferente que todo periodista creo que entiende. Yo no censuro las redes. Si hay basura que no te gusta te toca aguantar, pero creo que la prensa debería tener otro papel en esta situación. Probablemente por estas cosas los periodistas perdemos respeto y la prensa pierde autoridad y las redes siguen creando adicción.

Las negritas son mías.

Volveré sobre la clave del argumento de Celis, esa mala imitación que hace la prensa de la inmediatez que caracteriza a las redes sociales, más adelante.

La duda de Soto Ivars venía a cuento del rechazo expresado por miles de usuarios de redes sociales hacia los medios que publicaban imágenes de las víctimas de los atentados de Barcelona. El rechazo iba dirigido, sobre todo, contra las portadas de las ediciones impresas del viernes 18 de agosto, que los diarios habían compartido en sus páginas web y cuentas de redes sociales durante la tarde-noche del jueves 17, a las pocas horas del atentado.

Como relata en este artículo Alfredo Murillo, editor jefe de Buzzfeed España, el rechazo fue tal que miles de usuarios aplaudieron a través de comentarios, retuits y likes la supuesta decisión de un supermercado de la comunidad catalana de Alp, que, según la imagen posteada en Twitter por @XaviSerrano1, había optado por no vender “algunos diarios con portadas sensacionalistas y explícitas”.

Un tuit posterior de otra cuenta, que utiliza la misma imagen, acumula más de 11 mil retuits y más 15 mil likes:

En otro tuit la misma Bárbara Celis señalaba un hilo de Francesc Pujol, director del Centro MRI (Media, Reputation and Intangibles) y del Programa de Economics, Leadership & Governance de la Universidad de Navarra. Pujol ofrecía una larga argumentación contra la publicación de imágenes de lo ocurrido en Barcelona, que fue secundada por muchos usuarios en Twitter:

En su larguísimo hilo de Twitter –vale la pena leerlo enteroPujol decía que el rol de las fotos de conflictos en prensa, al tener carga política, no es otro que el de fungir de propaganda. Es por eso, dice Pujol, que el debate “no está en si hay que mostrar o no fotos de muertos por atentados, en general, sino del sentido que tienen en cada caso”.

Y en ese sentido, según Pujol, “mostrar a los muertos de Barcelona, aquí y ahora es derrota. Es un paso atrás que nos debilita. La imagen en conflictos es propaganda. Porque tiene la fuerza que no da el texto. La imagen crea sentimientos. Mostrar a los muertos es mostrar la derrota en la batalla“.

Es por eso, de nuevo según Pujol, que “aquellos que dicen que mostrar la muerte es lo que Europa necesita para despertarse y luchar contra el islamismo creo que se equivocan. Porque es minoritario: ahora el pavor gana a la indignación”.

Ante la supuesta inconsistencia de abogar a la vez por mostrar a Aylan y por no mostrar las imágenes de Barcelona, Pujol insiste: “No hay inconsistencia. De nuevo lo importante es valorar el impacto político que genera la imagen. Es propaganda. La imagen de niño muerto es el summum de la propaganda de guerra. Porque es la esencia de la inocencia. Es víctima. Y se contagia a su bando”.

En un tuit posterior Francesc Pujol, ante la pregunta de otro usuario de Twitter, resumía su posición señalando que publicar imágenes de atentados era “hacernos propaganda de guerra contra nosotros, porque nos debilita al desmoralizarnos”.

La razón para publicar la imagen de Aylan -y lo que la distingue de las imágenes de lo ocurrido en Barcelona- es, según Pujol, que esa foto “nos hizo entender que [los refugiados sirios] eran víctimas“.

Otra respuesta parecida a la de Pujol, menos articulada pero casi idéntica en el fondo, consiguió eco en muchísimos usuarios de Twitter:

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No he conseguido dar con el comment de Facebook original, pero he visto esa captura de pantalla repetida en muchísimos tuits. Seguramente ustedes también. Según pude encontrar, el primer tuit fue este, que acumula más de 28 mil retuits y más de 30 mil likes:

Los argumentos de Pujol y la -o el- comentarista anónima de Facebook no coincidían solo en las diferencias utilitarias entre mostrar la foto de Aylan y mostrar las fotos de los atentados de Barcelona. Coincidían también en su acusación a la prensa, “que solo busca morbo“.

Pujol elaboraba un poco más sobre esto último: “En el lado de las malas noticias, la prensa no nos va a ayudar mucho en esta tarea. Porque tiene su propia guerra de supervivencia (…) La prensa sabe que la imagen de la muerte genera mucha más reacción que la discreción. Y siempre encontrará argumentos y aliados para vestir su necesidad de conseguir visitas con nuestro morbo impulsivo y contraproducente“.

Si uno, como periodista, asumiera la idea del oficio que exponen Pujol y la comentarista anónima de Facebook, no tendría más remedio que capitular y tomar decisiones editoriales en función de la conveniencia para la causa elegida, en función de la utilidad política de las imágenes (y, por qué no, de cualquier artefacto periodístico). Y, por supuesto, ese no es el trabajo de la prensa. Así como el trabajo de los medios no es poner o quitar presidentes, tampoco es ganar o perder guerras.

Ya he escrito en otra ocasión sobre lo peligroso que es que los periodistas nos convirtamos en cruzados, que supeditemos la construcción de la narrativa noticiosa a una causa, que asumamos nuestro oficio como una misión de ayuda humanitaria o, peor, nos creamos miembros de un escuadrón de batalla.

Si el fin no es la información sino la llamada de atención política, ¿dónde ponemos el coto? ¿Por qué habríamos de obrar así solo en el caso de DAESH? ¿Qué es lo que hace a la guerra contra ISIS especial? ¿Quién -y con qué autoridad- decide que en este caso no pero en los otros sí?

Donde Pujol dice lucha contra el yihadismo, mañana podríamos decir -para hablar solo de casuística militar contemporánea- la guerra de Afganistán, la guerra de Siria o la creciente tensión verbal y posible conflicto entre Estados Unidos y Corea del Norte. Una vez definido el enemigo, los medios no tendrían más opción que cuadrarse y apuntar sus armas en la dirección decidida o asignada. Por supuesto, saldríamos perdiendo todos, medios, periodistas y ciudadanos. Nuestro conocimiento de la realidad se vería terriblemente empobrecido.

Pese a que haya quien trabaje así, manipular la realidad para acotar o teledirigir el impacto y/o las consecuencias de la narrativa construida nunca es una buena opción, mucho menos una práctica periodística que deba ser alentada o convertida en norma. Recordemos si no lo que ocurrió cuando The New York Times y otros medios norteamericanos decidieron que lo justo contra el terrorismo era dar coba y seguir a pie juntillas las mentiras de George W. Bush y sus aliados.

En el fondo, el que plantea Pujol no es sino el viejo debate entre justicia y verdad de que hablaba Hannah Arendt en su clásico ensayo Verdad y política (republicado hace poco en español por Página Indómita en un estupendo volumen titulado Verdad y mentira en política). Arendt zanja rápidamente el debate con su elegancia y elocuencia habitual:

Y es que, aunque podemos rechazar preguntarnos si la vida sería digna de ser vivida en un mundo privado de nociones como las de justicia y libertad, es imposible hacer lo mismo con respecto a la idea de la verdad, idea que en apariencia tiene un carácter mucho menos político. Lo que está en juego es la supervivencia, la perseverancia en la existencia (in suo esse perseverare), y ningún mundo humano destinado a superar el breve lapso de la vida de sus mortales habitantes podrá sobrevivir jamás si no existen hombres dispuestos a hacer lo que Heródoto fue el primero en asumir conscientemente: decir lo que existe. No puede concebirse ninguna permanencia, ninguna perseverancia en la existencia, sin hombres dispuestos a dar testimonio de lo que existe y se les muestra porque existe.

Ese es el trabajo del periodismo: decir lo que existe. Y cuando se trata de periodismo, si uno tiene las evidencias delante, no decir (o no mostrar) lo que existe por conveniencia política o propagandística tiene un nombre: mentir.

Las mentiras, por supuesto, tienen una utilidad política. Pero ocurre, para seguir citando a Arendt, que esa utilidad siempre es a corto plazo:

Siempre se llega a un punto a partir del cual la mentira resulta contraproducente. Dicho punto se alcanza cuando la audiencia a la que se dirigen las mentiras se ve forzada, para poder sobrevivir, a rechazar en su totalidad la línea divisoria entre la verdad y la mentira. Cuando tu vida depende de que actúes como si creyeras, no importa qué es lo verdadero y qué lo falso.

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Página indómita, 2017

Pero más allá de esto, es la segunda parte de la argumentación de Pujol y el comentarista anónimo la que más me interesa. La parte que adquiere tono de acusación. Porque, como decía Antoni María Piqué en un artículo de El Nacional,es imposible ya esconder o rebajar la ira y la incomodidad de la gente con el trabajo de los periodistas”.

Aun asumiendo que Twitter encarrila solo una parte pequeña de la discusión pública (su tasa de penetración es bastante menor frente a otras redes y su ratio de usuarios activos/no activos bajo) y que por lo general en redes sociales la indignación y la ira corren más rápido y con mayor brío que el elogio, que varios miles de usuarios expresen su rechazo -aunque sea a través de un RT o un like- a una práctica periodística habitual no es poca cosa. Los periodistas, ya se ha dicho antes, servimos a nuestros lectores.

La acusación, a grandes rasgos viene a ser: los medios publican imágenes violentas guiados por el morbo, sin ninguna consideración hacia las víctimas, en busca de tráfico para sus páginas web o ventas para sus ediciones impresas.

A esa acusación respondía el periodista Fernando Mas, director adjunto de El Independiente, en un artículo titulado Con perdón, tengo dudas:

No, los medios no publicamos determinadas fotos por placer, por negocio; tampoco vamos a determinados lugares por morbo. Es nuestro trabajo.

(…)

He leído en Twitter tantas sentencias que estoy perplejo. La gente no duda. La gente defiende sin pudor que la imagen de un niño en una playa sacude la conciencia, pero que las de un atentado son morbo y que si no entiendes la diferencia eres, sencillamente, un tarado.

Mas también linkaba a un tuit de Manuel Ansede, periodista de Materia, página de ciencia de El País:

El mismo Ansede, la noche anterior, había publicado este otro tuit para responder a aquellos que decían que las imágenes de muertos (o las imágenes violentas) no tienen valor informativo:

Y el periodista Braulio García Jaén, jefe de actualidad de Vanity Fair España, escribía esto en su muro de Facebook:

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Entre periodistas los límites resultan bastante más claros que para nuestra audiencia. Como bien señalaba el periodista Cristian Campos -colaborador habitual de El Español, Vanity Fair España y Jot Down, entre otros- en su cuenta de Twitter, el único límite verdadero para la publicación de imágenes es poner en peligro una operación policial en curso. O su equivalente, atentar contra la seguridad nacional:

Entre periodistas existe consenso -con matices, pero consenso- en que la discusión sobre publicar o no imágenes violentas no es política, propagandística o meramente emocional. Se trata, decimos casi siempre, de una decisión editorial. Lo explicaba Iñaki Gil, vicedirector del diario El Mundo, en una columna titulada Publicar fotos terribles es nuestro deber, donde decía:

Es lícito publicar fotos terribles de un atentado. Se puede y hasta se debe. Está en el Adn y en la deontología del periodismo. Periodismo es, básicamente, contar lo que pasa. Una fotografía de prensa es un material informativo, no estético.

Ese debate periodístico del que habla Campos en su tuit se produce en las redacciones de medio mundo cada vez que un atentado o evento similar tiene lugar. Ocurre que, a juicio de una parte de nuestra audiencia, el debate dentro de las redacciones no está siendo suficiente o se presume directamente inexistente. Una presunción aventurada que cualquiera que haya trabajado en una redacción puede desmentir.

Pero si, como todos los periodistas que hemos pasado por una redacción sabemos, el debate interno existe y las decisiones no se toman a la ligera, ¿por qué somos incapaces de transmitir y explicar esa complejidad a nuestra audiencia? ¿por qué la audiencia no está dispuesta a otorgarnos el beneficio de la duda?

Tengo una teoría.

El análisis hasta aquí se ha ceñido a las imágenes y noticias publicadas luego del atentado que no ponían en riesgo el trabajo que realizaba la policía. Al periodismo que no se apresuraba a dar información que no tenía sobre algo que ocurría casi en directo. Al periodismo que no intenta “emular la inmediatez de las redes mostrando todo lo que escupen las redes, sin filtro”, como bien decía Barbara Celis en el hilo de Twitter que cité al comienzo.

Se quejaba de esas faltas periodísticas, un par de días después, Iñigo Sáenz de Ugarte, subdirector de eldiario.es, a propósito de un supuesto tiroteo en la estación francesa de Nimes, reportado por varios medios:

A los pocos minutos, las autoridades francesas desmentían el supuesto incidente.

Como decía Celis, la prensa comete un grave error en intentar imitar el vértigo de Twitter o Facebook. No solo porque es una apuesta que no puede ganar, sino porque contribuye a la comodificación que las redes sociales han hecho de noticias y artículos. Porque acrecienta la confusión existente entre el contenido que producen medios de comunicación (o periodistas) y aquel que postean usuarios particulares en sus cuentas de Twitter o Facebook.

Esta confusión, de forma incomprensible, no reside ya únicamente en los lectores sino que parece haberse asentado también entre periodistas. Y no hablo de lo que estos, como usuarios de redes (sobre todo Twitter), publican en ellas. Sino de cómo medios y periodistas contribuyen a esa confusión en sus vanos intentos por acercar la producción periodística a la inmediatez que caracteriza el fluir de la información en redes sociales.

Escribía al respecto Arcadi Espada, unos días después del ataque de Las Ramblas, en su columna de El Mundo, titulada de forma acertada En directo, el caos, donde relataba su intento por informarse sobre el atentado a través de redes sociales y páginas web:

Durante las tres horas que duró mi experiencia naufragué en cinco importantes lagunas de desinformación. 1. La participación de un Oukabir en el atentado. 2. La explosión de gas en Alcanar. 3. El coche que se saltó un control policial en la Diagonal y donde apareció un hombre apuñalado. 4. La toma de rehenes en un bar de Barcelona. 5. La inminencia de otros ataques en la ciudad. Decenas de informaciones contradictorias sobre esos cinco vertebrales asuntos fueron apareciendo sin pudor alguno en las webs. Aclaro: en las webs gestionadas por compañías de noticias y no en la conversación multitudinaria organizada por compañías gestoras del entretenimiento, Facebook, Twitter, Instagram, etc. Entre las más celebradas diversiones sociales está el parloteo especulativo en torno de los sucesos importantes. El parloteo ha recorrido un enorme kilometraje desde la prehistórica ceremonia del despioje a la que fue sustituyendo conforme avanzaba la higiene y la limpieza. El mecanismo digital lo ha elevado ahora a lo sublime.

(…)

Comprendo la actitud de las compañías de noticias. ¿Si Twitter y Facebook les roban las noticias por qué no irían ellos a arrancarles parte del parloteo? Pero así han convertido al periodismo digital en un oxímoron. El atentado en directo nada tiene que ver con la información, sino con la ansiedad.

No se trata solo de una carrera -contra Twitter y Facebook- que no podemos ganar, y de que acrecentamos la confusión sobre la naturaleza del contenido que producimos. Sino que sumergidos en la carrera, desvirtuamos de paso el trabajo periodístico, sus límites y alcances, lo que nos hace caer en errores que serían evitables si tan solo nos detuviéramos un momento para realizar la función más básica que debe llevar a cabo un periodista: la verificación.

Pero, además, esa fijación con las redes sociales nos hace olvidar otro elemento estructural del oficio, igual de importante que la verificación.

En un artículo para Slate acerca del error cometido por varios medios al no publicar las fotos de Aylan, el periodista Justin Peters explicaba así el supuesto conflicto entre compasión y voyeurismo que plantea la publicación de imágenes violentas:

El periodismo es inherentemente voyeurístico. Periodismo es el acto de descubrir y mostrar al mundo historias que, de otro modo, permanecerían escondidas. El mejor periodismo combina compasión y voyeurismo. Expone verdades ocultas y luego convence a la gente de que las encare. La tendencia en medios a higienizar y censurar imágenes desagradables puede servir para camuflar -y hasta cierto punto aprobar- los hechos y políticas desagradables que las producen.

Me interesa esa línea que he marcado en negritas. La frase que usa Peters en inglés es “convinces people to face them”. La traducción es literal, no admite error. “Convence a la gente de que las encare”. Me interesa ese convence.

Ahí, creo, reside la clave del problema y el principio de la solución. El fracaso radica en la incapacidad de periodistas y medios para explicar las decisiones que tomamos. Y a través de esa explicación convencer a nuestros lectores (o audiencia, si prefieren) de la pertinencia y buena fe de nuestro trabajo. Hace tiempo ya que los periodistas hemos perdido el beneficio de la duda de cara a nuestra audiencia. La sospecha es hoy la norma, la presunción de mala fe lo habitual. Y no podemos cerrar los ojos ante ello. Ni limitarnos a dar lecciones de deontología periodística a nuestra audiencia.

Existe hoy un consenso aceptado por buena parte de nuestros lectores según el cual la publicación de imágenes violentas responde a un intento por explotar el morbo y obtener beneficios económicos. Como decía antes, cualquiera que haya trabajado en una redacción sabe que eso no es así. Por supuesto, hay medios que viven de esa explotación, pero son una pequeña minoría.

Podemos, si queremos, seguir gritando nosotros también en redes sociales y atizando a nuestros lectores, burlándonos de su supuesta cobardía o su ceguera voluntaria. Pero si nuestro trabajo es comunicar, ¿cómo es posible que a estas alturas no seamos capaces de comunicar o explicar las razones que hay detrás de decisiones que afectan de manera tan obvia la sensibilidad de nuestros lectores? Y no me refiero a un pliego explicatorio. Me refiero a que el propio texto o construcción narrativa explique o exponga la necesidad y pertinencia del recurso elegido.

Me refiero a la necesidad del contexto.

En ese inútil afán por imitar el vértigo de las redes sociales, la prensa ha olvidado que no existe periodismo sin contexto. Y que, por el contrario, las redes sociales son precisamente el terreno donde campa a su anchas la ausencia de contexto.

Con el ejemplo siguiente termino. A veces la realidad tiene estas cosas, nos coloca delante y casi al mismo tiempo las respuestas que buscamos. Solo hace falta estar atento, querer encontrarlas.

Unos días antes del atentado en Barcelona, la ciudad de Charlottesville (Virginia, Estados Unidos), fue escenario de una violenta manifestación de supremacistas blancos o neonazis, que salieron a la calle empuñando antorchas, armas y cánticos racistas.

Todos los medios americanos realizaron una extensa y profunda cobertura de lo ocurrido durante el fin de semana del 11 al 13 de agosto. Páginas webs y redes sociales -también la televisión- se llenaron de imágenes que mostraban el horror y la violencia de la manifestación neonazi que aterrorizó a esa tranquila ciudad universitaria.

Por ejemplo, este es el momento exacto en que un estupendo reportaje realizado por Elle Reeve y el equipo de Vice News Tonight muestra al neonazi James Alex Fields Jr lanzando su Dodge Challenger contra una multitud de manifestantes antifascistas:

En los segundos siguientes, el documental muestra no solo imágenes tremendas de cuerpos regados en la calle, heridos ensangrentados, una toma aérea en cámara lenta del momento del impacto, sino también, en dos planos distintos, el cuerpo inmóvil de Heather D. Heyer, la única víctima mortal, recibiendo primeros auxilios. Además, la reportera Reeve le pone delante la cámara a varios fascistas armados hasta los dientes, que le escupen su odio y violencia sin filtro. Vice News publicó el documental el lunes 14, al día siguiente de que concluyeran los disturbios de Charlottesville, dos días después del asesinato de Heather D. Heyer, cuatro días antes del atentado de Barcelona. Si no lo han hecho ya, vean por favor todo el reportaje. Es una verdadera joya.

Las imágenes de Charlottesvile rebotaron en todo el mundo. Incluso la página web del diario 20 Minutos de España publicó uno de los muchos videos que circularon en redes sociales del atropello en Charlottesville. De hecho, la nota publicada por 20 Minutos describe el video así: “Imágenes impactantes grabadas por un manifestante donde se ve cómo un vehículo llega a toda velocidad por una calle de Charlottesville y embiste a decenas de manifestantes que protestaban contra la marcha supremacista. Posteriormente, y tras dejar varias víctimas, da marcha atrás y huye de la escena del atropello”.

Aun cuando días después, ante lo ocurrido en Barcelona, el director de 20 Minutos dijera esto en Twitter:

Además de las imágenes mostradas en ese documental, y repetidas mil veces por cadenas de televisión y páginas web de todo el mundo, hay varias fotografías publicadas que muestran la violencia que se vivió en Charlottesville. La más famosa es esta, obra del fotógrafo Ryan M. Kelly:

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Ryan M. Kelly. The Daily Progress

La imagen que “definirá este momento de la historia americana”, en palabras de Alyssa Rosenberg, periodista de The Washington Post. Si quieren saber algo más sobre Kelly y su foto, les recomiendo este artículo publicado en el Columbia Journalism Review.

¿Cuál es la diferencia entre las imágenes que supuestamente faltan el respeto a las víctimas de Barcelona y el video y fotos de ese Dodge Challenger haciendo saltar por los aires a los manifestantes antifascistas de Charlottesville? ¿Es acaso Charlottesville un conflicto acallado, de un pueblo sin medios y olvidado como se ha dicho de la Guerra siria de la que huían Aylan y su familia?

He buscado en la web respuestas airadas y acusaciones dirigidas a la prensa que publicó las imágenes de Charlottesville. No solo seguí durante esos tres días lo que ocurría en Charlottesville a través de varias páginas web y diferentes cuentas de redes sociales, sino que he hurgado en Twitter, Facebook y secciones de comentarios en busca de respuestas furiosas y acusaciones hacia la prensa.

Casi no he encontrado nada. Hasta donde he podido ver no ha habido mayores quejas por la publicación de las imágenes de Charlottesville. De hecho, la pieza documental de Elle Reeve para Vice News, que según la propia organización había sido vista más de 36 millones de veces cuatro días después de publicada, ha sido elogiada de manera unánime. Más allá de algunos reclamos aislados, algún comentario y tuit suelto, no he encontrado nada comparable a la avalancha de tuits y mensajes de protesta que suscitó la cobertura de los atentados de Barcelona.

Nada que pudiera siquiera acercarse a ese consenso iracundo del que hablaba Piqué en su artículo de El Nacional y que hizo que el Colegio de Periodistas de Cataluña recuerde a los medios en un tuit que “existen líneas rojas”:

En el artículo linkado el Colegio de Periodistas catalán hace referencia a sus propias Recomendaciones para la cobertura informativa de actos terroristas, un documento donde puede leerse lo siguiente:

El nivell de duresa o d’impacte de les imatges que s’emetin ha d’estar justificat editorialment. La decisió sobre quines imatges s’emeten i quines es descarten correspon al responsable editorial de cada mitjà, en funció de la cruesa i de la morbositat de les imatges i de si aporten elements informatius rellevants o no. La ciutadania té dret a ser informada, però també té dret a no accedir a continguts audiovisuals violents d’un acte terrorista.

El Colegio de Periodistas catalán, si bien reconoce a los responsables editoriales de los medios la potestad para decidir sobre qué imágenes se publican o no, introduce un extraño y novedoso derecho que los medios deberían respetar: “La ciudadanía tiene derecho a ser informada, pero tiene también derecho a no acceder a contenidos audiovisuales violentos de un acto terrorista”. No sé ustedes, pero en más de quince años trabajando como periodista en dos continentes yo jamás había escuchado nada acerca de ese derecho.

Me parecen mucho más útiles y menos confusas las recomendaciones que ofrecieron Al Tompkins y Kelly McBride, del Poynter Institute for Media Studies, en un artículo titulado How journalists should handle racist words, images and violence in Charlottesville:

Aporta contexto a los videos e imágenes que selecciones. Tu primer deber es explicar lo ocurrido. Escoge imágenes que reflejen de manera rigurosa los eventos según se desarrollaron. Si vemos, leemos o escuchamos la cobertura que has realizado, ¿sabremos cómo empezó la violencia? ¿Sabremos cuánta violencia hubo?

La negrita es mía.

Podemos, si desean, seguir señalando las patas cojas en los argumentos de aquellos -muchos periodistas incluso- que establecen diferencias entre la fotografía de Aylan y las de los atentados de Barcelona, pero se quedan mudos ante -o incluso celebran- la publicación de imágenes de Charlottesville. Y podemos también cerrar los ojos ante la sospecha y desconfianza que caracteriza nuestra relación con los lectores.

Sin embargo, creo que casi 5000 palabras después la lección está más o menos clara. Como escribía la crítico de televisión de The Philadelphia Inquirer, Ellen Gray, a propósito del documental de Vice News: “El contexto es todo en una pieza como esta”. Permítanme ampliar esa reflexión. El contexto es -junto a la verificación- todo siempre que hablamos de periodismo.

El contexto y la verificación son el plato que, como periodistas, nos toca poner sobre la mesa. Si seguimos olvidándonos de ellos, no nos sorprendamos luego cuando dejen de invitarnos a la fiesta.

Justin Bieber diseña y crea una camiseta blanca (en serio, ese es el titular de El País)

El viernes 4 de agosto, mientras revisaba mi muro de Facebook, saltó una noticia de la página web de El País:

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Fascinado por la elocuencia del titular y el gancho del post (“Lo que él me pedía no existía literalmente en el mercado”), di click y seguí leyendo. Así arrancaba el primer párrafo:

“Quiero una camiseta que sea larga y la quiero para mañana”. Y lo que Justin Bieber pide, Justin Bieber consigue. Así recuerda la diseñadora Karla Welch cuando el cantante, de 23 años, le solicitó esta prenda básica hace cinco años para incorporarla a su vestuario.

El segundo párrafo, que empezaba también con una declaración, era aún más fascinante:

“Lo que él me pedía no existía literalmente en el mercado. Así que fui al hipermercado más cercano, compré todas las camisetas blancas triple XL de Hanes —la marca de ropa de supermercado— las desmonté y comencé a rehacerlas usando un patrón propio. Y a Justin le encantó”, explica Welch en el comunicado que anuncia el lanzamiento de la prenda.

Para cuando acabé de leer la nota, seguía sin entender, así que volví a leer de arriba a abajo. Los invito a hacer lo mismo, estamos ante una obra maestra del humor involuntario.

Para empezar, ya metido en el texto, me llamó la atención cómo esos dos primeros párrafos desmontan el titular. Recordemos: “Justin Bieber también diseña y crea”, dice arriba de todo la nota. A continuación, la bajada insiste en lo mismo y añade algo más de información: “El cantante ha lanzado al éxito a la diseñadora Karla Welch al diseñar esta básica prenda que muchos quieren en su armario”. Cuando uno lee un poco más allá del titular y la bajada, queda claro que Justin Bieber no ha diseñado nada. Quien ha diseñado, como corresponde, es la diseñadora, a pedido del cantante.

Pero, además, había en la nota un tono desmedido de alabanza, que si bien es habitual en las llamadas secciones “ligeras” de los diarios, en este caso resultaba particularmente desproporcionado, si se tenía en cuenta que el objeto de la noticia es una camiseta blanca. Así decía la nota:

Un diseño que aunque puede parecer muy básico, detrás tiene un trabajo estudiado y perfeccionado por Welch, que buscó recapturar la elegancia sin esfuerzo de los clásicos iconos del cine de Hollywood como James Dean.

Y el ditirambo proseguía:

El ajuste de cada prenda es “ligeramente refinado y más delgado”, dice señalando que las piezas podrían convertirse en “cosecha futura”.

Sea lo que sea una pieza que se convierte en “cosecha futura”. Volveré sobre ese sintagma más adelante.

Por cierto, esta es la famosa camiseta:

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The Original, Hanes x karla

Lo tercero que me hizo revolverme en la silla fueron las palabras con que el redactor de la nota, que va sin firma, cerraba la primera cita de la diseñadora Karla Welch: explica Welch en el comunicado que anuncia el lanzamiento de la prenda. Digamos que la cuestión empezaba a aclararse. Aunque no del todo.

Por supuesto, El País no es el único diario en español que se ha hecho eco de la revolucionaria camiseta blanca de Bieber y Welch. El Mundo le dedicó también una nota en su página web, firmada por la periodista Regina Navarro. Aquí volvemos a toparnos con el famoso comunicado, cuando Navarro cita, esta vez a Justin Bieber, no sin antes llamarlo “parte activa del cerebro creativo que hay tras la camiseta”:

“Karla y yo siempre hemos desafiado los límites juntos y esta colaboración es una continuación de eso”, explica el cantante en un comunicado de prensa.

No sé bien de qué límites habla Bieber. E imagino que los redactores de El Mundo y El País tampoco, porque ninguno se da el trabajo de explicarlo. Esta cita, por cierto, era distinta en El País. Según el redactor anónimo lo que Bieber había dicho era:

“Karla y yo siempre hemos unido fronteras y esta colaboración es una continuación de esto”.

Fue ahí que caí en cuenta de que ese “cosecha futura” que me había intrigado antes debía ser un error de traducción. Así que busqué medios en inglés que se habían hecho eco de la genialidad de Justin Bieber como diseñador de camisetas blancas.

A diferencia de lo que ocurre con los artículos de El País y El Mundo, los publicados en medios en inglés citan casi todos como fuente esta nota aparecida en Vogue.com el 2 de agosto:

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Así la anunciaba en Twitter con bombos y platillos su autor, Edward Barsamian, Style Editor de Vogue.com, minutos después de que la pieza estuviera online:

Y así correspondía la “responsable del radical giro estilístico de Justin Bieber” Karla Welch minutos después:

El despliegue y los besitos volados entre editor y diseñadora me hicieron recordar las palabras de Kirstie Clements, antigua editora de Vogue Australia durante 13 años y autora de The Vogue Factor, unas memorias acerca de su paso por la revista publicadas en 2013. En el libro Clements dice:

Se acerca rápidamente el día en que una revista y su página web estén llenas tan solo de notas levantadas, imágenes promocionales enviadas por clientes e instantáneas de Instagram tomadas por la redacción.

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Portada de la primera edición británica del libro de Kirstie Clements

Todo los detalles “importantes” acerca de la revolucionaria camiseta blanca están en esa nota de Vogue:

-La urgencia de Justin Bieber, que quería la camiseta para mañana.

-La supuesta novedad de la camiseta blanca que “literalmente no existía en el mercado”.

-Los supuestos límites que diseñadora y cantante desafían juntos.

Cumpliendo la profecía de Kirstie Clements, todas las imágenes de la nota de Vogue.com son cortesía de Matt Welch, esposo de la diseñadora, tomadas para la campaña de Hanes x karla.

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En el artículo que firmaba Edward Barsamian en Vogue.com estaba también el “cosecha futura” de la nota de El País, que en realidad no era sino una pésima traducción de una declaración de Welch en la que decía que las camisetas podían ser consideradas “future vintage”.

El redactor anónimo de El País, además de traducir mal, había realizado un plagio descarado del artículo de Vogue.com, citando a la supuesta nota de prensa. Un botón de muestra:

Este es el párrafo de Vogue.com:

The T-shirts have become “my uniform,” says Welch, who flits between sleeveless and classic versions worn with high-waisted trousers. “Everybody needs it. Every culture and subculture has used the white T-shirt. That’s where the genius is.” In developing the collection, Welch sought to recapture the effortless elegance of classic Hollywood cinema icons like James Dean. The fit is “slightly refined and slimmer,” she says, noting that the pieces could be dubbed “future vintage:” The owner will need to wear, wash, and repeat the process a few times before achieving the desired comfy factor. “You have to commit to this T-shirt.”

Este el de El País:

El resultado final es una simple camiseta blanca de manga corta. Un diseño que aunque puede parecer muy básico, detrás tiene un trabajo estudiado y perfeccionado por Welch, que buscó recapturar la elegancia sin esfuerzo de los clásicos iconos del cine de Hollywood como James Dean. El ajuste de cada prenda es “ligeramente refinado y más delgado”, dice señalando que las piezas podrían convertirse en “cosecha futura”. “Tienes que comprometerte con esta camiseta. El propietario tendrá que usar, lavar y repetir el proceso unas cuantas veces antes de lograr la comodidad deseada”, añade la diseñadora, que asegura que esta prenda se ha convertido en su uniforme. “Todo el mundo lo necesita. Cada cultura y subcultura ha utilizado la camiseta blanca”.

Al menos se dio el trabajo de reordenar algunas oraciones.

Pese a todo esto, quise comprobar si en realidad había algo extraordinario en la camiseta blanca de Bieber y Welch que a mí se me escapaba y justificara esa atención por parte de Vogue, El País, El Mundo y un largo etcétera de medios. Así que contacté a dos diseñadores que conozco.

Manuel García es director creativo y socio fundador de García Madrid, una de mis marcas favoritas de ropa. Luego de leer y releer todo lo que encontré sobre el tema, le escribí por Facebook Messenger. Cuando le pregunté si había algo especial en esa camiseta, García respondió:

Para cualquiera resulta evidente que esto es una campaña de marketing bien montada, donde la camiseta da igual. Es una camiseta. Una camiseta blanca. Pero eso no importa. Lo que importa es que hay un ídolo de la música con millones de seguidores. La camiseta importa un pito, lo que importa es quién la lleva. Y la lleva Justin Bieber.

A continuación, García me dijo que todo ese montaje alrededor de una simple camiseta blanca y unos medios que repiten como loros lo que les indican es moneda corriente en el mundo de la moda:

La cobertura es, lastimosamente, la habitual para moda. Nosotros lo vemos a cada rato. Cuando lanzamos una colección o hacemos presentaciones, nadie se molesta en hacer alguna pregunta, la mayoría no se molesta en escribir ni una sola palabra propia. Copian y pegan la nota de prensa y ya.

Luego de hablar con Manuel García, hablé con otro diseñador cuyo trabajo admiro. Baruc Corazón es director creativo y CEO de BARUC, además de profesor de diseño de la Universidad Politécnica de Madrid. Las camisas de BARUC son un ícono moderno de la moda española.

Cuando le pregunté por teléfono a Corazón si veía algo especial en la camiseta blanca de Justin Bieber y Karla Welch, me dijo:

Hoy en moda lo último que importa es el producto. Es tremendo pero es así. Todo se reduce a famosos llevando una prenda y colgando imágenes en redes sociales, marcas que se aprovechan de ello y la prensa que no se entera de nada. Tienen que llenar sus páginas web y repiten sin más lo que les envían los departamentos de marketing. La camiseta da igual.

Ambos diseñadores coincidían en la irrelevancia de la prenda en cuestión y en la actitud acrítica con que medios supuestamente serios cubren el mundo de la moda. Para ambos el episodio de la camiseta blanca de Justin Bieber no era sino uno más en su larga experiencia lidiando con periodistas y medios de comunicación.

Cuando ocurren estas cosas, no puedo evitar escuchar al fondo las risas de un responsable de marketing o publicista, que celebra con una botella de Möet Chandon el haber conseguido que las redacciones de medio mundo digan exactamente lo que él o ella quería que dijeran. En este caso, además, es probable que el champagne lo haya pagado Scooter Braun.

Pienso en gente como Ryan Holiday, marketero y escritor, autor de un libro ya casi clásico en el mundo del marketing titulado Trust me, I’m Lying, donde relata cómo engañó en varias ocasiones a medios de comunicación para conseguir publicidad para sus clientes y para él mismo.

Y pienso también en la investigadora danah boyd -ese es su nombre legal, en minúsculas-, quien en una conversación reciente con el periodista Ezra Klein, se preguntaba “¿Cuándo la prensa empezará a hacerse responsable por aquellos que intentan manipularla?“. Minutos después, en la misma conversación, boyd decía:

Las dinámicas de manipulación han cambiado. Creo que la mayoría de periodistas están bien al tanto de que sus fuentes están manipulándolos, son conscientes de que hay instituciones, tanto financieras como gubernamentales, interesadas en hacerles relatar una historia específica. De lo que creo que los periodistas están menos al tanto es hasta qué punto se produce y publica contenido por toda la web para que ellos caigan, para que cubriéndolo consigan escalar su repercusión (…) Una publicación periodística de primer orden tiene la habilidad de escalar un mensaje a una audiencia mayor. Eso es lo que les da mayor poder a los medios. Es por eso que todo este asunto es tan complicado y su responsabilidad es mucho mayor.

Hace poco, a propósito de un post anterior de este blog, conversaba con un periodista gastronómico que me contaba lo decepcionado que lo había dejado todo el asunto relacionado con Cristhian Hova y la cobertura irreflexiva de los medios: “Es gravísimo no solo por el artista, sino porque muestra que a nadie le importa un rábano que lo que se cuente o lo que se diga sea cierto. Y tú sabes que los temas que sigo no son los más trascendentes. Pero por eso mismo pienso si así estamos en esto cómo estaremos en lo otro. Solía pensar que era porque no le daban la debida importancia [a los temas supuestamente ligeros o menores]. Pero me haces pensar que es a todo nivel“, me dijo.

Esa es una excusa habitual. Qué más da. Es comida. Es moda. Es deporte. Es cultura. Es lo que sea. Si no se trata de una investigación sobre narcotráfico, trata de blancas o corrupción al más alto nivel, qué más da la verificación, qué importa hacer el que se supone que es nuestro trabajo.

Por supuesto, eso es una estupidez. Esa actitud, que uno puede ver, oír, oler, palpar, en casi cualquier redacción, supone, primero, un desprecio por el trabajo propio que a mí se me antoja intolerable. Pero, bueno, allá cada quien con el respeto que tiene por sí mismo y su trabajo. Porque, aún más grave, también supone un desprecio inaceptable por el lector, ese al que se supone que los periodistas servimos.

Pero, además, si como periodistas somos incapaces de desactivar la burda propaganda de una estrella del pop y una marca de moda que no persiguen más objetivo que vender unas cuantas camisetas, ¿cómo se supone que podemos hacer frente a la sofisticada manipulación que llevan a cabo el crimen organizado y gobiernos corruptos en todas partes? ¿Cómo habrían de confiar en nosotros los ciudadanos, expuestos ante la propaganda que bombardean organizaciones de todo tipo? ¿Por qué deberían de creernos cuando apuntamos a los Trump o Putin del mundo si hemos demostrado ser presa fácil hasta de Justin Bieber?

Mujeres y periodismo

En el Perú existen entre 60 y 100 periódicos, entre nacionales, regionales y locales; entre impresos, impresos con edición digital y exclusivamente digitales. Es imposible conseguir una cifra exacta, créanme que lo he intentado. De todos ellos, actualmente, solo hay uno dirigido por una mujer: El Chino, que lleva en el postón el nombre de Silvia Gavidia Román.

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Portada de El Chino, 1 de agosto de 2017

Con ella, hasta donde he podido averiguar, son siete las mujeres que han ocupado alguna vez la dirección de un diario en el Perú. Siete mujeres en 227 años de historia periodística (el primer periódico reconocido como tal fue El Diario de Lima, fundado en 1790).

El periódico de propiedad privada en actividad más antiguo del país, El Comercio, ha tenido 15 directores en sus 178 años. Todos hombres. El diario oficial El Peruano, que en octubre de 2016 cumplió 191 años, ha tenido dos directoras: Delfina Becerra y Susana Grados.

Imaginemos que 60 ha sido la cifra constante de diarios existentes en los siglos XX y XXI —descartemos el XIX para este cálculo—, es decir que siempre ha habido 60 diarios en activo en el país (es imposible saberlo por la falta de registros, pero acordemos ese número para este ejercicio).

Asumamos que el mandato promedio de un director es de 10 años. En 117 años, un periódico tendría unos 12 directores. Si tenemos 60 diarios, este cálculo arroja que de 1900 hasta hoy ha habido en el Perú 720 directores de periódicos. Siete de ellos han sido mujeres. Es decir, el 0,97%. Repito: el 99,03% de los directores de diarios en la historia del país han sido hombres.

Digamos que no fueron 720 directores, sino la mitad. Seguiríamos teniendo solo siete directoras mujeres de 360 en nuestra historia, o sea el 1,94%. Es decir, el 98,06% de los directores de diarios en 117 años de historia de prensa peruana habrían sido hombres.

En Latinoamérica el asunto mejora un poco, pero no mucho. Un botón de muestra: en los diarios miembros del GDA, institución que agrupa a las 11 cabeceras más importantes de América Latina, solo hay dos directoras. O más bien, una y un tercio: El Nuevo Día de Puerto Rico es dirigido por una mujer, mientras que El País de Uruguay tiene un triunvirato de directores, de los cuales una es directora.

En el periodismo ocurre lo mismo que en muchas otras industrias dominadas históricamente por hombres: en los últimos 20 o 30 años las redacciones han dejado de parecer patios de recreo de colegio de curas para atraer a más mujeres. No hay datos peruanos fiables, tampoco latinoamericanos, pero el informe anual de la Asociaciones de Editores de Noticias de Estados Unidos (ASNE, en inglés) de 2016, publicada en setiembre de ese año, encontró que el 62% de periodistas trabajando en periódicos impresos norteamericanos son hombres y el 38% mujeres; mientras que en el caso de webs noticiosas que no dependen de un diario con edición impresa, la presencia femenina se eleva hasta rozar el 50%.

Cuando yo era editor multiplataforma de Perú21 (hasta febrero de 2017), más o menos, repetíamos el ratio de los diarios americanos: de 39 redactores, 25 eran hombres (64,1%) y 14 mujeres (35,9%). Mejorábamos si hablamos sólo de editores: de 11, seis eran hombres y cinco mujeres.

La brecha se ha acortado en números, pero al igual que en otras profesiones con prestigio social —alicaído en nuestro caso, pero prestigio al fin y al cabo— una mujer alcanza su techo laboral en un diario antes de acceder a puestos directivos. Incluso cuando logra la silla de directora se le somete a un escrutinio distinto al de sus colegas hombres.

Esto fue materia de una intensa discusión en los medios americanos en 2014, cuando la primera y, hasta ahora, única directora de The New York Times, Jill Abramson, fue despedida. La historia de lo que ocurrió realmente aún está por contar, tanto Abramson como el Times como algunos reporteros que dieron cuenta del caso han relatado diversas versiones. Pero la versión oficial, en boca de Arthur Sulzberger Jr —presidente del directorio de la empresa— es que existían problemas con el “estilo de management” de Abramson. A lo que ella respondió: “Se dijo que se debía a mi estilo. Yo era una directora frontal, y había gente que trabajaba para mí a la que eso no le gustaba. Las mujeres en roles de liderazgo son escudriñadas de forma constante y, a veces, de forma distinta a los hombres”.

Que una periodista, editora o directora sea mujer no garantiza nada en términos de calidad. Un periodista puede ser bueno, malo, competente, inútil, culto, ignorante, honesto, corrupto, con independencia de su sexo o género. La identidad sexual de una persona, así como su raza o creencias religiosas, pese a lo que se diga en campaña electoral, no es un valor en sí mismo.

Pero si bien este factor no tiene incidencia directa sobre la calidad, sí parece tenerla sobre la representación de hombres y mujeres en los medios. Un estudio publicado en octubre de 2015 en The America Sociological Review encontró que el 82% de los nombres mencionados en prensa norteamericana entre 1983 y 2009 respondían a hombres. De nuevo: el 82% de las personas mencionadas en prensa en Estados Unidos durante las dos últimas décadas del siglo XX y la primera del XXI tenían nombre de hombre.

Si bien no tengo estudios concretos, resulta verosímil suponer que, de existir más mujeres en puestos directivos, esa disparidad no sería tan exagerada. Y no porque las mujeres sean necesariamente menos machistas —esa es otra discusión—, sino porque las periodistas, por lo general, están más al tanto de lo que hacen otras mujeres que sus colegas hombres.

Cuando se pregunta a un directivo/director/editor/periodista hombre por qué no consideró una mujer para ese puesto/columna/artículo/conferencia, las respuestas suelen ser: “no se me ocurrió ninguna”, “hay menos mujeres en ese campo”, “las que hay no son tan conocidas”, “no estaban disponibles”.

A partir de ahí, por lo general la discusión deriva a la injusticia o ineficacia de las “cuotas”. Pero, creo, no se trata de cuotas, sino de eliminar barreras. Una de esas barreras son las anteojeras que nos hacen ver a un hombre como el sujeto estándar para la mayoría de labores, o para aquellas que son consideradas valiosas por la sociedad.

Lo explica mejor la economista Myra Strober, autora del libro Sharing the Work, profesora emérita en la Escuela de Posgrado de Economía y la Escuela de Posgrado de Educación de Stanford, y una de las mayores expertas mundiales en mujeres y trabajo. Strober acuñó el término “segregación ocupacional” para referirse a la manera en que las personas y profesiones están repartidas en base, sobre todo, al género.

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Portada del libro de Strober, publicado en 2016

En un episodio del podcast Freakonomics Radio titulado ¿De qué están hechas las barreras de género?, la doctora Strober habla de su experiencia en los años 70 en la academia norteamericana. En 1972, la economista se convirtió en la primera profesora mujer de la Escuela de Negocios de la universidad de Stanford.

Poco después de su llegada, la junta de asesores le informó al decano de la Escuela que necesitaban contratar más profesoras mujeres. Pero este descubrió que no podían hacerlo porque no había suficientes graduadas en la materia. Así que se urgió a la Escuela de Negocios a admitir más mujeres como alumnas. El problema era que había muy pocas postulantes.

Strober formó parte del equipo que se creó para salir a reclutar estudiantes mujeres. Solo tuvieron que trabajar el primer año. En cuanto se supo que Stanford estaba deseosa de sumar mujeres a su programa de negocios, las aplicaciones se multiplicaron sin necesidad de mayor esfuerzo.

Aquí pueden ver a la doctora Myra Strober hablando de los retos que las mujeres enfrentan todavía en el mundo laboral:

Strober, en otro momento del episodio de Freakonomics dice: “Creo que cuando un empleador o una industria está pensando en contratar más mujeres para trabajos que han sido dominados por hombres, tienen que ser un poco creativos. Creo que uno podría atraer más mujeres hacia la ingeniería, por ejemplo, si se discutiera y pusiera sobre la mesa cómo los ingenieros contribuyen a la sociedad. Las mujeres quieren contribuir a la sociedad. Y eso es lo que hacen, a grandes rasgos, los ingenieros. Pero así no se vende la carrera de ingeniería”. A veces, los grandes cambios ocurren a partir de soluciones sencillas pero revolucionarias para el momento.

La segregación ocupacional de que habla Strober empieza mucho antes de que las mujeres asomen la cabeza en el mundo laboral. Un estudio publicado en enero de 2017 en la revista Science -obra de Lin Bian, Sarah-Jane Leslie y Andrei Cimpian- encontró que ya desde los seis años las niñas empiezan a “asociar la genialidad o brillantez con el género masculino” y a la vez comienzan a “evitar actividades que se supone requieren de esa supuesta genialidad”.

Esto último se agudiza según van haciéndose mayores. Un estudio anterior, de 2015, en el que participaron dos de los investigadores responsables del que mencionaba antes -Leslie y Cimpian-, encontró que la proporción de mujeres que obtienen doctorados baja en los campos donde se cree que el talento innato o genialidad o brillantez es más importante que el trabajo duro.

Otro investigador, citado por la periodista Hattie Garlick en un artículo para el Financial Times, explica cómo “ya en segundo grado de primaria (cuando los niños tienen siete años), alrededor del 75% de los niños y niñas han hecho suyo el estereotipo según el cual los chicas no son buenas para las matemáticas”.

El mismo investigador, Dario Cvencek, del Instituto de Ciencias del Cerebro y el Aprendizaje de la Universidad de Washington, le dice a Garlick: “Los niños prestan atención a los estereotipos presentes a su alrededor. Asimilan los estereotipos que muestran sus padres, educadores, pares, juegos y medios. Si les enseñamos nuestros prejuicios, los niños desarrollan esos mismos prejuicios. Nuestros estereotipos se convierten en sus estereotipos”.

No hace falta afinar mucho la imaginación para prever qué ocurre si, además, esos mismos niños y niñas crecen para convertirse en adultos que ven sólo hombres representados en los medios.

Por suerte, si bien la prensa tradicional parece todavía atada a usos del pasado, los nuevos medios no son nuevos solo por su juventud sino, algunos, también por sus ideas.

La primera directora regional para las Américas de Buzzfeed —la empresa de medios más importante del mundo, según el analista Ben Thompson— es una joven y talentosa periodista argentina llamada Conz Preti.

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Conz Preti en Buzzfeed

Imagino, o quiero imaginar, que las grandes y clásicas cabeceras periodísticas del continente no tardarán mucho en seguir ese ejemplo.

*Una versión anterior este artículo apareció el 8 de agosto de 2016 en Perú21 y señalaba de forma incorrecta que El Peruano había tenido una sola directora mujer, cuando en realidad han sido dos. Este post está corregido y aumentado con nueva data.